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Archive for 21 agosto 2007

La decapitación

Por Fontógrafo

Lo reconocí por su cara de reverendo con corbata, las venas brotadas en el cuello, las donas de sudor que de seguro le arruinarían la camisa, otra más. Nada raro en él: estaba iracundo y parecía que ladraba barbaridades a diestra y siniestra. Venía en una S.U.V. negra, flanqueada por otros tres vehículos oscuros, cuando ordenó a su chofer detenerse bajo el puente de la calle Canals. Bajó el cristal y miró a vuelo de pájaro los grafittis que coloreaban de arriba abajo ambos lados del puente.

–¡Adalberto! –rugió–. No quiero ver ni uno más, ¿me entiendes? ¡Ni uno más!
–Sí, señor –contestó Mercado con la sumisión de un perro acostumbrado al maltrato del amo.
Mercado, director de Seguridad Pública, conocía bien los exabruptos del Jefe como para no tomarlo al pie de la letra. Había que esperar que se le enfriaran los cascos antes de inquirir sobre su voluntad firme y final.
Otro día, otra actitud. En su despacho, con camisa nueva, sin sudar, y con el fijador intacto en el pelo, el Jefe conferenció con Mercado. Éste, a su vez, convocó una reunión fuera de la oficina, en el estacionamiento soterrado de la plaza de Río Piedras. Fue allí, en ese espacio claustrofóbico, caluroso e impregnado de monóxido de carbono, donde se ultimaron los detalles del plan. Ni Mercado ni el Jefe asistieron a la reunión. Yo tampoco. Lo que sé lo supe por la televisión. El diálogo fue como sigue:
CORBATA CON ESPEJUELOS: Pensé que era por las tostadoras de Ismo o por los Filiberto Vive de Río Piedras.

CORBATA DE ESPALDAS: Río Piedras es zona cero. Un cúmulo de escombros para sabandijas. No importa por ahora. El problema es éste. Mira.

CORBATA SIN ESPEJUELOS: Sí, sí. La tecata. La del puente de la calle Canals.

CORBATA DE ESPALDAS: Esa misma. Tecata y puta, a todo color y en tamaño real. Es inadmisible. Hay que desaparecerla.

CORBATA CON ESPEJUELOS: Si no la veo, no existe. ¿Es ésa la orden?

CORBATA DE ESPALDAS: No. La orden es

Durante el día las brigadas de pintores del municipio tomaban por asalto los puentes de la ciudad; de noche las brigadas de vigilancia acechaban a los grafiteros. La persecución estimuló el clandestinaje, dio respiración artificial a la noción de arte de guerrilla. Y más importante aún, de la noche a la mañana nacieron obras maestras en aerosol. En algunas de éstas se lograron sincretismos interesantes entre la subcultura del hip hop y la imaginería cristiana, entre la criminalización del grafitero y el martirio de Cristo. Un ejemplo magistral es el siguiente grafitti pintado en el puente de la Canals:

Pero con la nueva política pública de la capital, los grafittis apenas duraban una mañana en los puentes de la ciudad. Ya no eran obras efímeras que, a pesar de los accidentes de la intemperie, podían durar varios meses. Ahora eran obras prácticamente invisibles que duraban a lo sumo una mañana, tras lo cual eran desaparecidas por una brigada de pintores municipales.

Supe que se acercaba el fin cuando las brigadas de vigilantes hicieron su primer arresto en el Condado. El Art. 209 del Código Penal les proveyó el apoyo legal para criminalizar a los grafiteros y justificar otra jugosa iguala en la compra de cientos de galones de pintura grisácea con que repintar todos los puentes de la ciudad. Por temor a ser prendidos por las brigadas nocturnas, mermó grandemente la cantidad de grafiteros en la calle. Y sin grafiteros, se sabe, no hay arte público en aerosol. La decapitación del grafitti en San Juan se había consumado.

Yo, por cierto, no vi todo el proceso. Sólo presencié lo que alcanzaba mi vista: el puente de la calle Canals. Así, pintado en espantoso azul grisáceo, quedó mi puente:

Y así quedé yo:

[Fotos por Leonaya]

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Por Font-er

“Soy tauro y quiero saber qué me deparan los astros.” Con este contundente reclamo nuestra jefa, la del humor astringente, me interrumpió a poco tiempo de haber comenzado el horóscopo foral. Yo, que me encontraba de pie como corresponde a un juglar de los astros, perdí mi plante y dejé caer los papeles con los horóscopos de Ruk y Walt-er. Ese día era especial, celebrábamos la reintegración de tres compañeras que volvían de sus vacaciones, por lo que presumí que las palabras de la jefa habían sido sarcásticas, una forma ruda de romper el foro. No fui el único que lo pensó; las demás (Aguzette, Amapola, Babia, Chancletana y Valentiña) fijaron miradas de incredulidad en el rostro de la mandamás. Con el asterisco de ojos en su cara, la jefa se mantuvo impasible y sin jactancia nos dijo: “si me dejan, me quedo y si me leen, escucho”. La dejamos quedarse, escuchó atentamente y desde ese día (el lunes de la semana pasada) detiene su trabajo a las 3:15 p.m. para no perderse ni un segundo del horóscopo foral.

Aguzette, siempre vestida de negro como si guardara luto, tuvo el martes en la noche razones para vestirse de blanco. Su marido, que había estado convaleciendo por una operación de la vesícula, fue dado de alta en la tarde. A juzgar por la sonrisa con que llegó Aguzette a la Oficina el miércoles, el marido estaba completamente restablecido y fuerte, muy fuerte. La escorpiona lucía radiante aunque con la cabellera menos arreglada que de costumbre.

El miércoles Amapola llegó a la Oficina a las 8:30 de la mañana cuando lo habitual en ella es llegar al menos una hora antes. Esta costumbre se debe a que depende de tres guaguas poco fiables que se asegura de tomar tempranísimo para llegar a tiempo. Durante el día rió comedidamente y no dijo ni una palabra soez, ni siquiera cuando Bola de Fuego, su satélite indeseado, llegó a la Oficina con tufo de Brut de Fabergé en manteca Krisco. Su celular, generalmente hiperactivo, no sonó ni una vez durante la jornada. Yo, de pensamiento vil, atribuí su rara tranquilidad a la ingestión de medio pote de Amiplín 500. Di por cierta mi sórdida teoría cuando diez minutos antes de terminar su jornada, vi a Amapola tranquilita, sin su habitual pica pica de ansiedad por irse. A las 5:00 p.m. por la puerta de la Oficina entró la explicación: un apuesto don de patillas plateadas que al ver a la florida librana se le prendió el rostro con una sonrisa.

El miércoles en la noche Babia, en medio de un severo ataque de sinusitis, recibió una llamada telefónica de un diario del país. El jueves, en la mañana, con un pañuelo convertido en apéndice de su nariz, recibió otra llamada telefónica, esta vez desde el aeropuerto Kennedy de Nueva York. En la noche, con los ojos irritados y la nariz colorá, se reunió con una periodista y una profesora de literatura de N.Y.U. en el sports bar del Rey del Churrasco en Santurce. El viernes, exultante y sin un síntoma de catarro, me contó. La profesora, admiradora de su obra poética, la había invitado a participar en un conversatorio en N.Y.U. con todos los gastos pagos. “No está mal para una poeta part-time”, dijo guiñándome un ojo maquillado al estilo felino de los ochenta.

El viernes Chancletana, disgustada por la inercia de un seudopretendiente, faltó a la Oficina para irse a comer un helado en Ponce. Su excusa a la jefa: se había lastimado la espalda y estaba en el consultorio del fisiatra. Después de comerse un sabroso helado de maní, la mujer de la mano dura se fue a La Guancha a mirar el mar Caribe. Una mujer sola, vestida de rojo, con la cabellera revuelta por la brisa, es una estampa muy atractiva. Eso pensó Ernesto, un fotógrafo veterano, que andaba tomando fotos del paseo tablado y se sorprendió de ver a la mujer con la vista concentrada en el horizonte. Aunque hacía años que se dedicaba a la fotografía comercial y estaba allí comisionado por la Compañía de Turismo, Ernesto no resistió el deseo de tomarle una foto a la ensimismada librana. “Me permite”, le dijo cámara en mano. No sé qué hablaron después, la discreta compañera no ha querido soltar prenda y yo no insisto en conocer los detalles para no ganarme un pescozón por imprudente. El hecho es que desde el pasado lunes, al menos dos veces al día escuchamos un ringtone con Für Elise y vemos a Chancletana salir de la Oficina para conversar en privado.

El sábado Valentiña, cantante part-time, cantó en una cava de vino en Guaynabo. Le habían advertido que el público sería principalmente de la tercera edad, por lo cual escogió para la ocasión un repertorio de Sylvia Rexach. Cantó sus tres canciones bien, pero Di corazón conmovió a más de uno de aquellos catadores de vino. Al finalizar la pieza, Carmen Nydia Velázquez, una veterana bolerista desde la época de Moliendo Vidrio, se acercó para felicitarla y de paso invitarla a un ensayo de su próximo espectáculo. El ensayo fue anteanoche y hoy Valentiña compró el traje que vestirá para su debut en el Caribe Hilton.

Hoy jueves 16 de agosto recibí la grata noticia de que he dejado de ser empleado transitorio per secula seculorum. Luego de dos años soy por fin empleado regular, tengo plan médico y plan de retiro. Por la excelencia de mi trabajo la alta gerencia ha decidido premiarme con un aumento de sueldo que iguala mi salario al de mis colegas. Esta noticia en realidad colma la que recibimos a primera hora por intranet: por razones sanitarias nuestra Oficina será reubicada en el tercero y último piso, lejos de este sótano comido por los hongos. A partir de la semana próxima la Oficina de la Conspiradora estará localizada justo frente a la Oficina del Presidente que, de hecho, es ariano como corresponde a un gran líder. Según Roñi, nuestra evangélica secretaria, se rumora que apenas llega a su oficina, el Presidente lee a escondidas la versión electrónica del horóscopo de Ruk. Ante semejante revelación, del todo fidedigna viniendo de alguien que descree de la astrología, no tardaremos en invitarlo a una de nuestras lecturas forales. Cuando sepa que no está solo y que su masculinidad no queda en entredicho por hacerlo, no dudo que el Presi saldrá del clóset. Que querrá integrarse al Clan, tampoco.


Ahora sí, sin más dilaciones les digo a mis fieles lectores

Buenas noches.

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Dos lanzamientos

Por José “Pepe” Liboy

Para la mayoría de la gente que estaba allí esa noche, el incidente pasó desapercibido. Yo había llegado a la liga de Sagrado Corazón con dos amigos, uno que en mi vecindario pasaba por bobo y otro que no tenía vida tratando de eludir un compromiso matrimonial que la madre quería imponerle. El primero se apuntó en el equipo rojo y pronto dejé de verlo. Por separado, jugando con uno cerca de casa, y luego con el otro en la escuela, habíamos practicado bastante y podíamos hacerlo en otros vecindarios. El que pasaba por bobo empezó a hacer promedio de bateo enseguida, pero yo empecé a fallar en las prácticas del equipo verde y el dirigente, con dos entradas que me dio, me puso a jugar con arena. El amigo que ya estaba comprometido, y que luchaba con ese asunto, se apuntó conmigo en el equipo verde, pero se puso nervioso y empezó a discutir con uno de los lanzadores del equipo. No había empezado la temporada, cuando ya él se había ido. Me dijo que no podía seguir y se fue. La cosa es que yo no hacía promedio y seguía jugando con arena, bastante tranquilo, por cierto, cuando una noche, en la primera de las dos entradas que me tocaban, apareció en el montículo del equipo rojo un tipo bastante amenazante y corpulento. Yo estaba acostumbrado a poncharme y no me preocupó su aparición en el montículo. La cuestión es que a pesar de su cara amenazante, me puso dos rectas fáciles de batear. Di un sencillo y anoté en la primera entrada, y luego conecté una línea que cogieron. Nadie se dio cuenta del incidente, que como se ve, no tiene nada de especial. El equipo verde ganó el campeonato, pero el dirigente me pidió que algunas semanas antes de terminar la temporada, dejara de ir a los juegos. Me invitaba, por otra parte, a una gran fiesta en su casa. Le agradecí que me dejara jugar y no volví a pasar por allí.

Tiempo después, el lanzador del equipo rojo, el corpulento y amenazante personaje, me encontró en la universidad. Sin mencionar el incidente, hablamos de literatura. Me dijo que se estaba familiarizando con las novelas, con los cuentos y los poemas de un curso de honor de español. Otras veces, hablamos de matemáticas y solo ocasionalmente hablamos de las chicas. En una ocasión, me presentó a su novia y a una amiga, y nos fuimos los cuatro a la playa a conversar. Convenimos en que su novia estudiaría conmigo y otras chicas de lejos. Seguimos hablando, en tardes espaciadas, junto a los bancos, hasta que por fin abordamos el incidente. “Bueno”, le dije. “Tú me pusiste esas dos rectas y el único sencillo que di en la temporada te lo debo”. Lo noté nervioso, cuando abordé el tema, y no mencioné el asunto más. La explicación que me dio es la corriente en la pelota juvenil. “Tú sabes que la curva es un lanzamiento que agota el brazo de un lanzador en ciernes y que el dirigente le pide que tire rectas. Es decir, yo tenía que practicar con rectas, aunque fueran fáciles de batear. No podía evitar alguno que otro sencillo”. Acepté esa explicación, pero entonces vino el verano y él me dijo que estudiara verano, que él lo iba a hacer. Le pregunté de nuevo por el incidente. “Bueno”, me dijo. “Es verdad que te las puse. Pero eso no es nada, porque tú no eres pelotero”. Me dio gracia su seriedad. “¿Crees que alguien más lo haya notado?”, le pregunte. “No sé”, me dijo.
Fuimos a un juego de pelota invernal y continuamos conversando sobre la pelota. “Este deporte empieza a declinar”, me dijo. “Antes los parques estaban llenos de gente, pero ya no se ve un alma. Puede ser que te quiera entusiasmar. La cosa ya no entusiasma, se usa con otros propósitos. Considera el ejemplo de mi padre. Brega con epidemias y es asunto corriente para él discutir con hechiceros. La isla regresa a una etapa más antigua, al parecer. ¿Cuánto tiempo más crees que dure la vida tal y como la conocemos, con parques de pelota y grandes reflectores, pizarras electrónicas y toda esa sofisticación?”. Asentí a sus observaciones, pero yo estaba más pendiente al asunto original. “Sí, Parece que la pelota declina y ya nadie quiere jugarla. Sin embargo, me invitaste a jugar. Tú eres bueno en esto, y yo no soy tan bueno. Alguien tiene que haber notado eso”. Miramos los jugadores solitarios en el parque, con sus uniformes. “Está bien”, me dijo. “Quienquiera que sea debe haberlo notado. Eso no debe preocuparte. Seguramente te quiere tanto como yo”.

Pasó lo mismo que con mi dirigente. Le di las gracias por los dos lanzamientos y nos despedimos en un curso de física. Recuerdo que le sonreí, le dije: “Nos vemos”. Luego me levanté y me fui a estudiar literatura. Ocasionalmente vino a verme a un vestíbulo, donde me preguntó por qué me fui del curso de física. “Bueno, es que yo quiero ser escritor. Me interesa la literatura y estoy decidido a hacer una carrera literaria”. No hablamos en muchos años, por lo menos. Supe que su novia lo había dejado y que había sufrido una operación de la mandíbula, que le quitaba el aspecto amenazante y ceñudo que tenía. Me lo encontré cuando yo estaba por casarme con una muchacha. Se había graduado de dentista. Recuerdo que yo estaba caminando por Río Piedras, pensando en la muchacha que ahora era mi novia, cuando decidí bajar por el subterráneo de la Plaza de Convalecencia. Surgiendo de lo profundo del subterráneo, con una mirada algo absorta, mi amigo se sorprendió al verme. Estaba vestido de blanco y negro, como un cadete nacionalista. Lo que me extrañaba, porque no parecía persona de hacer política. Le dije que estaba envuelto en un asunto amoroso y le describí a la chica. “Sin embargo, ésa se reía mucho, siempre estaba riéndose”. Usó un tono de persona mayor, agobiada por la existencia. Le dije en donde estaba viviendo y lo acompañé hasta una oficina de dentista en donde se iba a entrevistar para trabajar. Me dijo: “Espérame en la salida, voy a llevarte a tu casa cuando salga”. Sin embargo, después de un rato de espera, salió al balcón un chino alto, de enigmática mirada. Sencillamente se quedó un rato mirándome desde el balcón de la consulta. Me sentí muy triste y me fui caminando hasta mi casa.

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Por Pancho

La idea de convocar un juego de sofbol es original de Beba Marucci. El 9 de agosto de 2007, en la sección de comentarios al texto El monstruo de los dientes inmaculados, Beba sugirió:

Lavados mis dientes pienso…¿por qué usted y papá Ubu no convocan a algunos bloguer@s a un partidito de sofbol? Cosa de que tomen un poco de sol y se ejerciten.
A esto contesté:

Me parece buena idea, Beba. Yo, aunque malango, soy entusiasta y le meto el guante a la cosa. Consúltale al Ubu y armamos el bembé.

En el reino de Papa Ubu me encontré con el mismo reclamo de Beba, en el que ella se apunta:

por qué no usan la red para convocar al menos a 20 blogueros a un partidito de sofbol? me incluyo en la lista.

Con dos en la lista, se apuntó Rafa Acevedo:

Yo me apunto coño! Aclaro que soy un muerto pero juego 18 entradas a tó tren. Ya somos tres.

Somos tres y necesitamos al menos 17 blogueros más para armar un jueguito de sofbol amistoso. Vamos, anímate y haz la diferencia: sé uno de los 17 vampiros cibernéticos que se atrevan a tomar un poco de sol lejos de la pantalla. El único requisito para participar es tener entusiasmo y no tener miedo al ridículo. No hay problema si no sabe jugar bien. En el reino de los malangos el cargabates es rey.

Si quieres participar, deja un comentario aquí.

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Por Pancho

No soy el hombre de la foto, aunque hubiera dado cualquier cosa por ser al menos su sombra. Se trata de Francisco “Pancho” Coímbre, gloria del beisbol boricua en su época dorada, entre las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Recordado por veteranos cronistas deportivos y viejos que vivieron su niñez en esos años, Pancho Coímbre ha sido el mejor bateador que ha dado el país y uno de sus mejores jardineros derechos. Su promedio de por vida fue de .337 –13 puntos por encima de Clemente en el beisbol boricua–, empujó o anotó carreras el 34.8% de las veces que se paró en la caja de bateo, y del total de 1915 turnos que tuvo al bate sólo se ponchó en 20 ocasiones. Satchel Page, el mejor lanzador de todos los tiempos, lo describió como el mejor bateador que había enfrentado, y Roberto Clemente afirmaba que Pancho Coímbre había sido mejor pelotero que él.

Aparte del nombre y el apodo, nada tengo en común con Pancho Coímbre. No soy negro y nunca he jugado pelota profesional. Yo nunca pasé de pequeñas ligas por falta de talento y de oportunidades. Mi familia nuclear siempre fue muy inestable y, sin un padre que me llevara a jugar a otros pueblos limítrofes, jugar una temporada corta al año en Rincón no era suficiente para descubrir y desarrollar el talento que yo pudiera tener. Cuando a los quince años mi familia se mudó del pueblo radioactivo que ahora se mercadea como el 413 Road to Happiness, dejé de hacer lo que más me había gustado en la vida: jugar beisbol.
De ese divorcio no consentido por mí, me quedó esa nostalgia oxidada que acompaña a los peloteros frustrados por el resto de sus días. No soy el único escritor boricua que lo padece; es muy probable que Rafa Acevedo y Elidio La Torre, quienes también ambicionaron convertirse en peloteros, lo sufran en silencio. Tampoco dudo que hayan tenido más talento que yo. Yo sólo fui un intermedista competente y un campo corto aguerrido pero de tiro errático, y mi promedio de bateo nunca superó los .250. Fui, cómo no, un malango de torneo de parcela, pero con entusiasmo de grandes ligas.
Hasta aquí habrían llegado mis memorias de pelotero si no es por la confluencia de un libro y el sofbol. En el libro de don Jaime Córdova, Beisbol de Corazón, descubrí a mi héroe y tocayo, Pancho Coímbre, y estas palabras que alentaron y todavía alientan mi irregular desempeño como pelotero:

De ninguna manera te quites el uniforme, veterano guerrillero de las luchas cuesta arriba, querido pelotero del puro beisbol de parcelas, admirado Malango de toda la vida y sin un trapo de tarja colgada en tu pared. Por ti existe lo humano del deporte que es la columna de errores.
(310)

Con estas bellas palabras de don Jaime, me animé a tratar suerte con el equipo de sofbol de mi trabajo. A veinte años de haber ensuciado mi último uniforme en Rincón, asumí el reto como un hombre que busca conquistar el amor de su vida, sintiendo en el pecho la ansiedad del comebanco que en el último juego de la temporada le toca la suerte de jugar. No es una comparación ociosa. En efecto, volver a jugar pelota (sofbol, en este caso) ha sido un reencuentro amoroso, no con una mujer, sino con aquel chamaquito de Rincón que en la víspera del día en que vestiría su primer uniforme apenas pudo dormir por la excitación. Y sí, experimento el mismo frenesí del malango que fui y vuelvo a ser luego de haberme comido el banco de mi vida gris por los últimos veinte años. Al ver mi irrefrenable entusiasmo, mi compañera Ivonne, a quien le había hablado de Pancho Coímbre, me bautizó con el nombre de Pancho Coítre. Como decir el reverso malango del astro boricua. El apodo no pudo ser más atinado.

A mis 35 años volví a jugar pelota. Mis estadísticas oficiales son casi anónimas. Como miembro del equipo de mi trabajo, en los únicos dos juegos que hemos jugado (y perdido) he tenido un turno al bate como bateador designado, del que resultó una base por bolas, y he jugado una entrada defensiva en que atrapé un bombito en segunda base. La participación digna de un malango comebanco. Mejor me ha ido en partidos de fogueo. En éstos al menos juego el partido completo, aunque mi desempeño es casi siempre impredecible. A veces tengo juegos opacos en que bateo de 4-0 ó de 5-1, cometo error tirando a primera base y me llevo a casa una rodilla mondada por deslizarme (mal) en la segunda almohadilla. En otros juegos, los menos, brillo bateando de 5-5 y atrapo hasta el más mínimo rayo que pase por tercera. Gane o pierda mi equipo, tenga un desempeño digno de Pancho Coímbre o de Pancho Coítre, no me pierdo la más mínima oportunidad para jugar.

Sé que mi vocación de malango de corazón es compartida por pocos. Para la mayoría de mis compañeros de equipo jugar sofbol es un entretenimiento, una forma de ejercitarse y un pretexto para confraternizar. Pero para mí es eso y mucho más. El sólo hecho de poder jugar de nuevo, a mis casi 37 años, me hace sentir dichoso, como si recién me hubiera enamorado. Sin expectativas de lucrarme ni ganar mayor distinción, pocas actividades en mi vida me resultan tan puras y placenteras como ensuciar un uniforme en un parque de pelota. Quien lo ha hecho lo sabe. Durante las seis o siete entradas que dura el partido, se entra en otra ficción donde la felicidad, aunque efímera, es alcanzable. Y aun cuando no se alcance, se disfruta, como diría don Jaime, “el placer de competir ensuciando el uniforme”. Pero miento al llamarle placer. Lo mío es amor, mi primer amor, el que nunca se olvida. Así lo viví a los doce cuando era simplemente Pancho y soñaba con convertirme en pelotero de grandes ligas. Y así lo revivo ahora como Pancho Coítre, sin otra expectativa que la de jugar por jugar, sin grandes habilidades atléticas pero con toda la temeridad de mi corazón.

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Por Fontógrafo

Viste pantalón, t-shirt y camisa del mismo color, de un azul teñido de gris. De lejos parece un obrero de una compañía de carga o un mecánico. Pero no. Ningún mecánico llevaría un sombrero de paja; si acaso, una gorra. Su rostro es cetrino, de una edad indeterminada entre los 40 y 55 años. Sus manos parecen puños, sus dedos embutidos. Las chancletas que nunca se quita nos dicen que su oficio principal es caminar por la calle como si fuera su casa. Nunca anda solo, siempre se acompaña de tres bultos, una o dos bolsas plásticas y un palo de escoba. A media cuadra de distancia lo reconocemos por la peste. Hiede a orines y sudor añejo, a falta de baño en meses. Es un monstruo y se llama Yiyo.

En el Burger King de la calle San Francisco (1985) escribe Eduardo Lalo: “El monstruo es libre y verdadero. No posee las pantallas de la apariencia o del camuflaje. No puede ocultarse porque los jirones de ropa rara vez dan abasto para cubrirlo apropiadamente y porque la calle y los interiores públicos, su hábitat forzoso, sólo tienen falsas paredes. El monstruo se mueve sin horarios. No deja atrás propiedades. Su cuerpo es su sala, cualquier acera su mesa, un umbral vacío su dormitorio. He aquí la razón de su monstruosidad: el monstruo es monstruo porque no tiene las posibilidades materiales o psicológicas para ocultar su intimidad.”

Yiyo, un apodo, es lo que queda de la biografía original del monstruo de la foto. No vale la pena inquirir sobre su pasado. No tiene. Yiyo desdeña la ficción del pasado, la presunción de una existencia eslabonada por la causalidad. De aquél, del otro que fue, queda sólo el apodo. Con el fracaso y la caída perdió lo demás: el nombre, los dos apellidos, la familia, la mujer y el techo. No tiene reloj y si lo tuviera estaría detenido marcando las ocho en punto.

A esa hora de la mañana, dondequiera que se encuentre, Yiyo ofrece el espectáculo de su único ritual higiénico: lavarse los dientes. Hace unos días lo hizo en la calle Wilson. Escogió para la ocasión una casona con el techo a dos aguas. Aunque hay días que la estructura parece abandonada, me consta que la habita un abogado que insiste en combatir la edad tiñéndose el pelo de rojo. Tal vez la fachada ruinosa de la casona atrajo a Yiyo, lo hizo sentir en casa. Allí apiló los tres bultos, una bolsa plástica y un palo de escoba a la manera de un viajero que hace escala en algún aeropuerto. Entonces se sentó con medio galón de agua a cepillarse los dientes.

Que Yiyo defeque u orine a la vista de todos, no nos extrañaría, puesto que la impudicia y el desdén a la higiene son proverbiales entre los monstruos. Pero que se lave los dientes, sí. No sólo pasa por alto el concepto de intimidad de nos-otros, los “no monstruos”, al hacerlo en público, sino que, además, rompe los esquemas de inmundicia de ellos, los monstruos. La paradoja de Yiyo es clara: aunque los humores rancios impregnados en su piel y su ropa ofendan el olfato menos susceptible, sus dientes están perfectamente limpios. Limpios no, inmaculados, a juzgar por los más de diez minutos que en la Wilson dedicó a su aseo.

Este último detalle no lo comprobé yo, sino mi socia, Leonaya, que a petición mía tomó la foto de Yiyo desde el balcón de su apartamento. Yo acababa de descubrir al monstruo en su faena. No me detuve a observarlo, pues ya eran las ocho de la mañana y me dirigía a mi trabajo, aunque seguramente de no haber tenido prisa, tampoco lo hubiera hecho. He aquí otra característica de los monstruos: ser invisibles. A pesar de que proliferan por toda la isla, nada más notar su presencia la borramos de nuestro campo de visión, a no ser, como en el caso de Yiyo, que se distinga por alguna rareza. Sólo entonces, entre el asco y la fascinación, ligamos al monstruo, es decir, lo miramos de reojo. Una representación elocuente de esto es la perspectiva aérea de la foto que reproduzco aquí. Se trata de una mirada camuflada por la copa de un árbol, de una mirada fisgona y rapaz como la de un vulgar paparazzi.

Por todo lo anterior, el balance de la foto es cuando menos contradictorio. Expone la no intimidad de Yiyo, el monstruo de los dientes inmaculados, al tiempo que camufla el disimulado morbo de ésta, mi primera fontografía.

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Por El Miope Mayor

Nos ha tomado por sorpresa descubrirlo. En realidad, ninguno en Legión Miope sabía que teníamos un lector favorito, ni siquiera éramos conscientes que existiera esa categoría. Soy el primero que le disgusta el adjetivo “favorito”, en especial por el matiz adolescente y frívolo que tiene en el ciberespacio. Pero no hallo ninguno mejor para describir nuestra admiración por el arte de leer de Mario R. Cancel.

Se sabe: el ejercicio obstinado de la lectura come la vista y todo lector enviciado con la literatura tarde o temprano termina ensillando su nariz con un par de espejuelos. En el caso de los miopes, la prescripción para los lentes nos viene desde el nacimiento. Lo demás llega por añadidura: de los espejuelos a la lectura un paso es.

Cosa buena es ser miope; cosa mejor es ser lector. Pero cuando ambas se combinan con creces es el colmo de la bienaventuranza como ocurre con nuestro homenajeado. Mario R. Cancel no sólo es miope, sino un verdadero acróbata de la lectura. Sus lecturas suman miles de libros de todas las latitudes del planeta. Su biblioteca, cuidada con celo de anticuario, es una belleza con más de 9,000 tomos. Lector que la recorre, perderse en sus pasillos quiere.

Sin embargo, los quilates de Mario no están en su hermosa colección de libros, sino en la otra biblioteca que guarda detrás de sus ojos de gato curioso. No es lo que lee ni todo lo que lee, sino cómo lo lee. Leer en Mario es una vocación creativa. Para mayores señas de lo que venimos diciendo, exhortamos al lector a que eche un ojo a algunos de sus textos críticos en Narrativa Puertorriqueña, página que edita periódicamente junto con Maribel R. Ortiz. Proceda luego a leer su última entrega Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos (Editorial Pasadizo, 2007) y entérese sobre lo que ha estado pasando en la narrativa puertorriqueña en los últimos 26 años. Nadie se lo contará igual.
En virtud de todo lo antes escrito y por su valiosa aportación a la lectura creativa, Legión Miope concede su primer Myopis Causa a Mario R. Cancel. ¡Enhorabuena, Mario!

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