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Archive for 30 junio 2007

Es con aprensión que Legión Miope accede a publicar algunos textos de Francisco Font Acevedo. Por refutar sus acusaciones de que yo, El Miope Mayor, soy un plagiario descarado, que roba y difunde sus textos bajo los pseudónimos de Pancho, F.F.A., Francófago, “el amanerado Font-er” (dicho así por él) y otros, he decidido darle un espacio propio para que publique lo que le dé la gana. Al planteárselo de esa forma, el muy creído me ha contestado que le parece bien, que ya es tiempo de que los miopes que frecuentan la Legión lo lean como él-él, o, dicho en sus propias palabras, como “Yo-Yo”. Bajo esa categoría (Yo-Yo), tan descriptiva de su personalidad, se archivarán sus colaboraciones de ahora en adelante.

Aclaro, de paso, que como todo editor boricua que se precie como tal, retengo el derecho absoluto sobre la propiedad intelectual de lo que Francisco Font Acevedo publique en Legión Miope, al menos hasta que se declare la independencia de Puerto Rico. Que no se entienda como una parodia: así consta en las letras chiquitas del contrato suscrito por ambas partes.

He dicho.

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Por Francisco Font Acevedo

A continuación se reproduce la serie completa de los micros de Elpidio. El segundo May we kindly… y el último NJ Transit Terminal fueron publicados anteriormente en Edición Mínima (Publicaciones Gaviota, 2006), una edición especial de micropoemas y microcuentos compilados por la revista El Sótano 00931. Las omisiones del primero y el tercero de los micros mutilaron algunos matices de la secuencia, lo cual protesté pública y destempladamente en la presentación del libro en Librería Mágica. El amigo y antipoeta Federico Irizarry, quien fungía de moderador de la actividad, dijo desconocer de la existencia de los textos suprimidos. No dudo de la palabra del autor de Kitsch, pero me quedé con el mal sabor y la duda de si el huevo editorial había sido un error humano o un premeditado sabotaje. De todas formas, para beneficios de los lectores de Legión Miope y para la posteridad, he aquí la versión última y definitiva de

Te amo, te amo, te amo

Tiene nombre de anfibio y el cuerpo elástico y traslúcido de una salamandra: Elpidio. Elpidio es contagioso, flatulento y suicida. Cero amistades; mujeres, ninguna. Ni la familia ni el país lo reconocen. Camino al aeropuerto, Dios le grita desde un billboard. Elpidio piensa: “tras de inútil, gago”.

May we kindly suggest that you wipe the toilet seat after you flush

Viajando de S.J. a N.Y., Elpi se siente inspirado en el miniaturizado mundo del avión. Descubre en el retrete el lugar ideal para suicidarse. Con los pies ya dentro de la taza metálica, lee el título arriba y desiste. Vuelve a su asiento, el 21 C. “Suicida, sí”, se dice a sí mismo, “pero con modales”.

Union Square under Attack!

N.Y., de día, es una ciudad electromagnética. Microondas, celulares, satélites y contaminantes varios componen una densa red de trémulos isótopos. El, suicida al fin, hizo un saludo teatral a la salida de Union Square. De más está decir que la conflagración intestinal, rica en metanol, hizo combustión.

NJ Transit Terminal

Son las 3 a.m. y el tren a Trenton no saldrá hasta las 5:15 a.m. En el terminal de Penn Station, descubre una escena macabra: torsos derrumbados; cabezas y piernas desencajadas. Rendido por el cansancio, se deja caer en uno de los asientos. Se sueña en la morgue, con nombre de anfibio y cuerpo de salamandra.

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Por Font-er

Buenas noches.

Un lector entusiasta me ha pedido que aclare un detalle mencionado en el amoróscopo de la semana pasada. Dice ser un fiel creyente del horóscopo, aunque admite que todavía no ha salido del clóset: lo lee a diario pero a escondidas. Por esta razón, en lugar de escribirme en la sección de comentarios de Legión Miope, un foro público, prefirió hacerlo al correo electrónico de El Miope Mayor. Error: con virgonianos como ése, seres bajunos y rastreros pero maniáticamente ordenados, una misiva como la del descarriado lector le hace vomitar palabras soeces. Para que no se repita el despropósito y yo no tenga que sufrir quejas, acabo de abrir un buzón exclusivo. Para comentarios o peticiones especiales, de ahora en adelante escríbanme a fonterfonter@gmail.com.

Por respeto a la confidencialidad que supone una consulta astrológica no revelaré la identidad del autor de la carta, pero para el beneficio de éste (y de miles de lectores de horóscopo) contestaré su inquietud en éste, mi tercer fontóscopo.

Al grano: el referido lector protesta porque en la invocación astrológica del horóscopo foral nos referimos a Walt-er como mero asesor de los astros. No oculta su tono de reproche cuando escribe: “¿Por qué la palabra de Rukmini es sabia y la de Walter menos sabia? ¿Qué tiene Ruk que no tenga Walt?” Entiendo su coraje, pero no es hacia mí que debe dirigirlo sino hacia el astrólogo. Indudablemente, Walt-er fue hasta hace poco el Astrólogo de América. Quien lo cuestione, blasfemo es. De hecho, aun hoy, cuando empezamos a ver los síntomas de su decadencia, ¿quién no se embelesa con su cutis?, ¿quién no admira sus exquisitos manerismos?, ¿quién no envidia su extensa colección de capas multicolores?, ¿quién puede olvidar en su voz de locutor la frase pero sobre todo mucho, mucho amooor? El Hierofante de la Astrología es único, un acabado Liberace del Zodiaco. Pero para desgracia de la ciencia astrológica, Walt-er, con más de 70 años encima, ha abandonado su celibato para entrar en carnal negocio con una brasileña, Mariette del Totto. Su apellido, queridos lectores, no sólo es real sino vulgarmente púbico. La del Totto, que deberíamos llamar la del Maligno Joyo, ha sido tan cínica de describir a la prensa sus relaciones sexuales con el Faraón del Zodiaco como “únicas, increíbles y cósmicas”. ¡Mala maña eres, Maligno Ser, mala maña eres! No lo digo yo solamente, sino todos los conspiradores del horóscopo foral: desde que comenzara a practicar el sexo, Walt-er ha perdido el brillo de sus lentejuelas. Toque, si le queda alguno, es por las capas; en cuanto a la palabra astrológica poca sustancia tiene. Con el tiempo sus predicciones diarias se han vuelto más escuetas, casi telegráficas, probablemente recicladas de meses y años anteriores. Da pena decirlo pero es cierto. En muchas ocasiones, en lugar de las estrellas, al otro lado del telescopio de Walt-er sólo vemos un insondable hoyo negro. El de Mariette.

Hay una explicación astrológica a lo que ocurre con Walt-er. Es un aspecto planetario de 150º de naturaleza variable denominado quincuncio. Cuando se activa el quincuncio vienen cambios radicales en la vida de la persona. Estar en quincuncio es como estar en medio de un torbellino en que todo se aniebla y perdemos la perspectiva de las cosas. El mundo se vira patas arriba y las convenciones se nos van al piso. ¿Quién diría que el pisciano Walt-er, un ser de agua, se arrastraría por el lodo con la del Totto? Lo que no explica la razón, lo explican los astros: en quincuncio está. Si el quincuncio puede lograr que la estrella más brillante del firmamento astrológico deje de brillar, imagine lo que podría hacer con nosotros, los simples mortales.

Para mayor ilustración de sus efectos proceda a leer

Del quincuncio foral o cuando los astros dejan de brillar

No siempre el horóscopo foral estuvo integrado por seis conspiradores. Hubo un tiempo en que éramos siete: los seis actuales y nuestra ex jefa, una geminiana, fiel como pocas al horóscopo de Ruk y Walt-er. Bajo su patrocinio se formalizó la Curia Chocolatera (un prototipo de lo que es ahora el Clan de los Conspiradores) cuyo quehacer, en esencia, era leer los horóscopos diarios y consumir chocolates. Las lecturas se hacían en su oficina donde siempre se aseguraba de suplirnos besitos de Hershey’s. No importaba la carga de trabajo ni las fechas límites impuestas, siempre acomodaba el horario para lo que entonces llamábamos la Consulta de los Astros. Por participar activamente de estas consultas, Sintini (que así se llama nuestra ex) no imponía límites temporales a la lectura. Fue un tiempo de abundancia, de cornucopia astral, de explorar talentos ocultos como el de Aguzette con su picante lectura de barajas. No dudamos que la compañera habría desarrollado su talento hasta convertirse en una tarotista de fama nacional, si no fuera porque cayó sobre nosotros la terrible sombra del quincuncio.

Ya antes habíamos experimentado otros quincuncios, pero habían sido pequeños y casi siempre de alcance individual. Cosas sencillas como que Valentiña tomara linaza y no llegara a tiempo al baño, o que Babia fuera a almorzar con un viejo amigo que le diera con ponerse medio psycho, o que la misma Sintini, perdida en las instalaciones gubernamentales, tuviera que llamar por celular a Chancletana para que fuera a rescatarla del laberinto de su despiste. Cosas así, casi inconsecuentes. Lo que jamás anticipamos, tal vez porque hasta entonces vivíamos la época dorada de la Curia Chocolatera, sucedió: un quincuncio foral.

Ocurrió así: Sintini consiguió un mejor empleo y renunció. Con su partida la Curia Chocolatera, por falta de chocolates, cambió de identidad y se convirtió en el Clan de los Conspiradores a secas. Un mal augurio fue que antes de que nombraran a una sucesora, tuvimos una supervisora interina que declinó nuestra invitación de participar en el horóscopo foral porque –al igual que Roñi– la astrología estaba en contra de sus principios religiosos. Aun así, no se opuso a que siguiéramos practicándolo, lo cual seguimos haciendo puntualmente a las 3:15 p.m. Si alguna vez tuvimos la esperanza de que la sucesora de Sintini se integrara al Clan, muy poco duró. Bastó con que una vez le leyera las predicciones de su signo (de recia cornamenta) para que la pobre, de humor astringente, jamás volviera a salir de su oficina a la hora del horóscopo foral. Por otras razones, que no son religiosas y que nadie sabe, parece disgustarle la astrológica complicidad de los seis.


Aguzette, Amapola, Babia, Chancletana, Valentiña y yo supimos que, definitivamente, estábamos en un quincuncio foral de envergadura cuando hace un par de meses la nueva jefa nos conminó a reducir sustancialmente el tiempo de nuestra lectura. Nos recordó: quince minutos de break son quince minutos de break, ni un minuto adicional. Fue como ponernos un bozal. Desde entonces, con ingenio y dignidad, sobrellevamos este tiempo de austeridad y recesión astrológica. Sabemos que el horóscopo foral jamás será igual que antes, y que con la inflación de seriedad en la Oficina tal vez tenga los días contados. No importa. Mientras podamos, gozaremos cada lectura como si fuera la última. Hasta el día de su extinción definitiva, con o sin quincuncio, el solaz de las palabras de Ruk y Walt-er estará con nosotros.

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Por Francófago

Durante cinco años trabajé como oficinista en varias compañías de servicio. Fueron empleos poco diestros, bastante rutinarios, pero sobre todo de gran reto intelectual. Esto último lo escribo sin ironía: en todos debía abstraerme mentalmente para retener algo de cordura en medio de ambientes cordialmente insensatos. El salario era risible, la rutina era un blando pero incesante sabotaje contra la creatividad, los supervisores tenían el coeficiente intelectual de un caculo patas arriba y, para desgracia mía, yo era un impostor. Un impostor a medias, en realidad. Por un lado, era pusilánime y miope, cualidades que me impedían ver las cosas a largo plazo y me mataban las ambiciones “profesionales”; por el otro, tenía aspiraciones literarias. Una mitad de mí me cualificaba óptimamente para amarrarme a perpetuidad a las patas de un escritorio; la otra mitad me forzaba a imaginar “otro” futuro. Estas dualidades hicieron de mí un ser esencialmente escindido, en ocasiones un tipo hecho trizas. Que en la actualidad, mal que bien, prevalezca el escritor sobre el oficinista, no es porque yo haya convertido un sueño en realidad: mi existencia no da cabida a esas estupideces hollywoodenses. Si todavía escribo es porque me deshice de mis corbatas.

Si algo marcó esos años de mediocridad oficinesca fue el uso de las corbatas. Nunca fue una elección propia, como es de esperar de una persona sensata en el Caribe. Era una imposición corporativa, parte de un absurdo código de vestimenta, para uniformar a los empleados –sin distinciones jerárquicas—como alumnos de colegio. Las pocas veces que me aventuré a llegar a la oficina sin el colorido nudo en la garganta, me reprendieron y amenazaron con un memo. Me avine al estúpido código por necesidad, pero dentro de mí guardé un profundo disgusto. La corbata se convirtió así en el símbolo de un mundo que me ahorcaba económicamente y frenaba cualquier atisbo de creatividad.
Por desanudarme el nudo en la garganta, comencé a escribir ficción. Terminé de escribir mi primer libro mientras todavía tenía que ir a trabajar con corbata, por lo que el texto salió algo trinco y almidonado. Quien se haya tomado la molestia de leerlo –tarea fatigosa e inconsecuente– sabrá de las múltiples referencias que se hacen al mundo de las oficinas y las corbatas, en particular en Bondades de una corbata. De ese infortunado relato, tal vez lo único meritorio –más como documento sociológico que literario—es el comienzo que transcribiré a continuación. (Perdonen el estilo; era todavía novato y rígido como las corbatas que vestía en aquel tiempo.)

Sería demasiado fácil y trillado pensar en la corbata como una metáfora del pene, aunque no deja de ser plausible. Al igual que el pene, la corbata cuelga de los hombres, salvo en los casos excepcionales de mujeres que lucen una corbata entre los senos, acaso con voluntad democrática, pese a que esa moda (andrógina) no hace más que remedar una fantasía masculina. No obstante, la corbata connota también impotencia sexual: por lo general es fláccida y delinea un protuberante vientre para señalar con fingida inocencia la pinguita de un hombre que mea de oído.

La corbata puede verse, además, como un estribo o collar, la corbata como freno a la creatividad y símbolo de subordinación (y esclavitud) a la economía en función de una convención corporativa impuesta por no se sabe quién y a la cual todos, sin distinciones jerárquicas, están sujetos.

Imposible sería pasar por alto la más siniestra de todas las definiciones de la corbata: como instrumento para cometer suicidio. En caso de extrema desesperación el usuario resentirá la presión de la tela contra el cuello y, en lugar de desanudarse la corbata, atará el cabo de ésta para guindarse como un pernil en una carnicería.

El narrador, en síntesis, apunta a tres significaciones de la corbata: como símbolo fálico –vigoroso o apocado–, como convención corporativa que frena la creatividad, y como instrumento de suicidio. Como decir: anúdese una corbata y escoja su forma de ser imbécil.

Cuál sería mi sorpresa al leer Corbatas del periodista y escritor Vicente Verdú en el blog boomeran(g). Para aquellos que hayan leído El estilo del mundo del mismo autor saben que hay cierta teatralidad en algunos de sus juicios, cierta afectación dramática, pero son manierismos de estilo que no hacen gran mella a su reflexión y hacen entretenida la lectura. En Corbatas, sin embargo, la afectación del periodista es grave; nos parece estar leyendo un manual de buenos modales burgueses con sentencias como “las corbatas son lo sustantivo y no al revés”. Después de esta joya intelectual que sobrevalora el maldito pedazo de tela, ya no me extrañó leer su juicio sobre los que decidimos no ahorcarnos voluntariamente. Según Verdú, aquellos que no llevan corbata son “[f]lojos, indeterminados, vacilantes, su informalidad es aquí la marca de una fuga. La ausencia de la corbata coincide con la ausencia de determinación y personalidad. Exactamente una claudicación del gusto y una pública confesión de que tras esa falta pueden aparecer muchas faltas importantes más”. Es decir, no llevar puesta una corbata, además de mal gusto, revela una deficiencia moral. Ni Alfred, el mayordomo de Batman, podría expresarlo mejor. ¿De dónde sale esta taquicardia por la formalidad acorbatada si Verdú mismo no la lleva puesta –véase su foto en el boomeran(g)? ¿Por qué este endoso fanático al nudo en la garganta?

Posibles respuestas a estas preguntas se hallan entre los comentarios a Corbatas. Uno en particular llamó mi atención, de un sujeto que firma como “ejemplo”. Dice así:

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Sin quitarle mérito a la originalidad de su presentación, su elogio, en clave de poema concreto, ofende por lo fálico y por el trazo en X. Ambos detalles nos sugieren que el texto de Verdú debe entenderse en el mismo nivel de una película XXX. Como entretenimiento onanista.

Dos reacciones, en sentido contrario, me previnieron de despotricar contra “ejemplo”, el pornógrafo. Una fue una lúcida reacción de El Miope Mayor (quien, de hecho, llamó mi atención sobre el texto de Verdú) y la otra, la de una mujer que se hace llamar “escarola”. Según ésta “hay mujeres a las que no nos gustan con corbata. Los únicos hombres que nos gustan con corbata son los hombres a los que estamos deseando quitarles la corbata. […] Pero yo nunca me he enamorado de un hombre mientras llevaba la corbata. Es una barrera psicológica, la corbata”.

La corbata como barrera psicológica. Mejor que las mías, estas palabras de “escarola” nos sugieren el meollo de la flojera del texto de Verdú, falta que esconde “muchas faltas importantes más”. Mi consejo más sincero para el señor periodista: haga el amor, no el nudo en la garganta. Sea cual fuere su problema, amarrarse a una corbata no es la solución.

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Es con beneplácito que Legión Miope le invita a leer a nuestro primer miope invitado: José “Pepe” Liboy, autor del imprescindible Cada vez te despides mejor (Isla Negra, 2003). Buen provecho.

Por Pepe Liboy

La muchacha había sido becada por la Fundación Norat Archilla, de la que yo tengo vagas ideas aún hoy en día. Norat Archilla era un crítico literario y poeta que entretuvo su juventud probando las fuentes de varios escritores famosos. Alguno que otro ensayo sobre la obra de Norat Archilla puede encontrarse en un libro de crítica reciente, pero no es la obra de Norat lo que me interesa sino su fantasmal fundación, en la que se perdió la muchacha de la que voy a escribir ahora. Más o menos al graduarse de sexto grado en una escuela pública de la isla, la fundación de Norat se le acercó a sus padres y le ofreció una extraña beca que le exigía a la muchacha mudar de casa y de identidad. Sin mucha pena dejó la casa de sus padres naturales, con los humildes apellidos, para venir a mi escuela matriculada con el nombre de la heredera de la fundación, Margot Seibo Archilla, con quien tengo íntimo trato. Desde sexto grado la niña dio pruebas de gran viveza intelectual. Era líder del grupo de los estudiantes más aventajados económicamente, aunque ello no la alejara de los menos adinerados. Yo le interesaba porque la heredera de la fundación, que también era una nena, le había dicho que yo tenía más de una mamá. Cuando en noveno grado nos enseñaron los esquejes, ella se me acercó cariñosamente. La escuela se había mudado de local a Cupey. En un pasillo ella se me acercó tímidamente y me dijo que tuviera cuidado con las muchachas.

-¿Por qué lo dices?- le pregunté.

-Tú mismo tienes dos mamás. Seguramente te lo han explicado- me dijo.

Pero ella no sabía que era la primera persona que me hablaba de ese tema. Tan profundo fue el efecto de la conversación, que no dejaba de pensar en ella un solo instante, aunque sabía que era una muchacha humilde que vivía becada por la extraña fundación Norat. Entre las cosas que sabía era que tenía que residir con los padres de la heredera de la fundación, que eran los dos profesores. Todo ello me tenía intrigado, por supuesto. Ella misma me contaba algunos detalles interesantes.

-Estoy comprometida con un doctor. Si no fuera por eso, me casaría contigo- me dijo en alguna ocasión.

No sé lo que pasó con la fundación y el compromiso, que poco antes de llegar al año final de la escuela, ella reorganizó al grupo de adinerados y se los llevó a una huelga universitaria. Desde ese momento, no sé nada de ella. Me entero de algunas cosas indirectamente. Por ejemplo, sé cuál es su nombre humilde. Cuando entré a la universidad el año posterior a la huelga, encontré a la heredera de la fundación Norat en el Departamento de Matemáticas. La heredera usaba el nombre de la muchacha humilde y estudiaba en la escuela pública de la humilde. Yo sabía que ella era la heredera de la fundación Norat y que estudiaba en la escuela pública haciendo una especie de trabajo de campo.
-¿Y cómo te llamas tú?- le pregunté bromista.
-Me llamo Natividad- me dijo llorosa.

-¿Por qué lloras?- le pregunté. –Todos nosotros sabemos que tú eres la heredera de Norat Archilla. La nena Seibó es la becada.

-Sí, es por eso que lloro. Es que Natividad dejó la beca. Cuando se fue a la huelga, quedó embarazada de un huelguista y dejó de estudiar.

No sé por qué dejé el Departamento de Matemáticas. Dejé a la heredera de la fundación llorando en los pasillos de la Universidad y me fui a estudiar otra cosa que no fuera matemática. Al año de este incidente, mi prima hermana me hizo una broma algo pesada y fue que me mandó a una muchacha matriculada con su nombre. No quería que me pasara nada, pero la muchacha me insistió en que me casara con ella aunque usara el nombre de mi prima. Por cortesía, decidí irme con ella a un apartamento y buscar trabajo en una librería. Cuando estábamos juntos, hablábamos del profesor con el que ella había vivido antes de mudarse conmigo. Al parecer, mi prima tenía un acuerdo parecido al de la becada de la fundación Norat.
-Nosotros sabemos que la muchacha becada por la fundación Norat te agradó y fue cariñosa contigo- me dijo. –Sólo que ella no cumplió el compromiso con el doctor y quedó encinta.

-Sí, yo sé que perdió la beca- le dije.

-No pienso estar toda la vida contigo- me dijo. –Un año a lo sumo, pero nos vamos a casar y vas a tener un hijo.

-Está bien- le dije.

II

Como tres años después de divorciarme de la amiga de mi prima, me llamaron por teléfono. La voz era desconocida, pero firme.

-Soy Natividad Fuentes. Quisiera salir contigo- me dijo la voz.

-Eso es imposible- le dije. –Además, tú no suenas como Naty. No creo que ella quiera salir conmigo. Es madre de familia. Yo estoy divorciado. En fin, me parece imposible que Naty quiera verme.

La voz colgó. Tres días después volvió a llamar otra persona que quería hablar con mi madre a nombre de Natividad Fuentes. Mi madre me dijo que la atendiera cuando llamara, pero la persona que vino a verme fue mi ex esposa. Me pidió que volviera a mudarme con ella y cuando fui al nuevo apartamento encontré a mi prima hermana.

-No la olvidaremos- me dijo. –Siempre la recordaremos.

El apartamento era un desorden de cuentas bancarias a nombre de Naty y de álbumes familiares dejados por la muchacha. Por qué quería mi prima verme en el apartamento que Naty ocupaba, realmente no lo sé. La cuestión es que en ese mismo apartamento mi prima hermana tuvo a mi hijo. Tuvimos un hijo porque mi prima seguía insistiéndome en que me casara con la hija de Natividad. Yo creo que preferí tener un hijo con mi prima porque me asusta la fundación Norat. Escribí una primera versión de este cuento y la vierto aquí.

III

Cuento de la Fundación

La Fundación Norat Archilla la había becado en sexto grado para estudiar en la ciudad. Vivía con un profesor que hacía las veces de su padre, y con la esposa del profesor, que hacía las veces de su madre. Aparentemente se le quería dar una oportunidad en la vida, y para ello usaba el nombre de la hija de los profesores, que era la heredera de la Fundación. Se me acercó cuando llegamos a noveno grado y me hizo algunas preguntas relativas al alumbramiento de los niños de mi familia. Como yo era todavía un niño, no sabía contestarle muchas de sus preguntas. Por ejemplo, me preguntó si era verdad que tenía dos madres. Me enseñó varias fotos de su madre verdadera y otras de sus padres de crianza. Como usaba el nombre de la heredera, nadie quiso salir con ella en la adolescencia, pero cuando se fue a graduar de escuela superior nos invitó a una huelga universitaria. No la acompañamos a la huelga y un año después, cuando entré a estudiar en la universidad, supe que había quedado embarazada de un huelguista.

En el Departamento de Matemáticas, al que entré a estudiar, se encontraba la heredera de la Fundación usando el nombre de ella. Se llamaba Natividad. Le decían Naty en su pueblo de origen. La heredera estaba desconsolada porque la muchacha había dejado la beca a un lado, aunque seguía usando el nombre de la Fundación. Algo apenado por el desconsuelo de la heredera, me cambié de facultad. Me seguían rondando sus palabras en la sombra. “Tienes dos madres, ten cuidado. Tienes dos madres”.

Poco tiempo después, una prima mía me mandó a una muchacha que usaba su nombre y me casé con ella. La muchacha me heredó una cepa, y un poco después mi prima se envalentonó y decidió alumbrar a un niño. Extrañamente, mi prima estaba conmigo usando el nombre completo de Natividad. Hacía tiempo que no la veía, pero evidentemente no quería olvidarme. Con el huelguista había tenido una hija, y si no me hubiera casado con la muchacha que envió mi prima, seguramente estaría casado con la hija de Natividad.

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El amoróscopo

Por Font-er

Buenas noches.

La crónica que sigue ilustra una de las mayores bondades del horóscopo foral.

Muchos prejuiciados piensan que el horóscopo es entretenimiento para muchachas adolescentes y homosexuales de todas las edades. Por esta razón, al pasar por nuestra oficina y verme leyendo el horóscopo, algunos funcionarios de otros departamentos cuestionan mi hombría. Otros, fundamentalistas de armas tomar, se sienten amenazados por lo que consideran una superchería obra del diablo. Son seres que no entienden nuestro júbilo, les molesta, nos disparan una mirada de reprobación y, cuando no hay nadie, se asoman a las páginas centrales de los diarios para leer lo que su signo zodiacal le depara ese día. A unos y a otros les digo: necios sois cuando voluntariamente os enajenáis de la verdad astral. Convenciones y estereotipos les impiden conocer su esencia. Ignoran que el horóscopo foral no trata de crecimiento profesional, ni de obtener los números del premio de la lotería, ni de inquirir sobre el estado oculto de nuestra salud. Si bien es cierto que las palabras sabias –y menos sabias– de mis mayores tocan esos temas de pasada, nosotros, los conspiradores, sabemos que estamos sembrados en nuestros puestos hasta que la estatua de Colón baje el dedo; sabemos que el pesito que gastamos en la loto es comprar un sueño por unas horas; y que la salud, por más remedios, dietas y ejercicios, tarde o temprano, se nos quiebra con la edad. Sabemos, en fin, que de lo que trata el horóscopo foral, lo que nos mueve a degustar de él a diario, es algo más sublime y espiritual: conocer lo que los astros nos deparan en el amor. Quien lo probó lo sabe.

Hecha la aclaración, proceda a leer

Del amoróscopo
Con los conspiradores debidamente sentados en círculo, entre cubículos y paredes con hongos, a las 3:15 p.m., comenzó la lectura foral.

FONT-ER: Ahora que estamos todos presentes, damos inicio a la lectura de hoy. Como de costumbre contaremos con el horóscopo de Ruk, que como sabemos…

AGUZETTE, AMAPOLA, BABIA, CHANCLETANA y VALENTIÑA (en coro): … palabra sabia es.

FONT-ER: Sabia es, casi sacrosanta, y no decimos que es sagrada por no ser herejes. Y, por supuesto, contaremos como siempre con el todavía asesor de los astros, Walt-er, que como sabemos…

CORO: … palabra menos sabia es.

Después de la invocación astrológica, procedí a leer en voz alta los horóscopos de cada uno, incluyendo los míos. Lo peculiar de ese día era que, además de los horóscopos cotidianos, teníamos una suculenta ñapa: las aspectaciones amorosas de Ruk. Se trata de un horóscopo semanal que nos dice cómo nos irá en el amor. Por ser viernes, bueno o malo que nos hubiera ido desde el lunes, todavía quedaba por saber lo que nos aguardaba el fin de semana. Aunque Ruk hablara de amor en el sentido más amplio de la palabra, en realidad lo que más nos interesaba era conocer del amol, así, con la l empalagosa en la lengua. Nada tenía de raro, en realidad, pues pasados los treinta y remontando los cuarenta –me contengo de precisar edades por evitarme un arañazo de Amapola—, casi ninguno de nosotros pensaba demasiado en nuevos enamoramientos, en salidas al cine y a cenar, en ramos de flores y demás chulerías, y si se pensaba en esos detalles era como un preámbulo o una prórroga de la pasión con que debía culminar un encuentro cercano con el sexo opuesto. He escrito “casi ninguno” por ser fiel a la verdad y de paso salvarme de la mano dura de Chancletana, quien leerá como ustedes estas líneas, y me reprocharía si no distingo que ella no, que ella no está pensando en el amol, sino en el amor, con la r donde debe estar: fuera de la cama. Aun así, ella, como los demás, sabe que los astros se visitan los fines de semana y no es para jugar bingo, por lo que cualquiera de nosotros, bajo su influjo, podría terminar haciendo las mismas vagabunderías.

Para las escorpionas Valentiña y Aguzette el amoróscopo de Ruk dijo:

La Luna entra en tu novena casa donde recibirá la visita de Plutón con quien se quedará hasta el lunes. Tu sexualidad se exalta, tú que eres dios o diosa de la seducción, las estrellas energizarán estos días todo tu cuerpo, te verás exuberante, serás una tentación para todos, tendrás de dónde escoger si estás sola.

Aguzette –la única que no es miope ni usa lentes en la oficina—explicó que Ruk debe estar cegata o de seguro se había bebido par de margaritas de más cuando miró por el telescopio. “¿No hay posibilidad de entierro, compañera?”, pregunté en doble sentido. “Nada de nada, mijo”, contestó Aguzette, siempre franca de palabra: “yo voy pa señorita”. Valentiña, aunque visiblemente contenta, se bebió un largo sorbo de café con leche –sin azúcar– y se amparó en la quinta enmienda.

Para Babia, la leo-na distraída, el amoróscopo le sacudió la musaraña con las siguientes palabras:

Marte entra en tu quinta casa por donde transitará hasta el sábado. Si juegas con fuego te puedes quemar. Ese amor secreto te está enloqueciendo, lo prohibido está acelerando tu instinto primitivo, que es algo feroz, cuidado. Si tienes pareja, no presiones, ten presente que el sexo es cuestión de ánimo y de escoger el momento adecuado.

Todos miramos a la poeta part-time para conocer su reacción. Sonrió y se encogió de hombros. Un mensaje mixto: la sonrisa parecía confirmar un amor secreto, pero los hombros sugerían que estaba resignándose a no presionar y buscar el momento propicio para echarle fuego a la cama.

A los virgonianos como yo, seres bajunos y rastreros, salvo excepciones maternales que confirman la regla astral, el amoróscopo nos mandó a echarnos la soga al cuello:

Mercurio se instala entre tu sexta y novena casa donde permanecerá hasta el próximo jueves. Estás en el momento más favorable para formalizar tu relación con ese ser al que tienes una adicción casi inconfesable, esa persona que reina en tus sueños eróticos a diario, decídete, te aseguro no te pesará.

–Éste siempre termina ahí –comentó Chancletana.

–¡Mijo, apéate de la cama ya! –añadió Aguzette.

–Hay boda, hay boda –me embromaron Valentiña y Babia.

–Boda, ¡uy, jamás! –exclamó Amapola, inquieta por conocer si, según los astros, entrenaría o no el g-string de lunares que había comprado esa semana. Lo sacó de su cartera, y lo sacudió como quien muestra el banderín de su partido político.

–Nena, ¿qué tú haces? –la reprendió Chancletana.

Fue como cucar el humor zafio de Amapola, quien enseguida comentó que lo había comprado de lunares para que se los desaparecieran. Tal vez, por su generoso trasero, bastaba con que se pusiera el g-string para que se borraran los puntitos. El asunto es que el comentario nos hizo reír a todos, incluyendo a la dueña de la delicada prenda íntima. El volumen de las carcajadas fue demasiado alto. Roñi, una secretaria que no participaba del horóscopo foral por no pecar sin querer, apartó sus ojos de la Biblia que tenía abierta sobre su escritorio y nos miró con susto. Pensamos que era por la pocavergüenza que había escuchado del g-string, pero no. Tarde nos dimos cuenta que era una mirada para alertarnos: la jefa se había levantado de su escritorio, el más resguardado de toda la Oficina, y venía hacia nosotros. Al verla, y conociendo ya su desdén hacia los astros, los seis tratamos de contener la risa como mejor pudimos.

–¡Coño! –exclamó a toda boca Amapola en cuanto la jefa nos pasó por el lado y siguió hacia la fuente de agua.

Por tratar de hacer que Amapola contuviera su risa –una gutural catarata salvaje—la mano dura de Chancletana le había dado un pellizquito. Nada, ni la tez india de la pellizcada logró disimular el cardenal que enseguida se le formó en el brazo.

Fue inevitable: otra explosión de risa conmovió la Oficina.

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Por Pancho

Para contestar la cacareada pregunta ¿por qué escribe usted? del periodista o entrevistador de turno, un escritor más o menos veterano se inventa una respuesta ping-pong, una respuesta ready made para salir del paso. La pregunta, además de trillada, es ambigua: lo mismo cuestiona un quehacer que se considera frívolo e improductivo, o se empeña anacrónicamente en mitificar al escritor. El que los escritores todavía sigan contestándola –a veces con un deleite obscenamente narcisista— dice que la idiotez del periodista a veces es compartida. Yo debo ser más idiota todavía porque no espero la pregunta para lanzar mi respuesta. Con candidez lo confieso: escribo porque me gusta jugar.

No siempre lo pensé así. En el pasado jamás me hubiera conformado con una respuesta tan llana y enseguida la habría fruncido con volutas intelectuales de dudoso mérito. Sin embargo, en estos tiempos de austeridad y quiebra artística, ha sido suficiente observar a mis hijos para espantar las telarañas mentales y llegar a la médula de mi escritura. Ellos, pequeños seres entregados a la satisfacción de sus deseos, no ponen freno al placer de jugar. Incluso en situaciones extremas, podrían transigir por aguantar el hambre y la sed, pero no el juego. Si no pueden jugar son como almas en pena, desconsoladamente infelices. Y yo soy igual. Si por las circunstancias cotidianas –que siempre parecen sobrar en mi vida—dejo de jugar por bastante tiempo, me ataca la neurosis y me vuelvo terriblemente hosco. Por suerte, basta con que Ivonne, mi compañera de amores, me observe un segundo para distinguir la nube negra en mis ojos. Enseguida, sin decirme una palabra, me hace los acomodos razonables para que mansamente yo me encierre en un cuarto a jugar. Su cálculo nunca falla: basta con que yo me siente a escribir sin distracciones para que al cabo de unas horas salga lacio y contento del encierro, listo para reintegrarme a la humanidad.

Escribir para jugar: he ahí todo mi proyecto literario. Por jugar escribo en Legión Miope. Por jugar escribí mi primer libro Caleidoscopio. Y por seguir jugando, recientemente lo aban-doné en el tren.

La idea de aban-donar libros en el tren no es original mía, aunque al momento en que decidí hacerlo pensaba que sí. Sucede que me enteré que el miércoles 6 de junio, a las 7 p.m., habría una actividad poética en la estación de Río Piedras del Tren Urbano. En un comunicado de prensa sobre la actividad se indicaba que “[l]os poetas han aceptado esta invitación como parte de su compromiso social con nuestro pueblo. Ofrecen de forma gratuita tiempo y de [sic] talento, como un mecanismo de impacto social”. Me pareció formidable la vuelta a la poesía comprometida de los 60 y el deseo de impactar la sociedad a golpe de metáforas. Como soy un nostálgico de las vanguardias, se me ocurrió que los poetas participantes debían complementar su participación repartiendo fotocopias de sus poemas al público y, para culminar la velada poética, abandonar una copia de algún libro publicado en los vagones del tren. Los libros abandonados inaugurarían lo que llamé entonces La Biblioteca sobre Rieles. Le comuniqué la idea a par de poetas miopes quienes me expresaron su intención de patrocinar la iniciativa. Yo mismo –sin ser poeta aunque sí miope—participaría de la actividad convirtiendo a Caleidoscopio en un libro público. Ivonne, cómplice del juego, lo rotuló y se ofreció a acompañarme a la estación de Río Piedras.

Rotularlo no me pareció suficiente, así que añadí el mensaje que se lee en la próxima foto:

Como un perfecto tonto miraba una y otra vez el libro como si acabara de salir de imprenta. Era raro porque desde hacía tiempo el infeliz texto –que nunca gozó del favor de un público lector amplio– me parecía ilegible. Pero ahora ese escrúpulo quedaba atrás. Caleidoscopio sería otro libro, un texto público y accesible, un objeto abandonado al azar de un encuentro con algún pasajero del tren. Además, si al menos un puñado de miopes se entusiasmaba con la idea, abandonar mi libro en un vagón del tren no sería un gesto retórico, el equivalente romántico de lanzar una botella al mar. Tampoco sería la acción de un miope, sino el trabajo colectivo de una legión de éstos. Por consiguiente, sería, en palabra y acción, una obra de arte social.

Sería, de hecho, mucho más de lo que vislumbraron en Buenos Aires, donde –recordé– se había estrenado la idea de colocar libros en espacios públicos. En la capital argentina se procuraba, si mal no recuerdo, fomentar la lectura. Mi idea era, pues, más ambiciosa: crear una biblioteca sobre rieles. Que ésta se inaugurara con una colección de poesía nacional contemporánea me parecía la forma más hermosa de “compromiso social con nuestro pueblo”.

Para tan magno evento, decidí llevar conmigo a mi hijo de cuatro años. Razoné que si a Gabo le gustan los trenes y a Ivonne y a mí la poesía, asistir a un recital poético en la estación de Río Piedras era como conciliar lo mejor de dos mundos. Miope al fin, no preví lo que ocurriría más tarde. Durante el trayecto del tren de Bayamón a Río Piedras, traté de programar a mi hijo para que se comportara con propiedad durante la actividad. El niño, de inteligencia inquisitiva, pasó por alto mis lecciones de urbanidad para bombardearme con preguntas sobre la poesía, la rima, el libro de la oreja que yo sostenía, la cámara digital que llevaba Ivonne, entre otros asuntos que servían bien a su juego favorito: hablar y hablar hasta por los codos. En la estación de Río Piedras, a su incesante discurso –con o sin interlocutores—Gabo le añadió piruetas. Por estar pendientes de que no fuera a atropellar a alguien, Ivonne y yo apenas escuchábamos el golpeteo metafórico de aquella poesía comprometida. Por esto, nada más saludar a los poetas que habrían de inaugurar la Biblioteca sobre Rieles, nos marchamos.

Lamenté no haber podido disfrutar más del recital, ni haber presenciado la inauguración poética de la biblioteca móvil. Sin embargo, por no dejar las cosas a medias, decidí continuar con mi propio juego en el tren. En el trayecto de vuelta a Bayamón, en una de las pocas pausas verbales de mi hijo, Ivonne filmó un videoclip en que, a manera de manifiesto, yo designaba a Caleidoscopio como el primer libro público del tren. Según supe al día siguiente, no sólo fue el primero, sino el único. Ninguno de los poetas del recital, ni siquiera aquéllos que se habían comprometido con patrocinar la biblioteca, se acordó de abandonar un libro.


Desde esa noche, solo quedó Caleidoscopio, como un fantasma errabundo, recorriendo las estaciones del tren. Al día de hoy ninguno de sus lectores casuales se ha animado a escribirme. Aunque todavía conservo la esperanza de recibir alguna noticia del libro, según pasan los días me siento más y más decaído. Debe ser por esto que no me he animado a publicar el videoclip. No querría que en lugar de anunciar el comienzo del juego documentara su final.

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