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Archive for 25 septiembre 2007

Flores sin luz

Por Fontógrafo

Luz nunca se inyectó Botox ni gastó miles de dólares en implantes. Nunca se hizo una cirugía plástica para tersar las estrías de sus tres embarazos, ni visitó un spa para hacerse exfoliar la piel y colocarse rajitas de pepinillo en los ojos. La vida no le permitió esos lujos, aunque es muy probable que tampoco los hubiera aprovechado de haber tenido la oportunidad. Su vanidad se satisfacía con mucho menos. Recurría a las consabidas mañas de las mujeres que pasan de los 35: pintarse el pelo y untarse suficiente maquillaje para disimular las primeras grietas de la piel. Tuvo suerte que la genética en su rostro no le exigió mucho más. Fue, de hecho, una de las pocas partidas que le ganó a la vida: vencer la vejez, aunque para lograrlo tuviera que morirse a los 49 años.

Luz nunca fue feliz con un hombre. Coleccionó cuatro fracasos matrimoniales, indicio de su vocación romántica, en particular su empecinamiento en creer en el amor. Nunca tuvo un amante menor que ella. Tuvo tres hijos –todos del primer marido– que le dieron al mismo tiempo brújula y desequilibrio a su existencia, una existencia mal balanceada entre efímeras alegrías y largos infortunios.

Luz nunca pudo terminar sus estudios posgraduados y convertirse en profesora de literatura. Nunca escribió un libro de cuentos, ni siquiera un amago de memoria; de su pluma sólo queda un puñado de cartas poco literarias. Nunca pudo viajar a Buenos Aires y tomarse un café en Santos Lugares con Sábato, su escritor favorito. Nunca leyó a Toni Morrison, a quien habría releído con fruición.

Luz no vivió para ver la salida de la Marina de Vieques. No supo del asesinato de Filiberto por agentes del F.B.I. No pudo estremecerse con la actuación de Teófilo Torres en El Maestro de Nelson Rivera. Tampoco pudo leer en el desclasificado Family Jewels la burda infamia de la inteligencia gringa en América Latina. Tuvo, eso sí, la buena suerte de no conocer el chiste en que se ha convertido la palabra patria.

Luz no conoció a tres de sus cuatro nietos, dos de los cuales son hijos de El Miope Mayor. Nunca leyó un cuento de Francisco Font Acevedo en Claridad ni escuchó una reseña de libros de F.F.A. en la radio. No pudo celebrar la mustia publicación de Caleidoscopio ni beber una taza de café negro al tiempo que leía en pantalla un post en Legión Miope.

Luz nunca conoció la obra de André Kertész, el maestro húngaro de la fotografía moderna, cuyas imágenes concitan como pocas la melancolía. Jamás vio la fotografía Flores para Elizabeth de 1976, con la cual el fotógrafo rinde un homenaje a su fallecida compañera de toda la vida.

Luz se hubiera conmovido por la foto y, de seguro, no habría escuchado los reparos de Francófago a la inclusión del libro y los espejuelos en la composición, elementos manieristas y superfluos. Y de haberlos escuchado, habría dicho: para qué hablar de composición si las flores y la camisa en la silla lo dicen todo.

Luz sabía que Pancho era incapaz de hacer un homenaje fotográfico. Tal vez por esto, el día de su entierro, le dejó dicho, por medio de un familiar, que todo en la vida –bueno o malo, sublime o pedestre, ridículo o serio—todo, absolutamente todo es susceptible de convertirse en literatura. Una idea romántica, una bella utopía que hace tiempo Pancho dejó de creer, pero que, no obstante, anima su desmesurado afán de apalabramiento.

En fin, por lo antes escrito y lo mucho omitido, yo, Fontógrafo, en ocasión de cumplirse once años sin ella, le regalo éstas

mis Flores sin Luz.

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El tatuaje

Por Etnairis Rivera

La primera vez que me fijé en el tatuaje de mi vecino era muy de mañana. No era fácil distinguir la forma exacta de tal marcadura en la piel del lado izquierdo de la espalda. Su terraza frente al mar, aunque relativamente cerca, no estaba tan próxima de la ventana en el dormitorio de mi pequeño apartamento en el sexto piso. La curiosidad me hizo buscar los preciados binoculares, regalo de mi padre para que mirara los cráteres de la luna, sus rojizos eclipses, y alguna estrella lejana. El oficio primario de tales binoculares había sido el de seguir las carreras de caballos. Así, ascendió a navegante de astros y se mostró aliado como instrumento de la erótica.

Lo miraba tomar el sol en su ajustado traje de baño, que delataba cada pliego de su trasero, y la proa aparentemente descomunal, a pesar de su baja estatura. Lo miraba ejercitarse, estirar sus manos al cielo hasta bajar a tocar maravillosamente sus pies. Sentado, abría sus piernas y se inclinaba hacia cada lado de ellas. Podía ver su boca cuando tocaba su piel, lástima que no fuera la mía. Podía admirar sus fornidos muslos cuando trotaba en un mismo punto. Levantaba pesas mientras el sudor corría por su cuerpo brilloso y apetecible. Con razón tenía una espalda tan ancha, seguramente capaz de abrazar la desnudez del mundo entero. Su sesión terminaba siempre con ejercicios respiratorios, y era evidente la felicidad en su rostro mientras inhalaba el aire puro que venía del mar, amineralado y revitalizante. Su cabello era oscuro y mostraba una prematura e incipiente calvicie que no desmerecía la gracia de su rostro. En su rostro, sonreían unos treintaitrés o tal vez treinta y seis años; nunca he sabido calcular la edad de las gentes con exactitud. Era el tiempo de su misión en mi vida, incitar a esta mujer que volvería diariamente a esa ventana con fiel apostolado. Al paso de las mañanas, mi vecino se bronceaba más y más gracias al poderoso sol veraniego de las Antillas que abraza con el ardor de un amante que repite cada día.
Desconocía hasta su nombre, y él ya me era familiar como un amigo a quien le prestas secretamente la visita matutina. Me preocupó que los lentes sólo magnificaran la realidad de mi fantasía, y comencé a sentir la inquietud y el llamado para acercarme. Pero, cómo acercarme a tal vecino, hablarle de no se qué, hacerlo sin desplegar tanta imprudencia. Decidí esperar por un golpe de suerte. Pensé, que si el encuentro se lograba espontáneamente, sería prueba del trillado refrancito si es tuyo vendrá a ti.
Sé por experiencia que el alba es el mejor momento para ir a la playa a meditar, a estar recogida, contigo misma, libre frente al rumor embriagante de las olas. La inmensidad está ahí sola para ti. Respiras energía de vida y descansas de la agobiante rutina. Sin duda, esta visita especial es preferible en días laborables en la ciudad, mientras todos se dirigen a sus centros de trabajo, atrapados sin remedio en el tránsito enloquecedor. Ahora bien, el mejor día para disfrutar del punto de encuentro de amigos y la fiesta social en la playa es el domingo, muy bien llamado día del dios. Aquel domingo, tendida al sol con mi bikini azulverdoso que no me sentaba mal, leía poemas de mujeres suicidas latinoamericanas. Me impactaba su vivencia adolorida, su golpeada sensibilidad, y el desamor que las empujó al precipicio.
Ya casi comenzaba a entristecerme peligrosamente cuando sentí el olor y los ladridos de cuatro perros que con frecuencia veía acompañando al mismo bañista como guardianes de su amable soledad. Poseía una amplia sonrisa que le hacía abrir las puertas de la amistad sin demora. Luego del saludo entusiasta que le caracterizaba, me invitó a unirme a otros de sus conocidos que celebraban a unos pasos de mi lugar un brindis por estar vivos. Semejante motivo me pareció ineludible y mudé las escasas pertenencias playeras, una silla plegable y un libro, al cercano e inesperado lugar de mi destino. Los gozosos integrantes de esta tribu bebían cervezas extranjeras y el tono de sus risas aumentaba a medida que al pie se juntaban las latas vacías en una bolsa. Reían burlándose de uno de ellos que relataba cierta obsesión justo cuando me acerqué al grupo. Llegué a escucharle decir claramente que prefería no interrumpir sus planes. Rodeado de sus perros que a todos lamían, el simpático benefactor de animales avanzó a presentarme cortésmente a sus amigos. Y añadió, él es Marcelo. Marcelo…qué bien sabía su nombre, y tan cerca del mar. Su mirada se fijó en la mía. Tenía los ojos ambarinos y olía a sargazo. Se inclinó con natural flexibilidad y tomó curiosamente mi libro que se encontraba en la arena. ¡Vi que en el lado izquierdo de su espalda se posaba una mariposa tatuada! Al incorporarse, me dijo rozando su boca en mi oreja que le gustaban los poetas, que suelen vivir ensimismados, que poco les importa que les llamen excéntricos.
Tal final no sucedió. Ni contó su real obsesión ni se llamaba Marcelo ni leía poesía. Mi bikini sí le gustó y no tardó en arrojarme su boleto a la seducción, su terraza frente al mar. Aquel espacio era sobrado, tres pisos para un hombre solterísimo, con techos altos adornados de grandes lámparas de lágrimas. El dormitorio estaba en el último piso. La ampliación de su retrato ocupaba la pared principal. Encendió su cine en las noticias de la guerra tan pronto entró a su fuerte. Y le pareció bien, en nombre del santo dólar. Y se encargó de hablar y hablar sin pausa, de su itinerario de gimnasia, de su carro deportivo, de su harley, de sus proyectos de construir edificios y edificios en nombre del progreso (que privarían del paisaje), de todas sus amigas que allí disfrutaban en grande, se soleaban con los pechos descubiertos al aire y se sentían como en su casa, cena gourmet, ricos vinos…Y quién sabe qué cama. No me quedé para averiguarlo.
Los binoculares regresaron a su noble tarea de auscultar el cielo en luna llena. Las cortinas de mi ventana se cerraron al tema. La mariposa extinguió su consabido breve tiempo de vida y el fetiche del tatuaje se borró sin consecuencia alguna.
Reproducido con permiso de la editorial. Derechos reservados de Etnairis Rivera para Terranova Editores, Memoria de un poema y su manzana, segunda edición, 2007

Imagen: L. Waite en www.osage.net/~lwaite

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El escatológico arte de opinar

Por Francófago
Opinions are like asses: everybody has one. Con esa sentencia a quemarropa, Dirty Harry, interpretado por Clint Eastwood, desautorizó los reparos a sus modos extremos de combatir el crimen en la ciudad de San Francisco a principio de los 70. Es cierto que la cita apunta a un relativismo facilón con que desautorizar cualquier forma de debate y, en ocasiones, legitimar acciones unilaterales. Pero a mí, francofágicamente, me sigue gustando, por mi debilidad por el uso y abuso de oraciones elípticas, es decir, por un efecto estilístico, y porque diariamente corroboro en los medios del país lo que la cita sugiere: que opinar es un ejercicio excrementicio.
No siempre. Existen opiniones inteligentes, bien fundamentadas, dignas de ser ponderadas, pero en los medios son excepción. La mayoría de las opiniones difundidas en Puerto Rico sirven para armar el diálogo de una comedia de errores. Opinar en este país es un derroche, un ejemplo de incontinencia verbal, un penoso ejercicio de regurgitar lugares comunes, blasonados por palabras, como diría Delillo, sin saturación de realidad, palabras como “pueblo”, “nación”, “sociedad civil” y “democracia”. El menú es amplio y variopinto. Para los más incautos, los que gustan de mantener íntegras sus convicciones y no pensar, pueden leer las consabidas columnas de politólogos a sueldo en los rotativos del país. Para aquellos que son menos pasivos, más temperamentales o que gustan como yo del kitsch con sabor a alcapurria, pueden sintonizar emisoras como WKAQ o RadioIsla a casi cualquier hora y darse un banquete. Estos programas son de formato más abierto y dialógico, pues, además del sancocho de opiniones del comentarista o periodista de turno, permiten la participación del público radioescucha. Un manjar soberano. Con lo que opina don Culantro y doña Cilantrillo se sofríe lo que oportunamente los directores de noticias llamarán la “opinión pública”, una especie de mojito que se unta fácilmente a casi cualquier boletín de última hora.
Aunque con la radio y la prensa se crea una ilusión participativa y, con ello, se fanfarronea sobre la democratización de los medios, ninguno de éstos se acerca a las posibilidades de la Internet. Por más masivo que sea el medio, por más grande que sea su difusión, estructuralmente es unidireccional: hay un emisor y muchos receptores. Salvo por conductos muy limitados (micrófonos abiertos a radioescuchas y a televidentes, una columna de cartas del lector), la participación de quien ojea u oreja opiniones transmitidas por los medios masivos es casi nula. En cambio, los soportes cibernéticos configuran redes en las que se difumina la dicotomía emisor/receptor, dando lugar a formas de intercomunicación instantáneas en que la realimentación a veces es tan o más interesante que el texto original. Suena lindo, pseudoposmo, in, pero en realidad: Internet 101. Baba teórica, en todo caso, pues el medio no se mide por su potencial ni por su estructura, sino por sus contenidos y sus usuarios. He aquí que al examinar unos y otros, hay que decir que si bien los nuevos soportes cibernéticos fundamentan la idea de la democratización de la información, en Puerto Rico muchas veces se usan para añadir un matiz diarreico al ya excrementicio ejercicio de opinar. Es como si los espacios virtuales tuvieran un efecto de laxante. Veamos un puñado de ejemplos.

Endi.com, versión electrónica del diario El Nuevo Día, supera la versión impresa porque permite a los usuarios comentar los textos publicados. Gracias al éxito de esta herramienta interactiva, endi.com tiene en su portada una columna de notas más leídas y otra de notas más comentadas, que sirven de gancho para opiniólogos (especialistas en dar opiniones) y opiniófagos (especialistas en consumirlas) de toda calaña. En la edición de hoy descubro que una breve noticia sobre la moneda machetera, esto es, sobre la edición limitada de una moneda con el rostro de Filiberto Ojeda Ríos, ha provocado hasta esta hora de la mañana (escribo a las 6:15 a.m.) 404 comentarios. Si la cantidad no abruma, basta con leer par de reacciones para confirmar lo masivamente diarreico que en Puerto Rico puede ser opinar. Dice el JibaritoAguzao (pseudónimo, obvio): “Que Dios bendiga las manos del minero que sacó el plomo que fue forjado en forma de bala que volo [sic] a alta velocidad y penetro [sic] la carne putrefacta del asesino filiberto [sic]…” Incendiario y fascista, pero ahí está: un bolo de mierda encadenado con 403 más.

A una nota del 2 de septiembre sobre el hallazgo de un cadáver del chupacabras en Texas, comentaron más de cien personas, una de las cuales dijo lo siguiente: “al Chupacabras Chemo lo adoptó y ahora trbaja [sic] en el Capitolio le puso Lorna”. Material para leyenda urbana.

El anuncio de la publicación de la última novela de Luis Rafael Sánchez fue comentada por un tal José Luis que no tiene empacho en publicar su temeraria ignorancia al decir: “A la verdad que en este país no hay cerebros para escribir. Con ese título no vende nada. Y como siempre, tienen que meter el odio que le tienen a los americanos, estos acomplejados llamdos [sic] escritores puertorriqueños. Es como el llamado cine de aqui.[sic] Lo único que producen es basura.” Con crítica literaria así se pueden suprimir las pocas páginas que El Nuevo Día todavía dedica a las reseñas de libros.

Dejando a un lado a endi.com, ofrezco como último ejemplo de diarrea opiniológica (la palabra no existe, pero se entiende) un post reciente de Legión Miope. Mucho más interesante que el post Breve crónica de un desencuentro, un texto mustio y medio tarado, son los comentarios de los lectores, en particular la esgrima verbal entre Pancho y Juan Carlos, dos escritores implicados por el post. El balance final es una ingeniosa e idiota tiraera de fango que comprueba que una cadena de reacciones, aunque presuma de culta, no deja de ser excrementicia. Otro ejemplo que parece sustentar aquel juicio de Julio Ortega sobre el carácter fratricida de la literatura puertorriqueña.

En suma: sea usted opiniólogo o opiniófago, o ambos (como yo), creo que en materia de opiniones seguimos en pañales. O como diría Dirty Harry en estos días: cada cual anda con su propio embarre.

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La fanfarria Houllebecq

Por F.F.A.

En el prólogo de una de sus colecciones de cuentos, Borges arremetía contra el género de la novela al decir: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”. La sentencia de Borges es extrema, pero apunta hacia la sobrevaloración del género novelesco en detrimento del cuento. En pocas épocas como la que vivimos en el mercado editorial actual el juicio de Borges resulta más pertinente. Los dispositivos promocionales y publicitarios masivos de los supermercados editoriales (entiéndase en Estados Unidos, en España, en Francia y en otros países europeos netamente postmodernos), relegan el cuento al nivel de objeto raro, de peldaño, de antesala a la novela, único género que valida y consagra a un narrador que se precie como tal. En el ámbito del mercado global (y nuestras librerías dan fe de ello), la novela reina como oferta casi exclusiva para el consumidor de ficción.

Frente a esta realidad global, según el escritor Ignacio Padilla en el prólogo de Pequeñas resistencias 4 –una antología de cuentos norteamericanos y caribeños publicada por Páginas de Espuma, 2006–, a los narradores mexicanos –y por extensión, a los narradores de todos los países hispanoparlantes—no les queda otra alternativa que adherirse a este imperativo del mercado o recurrir a la simulación: “escribir cuentos que parezcan novelas, cuentos engarzados unos en otros con el válido pretexto de la hibridación, [o] cuentos incorporados en auténticas novelas” (pág. 20). Estas estrategias de camuflaje, si bien pueden resultar efectivas, validan el desprestigio del cuento en el nivel editorial al tiempo que suponen una doble claudicación. Los narradores, si seguimos a Padilla, deberemos renunciar a una excelente tradición cuentística o convertirnos en cuentistas de clóset.

Independientemente del valor que adscribamos al cuento, el hecho editorial es el mismo: a menos libros de cuentos, más novelas. Con la sobrevaloración de la novela y la liquidez del movimiento de la mercancía editorial adviene la trivialización del género. Parecería que medio mundo escribe novelas y la otra mitad vislumbra hacerlo. Ante tanta proliferación de novelas dondequiera, muchos narradores recurren a fórmulas de reconocido éxito para llegar y permanecer en los estantes de las librerías. Entre éstas se encuentran la escritura de novelas que incorporan elementos del thriller, de la novela negra y del relato erótico. Una fórmula reciente –y que rebasa el texto para convertir al narrador en una suerte de celebridad—es la del novelista iconoclasta, el políticamente incorrecto, el que se monta en el tren del realismo sucio para, a la manera de un Michel Houllebecq, aprovechar la pose chic del escritor maldito. El resultado, como ocurre en la novela La posiblilidad de una isla, es, en palabras de Borges, un puro “desvarío empobrecedor”.

Consecuente con la cita del autor de Ficciones, pocos minutos serán suficientes para exponer el argumento que Michel Houllebecq explaya en 439 páginas. La novela se centra en el protagonista, Daniel 1, un humorista francés exitoso, acaudalado, cuyo cinismo y odio hacia sí mismo y los demás, le sirven de crisol para la creación de guiones de películas satíricas que abordan de forma irreverente temas como el sexo, la religión y los conflictos étnicos en el mundo. Sus sucesivos fracasos amorosos con Isabelle y Esther (la primera amaba demasiado pero no le gustaba el sexo; la segunda era la fórmula invertida) y la crisis de los cuarenta, lleva a Daniel 1 a involucrarse con la secta de los elohimitas (modelado a partir de la secta de los raelitas) quienes preconizan la inmortalidad mediante la creación de un neohumano, un engendro genético que aplica la clonación pero sin el obstáculo de la gestación. En la novela se alterna la narración de Daniel 1 con los comentarios de Daniel 24 y Daniel 25, descendientes neohumanos del primero. Éstos nos hablan, a dos mil años de la historia de su antecesor, del fin de la civilización humana, de la reducción a un estado salvaje de unas pocas tribus humanas sobrevivientes, y de la serena, segura, aunque aburrida vida high tech de los neohumanos. La historia está salpicada de reflexiones apocalípticas y sociológicas, un humor que presume de cáustico, algunas escenas de sexualidad explícita y un discurso narrativo bastante llano y sin destellos lingüísticos.

Se trata, en suma, de una novela de tesis en la que predomina más la presunta reflexión sociológica que el argumento. Aunque existen excepcionales novelas de tesis (refiérase a lo mejor de Milán Kundera), La posibilidad de una isla de Michel Houllecbecq no es una de ellas. Pese a la fanfarria publicitaria y las ventas mundiales que han convertido la novela en un best-seller mundial y a su autor en el mediático enfant terrible de la literatura francesa contemporánea, el texto raya penosamente en el kitsch. En este sentido, para captar la esencia temática del libro sin tener que atragantarse un ladrillo literario de 439 páginas, recomendamos escuchar la canción The End de The Doors, en la que se aborda el tema del fin de la civilización mediante una ingeniosa adaptación del Edipo Rey. Si se desea, para no dejar afuera el contenido futurista, bastará ver la película Invasion of the Body Snatchers, cuya estética abiertamente kitsch, en lugar del bostezo que provoca el novelón de Houllecbecq, le dará el solaz de un par de carcajadas. Ambas actividades alternativas le consumirán apenas una hora y media, mucho menos tiempo del que le tomaría leer La posibilidad de una isla.

Con el tiempo ahorrado, podrá, si quiere, leer uno o dos buenos libros de cuentos.

(Publicado originalmente en Plural (Año 4, Núm. 17, julio-agosto 2007, pág. 24)

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Por Pancho

Escribo crónica, no cuento, porque la intriga –si existiera—no se resuelve. Si fuera cuento tendría que transcribir –no escribir— el cuento Ausencia de Pepe Liboy. El principio del cuento es de una belleza simple y conmovedora. Lee así:

Hoy salí para encontrarme con un amigo. Sabía que el hombre no acudiría a la cita. Pero quería corroborar algo con su ausencia. Salí de mi casa sin sentimiento. No esperaba nada de la noche, pero sabía que me iba a encontrar algo. En la ausencia de mi amigo, pasaría algo que me aclararía algunas cosas. Todo era extrañamente sereno. No estaba resentido con el amigo. Sabía que no vendría. Yo también me le había desaparecido alguna vez y esta vez lo había citado en los Hijos de Borinquen para que también pudiera desaparecer. Así quedaríamos en paz y podríamos abrazarnos más tarde sin resentimientos.

Mi desencuentro no fue con Pepe. No dudo que con él hubiera sido algo bello, algo similar a lo que leemos en su cuento. No pierdo, sin embargo, la esperanza de que nos desencontremos alguna vez, si no en el Viejo San Juan, al menos en la Placita de Santurce. Allí, al lado de las esculturas de los aguacates, podría llenar su ausencia echándoles guisantes a las palomas. Daríamos así mayor peso a las desapariciones virtuales que nos hemos hecho mutuamente, pues, como se sabe, en la red todo se vuelve ligero y trivial.

El desencuentro que motiva esta crónica fue con B.S., otro escritor. Comenzó con un breve reencuentro el jueves en la noche. Un grupo de escritores habíamos asistido a la presentación de Kitsch en La Tertulia de Río Piedras y, después de liquidar las botellas de vino, decidimos tomarnos unas cervezas en El Boricua. Allí, en medio del reperpero de la juventud divino trasero, como diría Fede Irizarry, y después de par de cervezas, B.S. y yo nos reencontramos. Nos habíamos conocido en un conversatorio algo incoherente sobre la narrativa transgenérica o postgenérica en un anfiteatro de Estudios Generales dos o tres años antes. En la actividad B.S. leyó un texto mortuorio que había publicado no sé dónde y yo me tuve que sacar una presentación de la manga porque pensé idiotamente que un conversatorio era una conversación abierta con el público, sin que estuviera antecedida por una ronda de ponencias. En aquella ocasión entre ambos hubo un intercambio de simpatías, no más.

En esta ocasión fue diferente. Esta vez conversamos de literatura, de blogs, de obras sin publicar y de técnicas de supervivencia. Él me aseguró que era mi mejor lector y me dio muestras de ello. Yo le pedí que como miope invitado me enviara algún texto para publicarlo en la Legión. Le pregunté dónde en Río Piedras podría encontrarlo. Le prometí que volvería por él.

Desde el principio sospeché que buscarlo en Río Piedras sería una apuesta perdida, pero entendí y entiendo que hay caminos que aunque destinados al fracaso tenemos que recorrer. Contrario a lo que ocurre en el cuento de Pepe, el desencuentro con B.S. no sería para aprovechar la ausencia de un amigo para hallar o aclarar algo. Tampoco se trataría de ponernos a mano en desplantes para luego abrazarnos sin rencor. Nada que ver. Con B.S. no existía el asidero de la amistad que, como la red de los trapecistas, salva de los pasos en falso y las caídas. Precisamente, por no tener la atadura de la amistad, pensé que el desencuentro habría de ser más enriquecedor. Esto lo pensé como un escritor, esto es, más preocupado por la estética de la frase que por la verdad.

Llegué a Río Piedras el domingo al atardecer. En mi búsqueda tracé un triángulo ruinoso. En la acera opuesta al bar La Gran Parada, donde tomé una cerveza al tiempo que una vellonera bachateaba en volumen ensordecedor, vi un cadáver de televisor con la pantalla rota. Luego, en camino al bar Los Amigos, vi lo que parecía un campamento de vagabundos en la Plaza de la Convalecencia. En el bar un hombre con los dientes separados y silueta mongoloide vestía una camiseta de los Nets de New Jersey (Van Horn en la espalda). Me tendió la mano cuando le comenté sobre la victoria del equipo de Puerto Rico frente a la selección de Brasil. No me dijo una palabra y enseguida se marchó. Terminé mi cerveza observando un pequeño caimán disecado que, por alguna extraña razón, estaba colocado encima del acondicionador de aire mini split que refrigeraba el local. Por último, me encaminé al Boricua, donde tres días antes me había reencontrado con B.S. Desde la acera opuesta, más allá del mortecino Betances pintado en la fachada del bar, vi tres o cuatro siluetas bebiendo cerca del mostrador. Cualquiera de ellos podía ser él.

No quise cruzar la calle. Con la noche supurando sombras, preferí montarme en mi carro y largarme de allí.

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Elogio de la imperfección

Por F.F.A.

Del economista Francisco Catalá sólo conocía sus incisivos ensayos en la revista Plural y sus destacadas participaciones en el programa radial La Voz del Centro. Nada más. Confieso de entrada mi casi total desconocimiento sobre el quehacer de Catalá porque de economía –la ciencia lúgubre, como le llamó Thomas Carlyle—sé lo mismo que de astrofísica: casi nada. Las pocas nociones de economía que manejo, de forma bastante rudimentaria, las he aprendido acrisoladas por discursos y teorías literarias, cuyas reverberaciones se amoldan a la perfección del pensamiento pero no a la imperfección de la realidad. Porque presumo que no soy un caso aislado, la lectura de Elogio de la imperfección (Ediciones Callejón, 2006) de Francisco Catalá se impone como un reality check sobre los modelos socioeconómicos que sirven de base a las políticas públicas de nuestras sociedades, más allá del lego impresionista de posteóricos en boga.

El libro está integrado por tres ensayos: Elogio de la imperfección, En busca del tono perdido y Globalización sin globalidad. La premisa básica que une los tres textos es sencilla: la perfección en el ámbito humano no es posible y, si fuera posible, sería disfuncional. El planteamiento de la tesis sugiere un acercamiento puramente teórico, conjetural. Sin embargo, más allá de la disquisición teórica de rigor, Catalá prueba consecuentemente cómo los modelos socioeconómicos basados en la perfección, sea del libre mercado o de la planificación gubernamental, han probado ser ineficaces en concretar sus respectivas versiones del paraíso terrenal. El paraíso, como se ha probado y se sigue probando en la historia, sencillamente no existe.

Sin duda, de los tres ensayos el de mayor envergadura es el del título homónimo del libro. En Elogio de la imperfección Catalá indaga sobre la disfuncionalidad intrínseca de los modelos de actividad económica basados en visiones de perfección. Para ello el autor discute sistemáticamente los avatares del concepto de utopía, desde La República de Platón, pasando por Tomás Moro –quien acuña la palabra en su obra Utopía–, hasta examinar en detalle la inserción explícita o implícita de éste en los modelos socioeconómicos propuestos por John Stuart Mill y por Marx y Engels. De estos últimos parten los modelos socioeconómicos que privilegian la planificación gubernamental cuya degeneración histórica ha sido y todavía es el estatismo, esto es, el dominio del Estado sobre toda la actividad económica del país y la imposición de un aparato represivo que la sostenga ideológicamente. La erosión y eventual desaparición del bloque comunista en los 90 prueba elocuentemente la disfuncionalidad de dicho modelo.

Menos evidente es la disfuncionalidad del liberalismo clásico que inaugura Stuart Mill y que pervive todavía en el llamado neoliberalismo. Contrario a la utopía explícita del modelo económico centrado de la planificación gubernamental –que vislumbraba el surgimiento de un hombre nuevo–, el liberalismo clásico nunca tuvo una concepción idílica del ser humano. Según Catalá, el lado utópico de éste “radica en la creencia de que el mercado libre y competitivo (‘laissez-faire’), sin intervención del Estado, canaliza la gestión lucrativa hacia la armonía social y la más plena realización de todos los que participan en el mismo”. (28) En este modelo, el mercado se ficcionaliza como un ente autorregulado capaz de satisfacer todas las necesidades sociales. La realidad, en cambio, es otra: el mercado pasa por crónicas fases de desempleo, no es capaz de asumir bienes públicos como la seguridad nacional, ni de garantizar programas de salud ni de educación populares y económicamente viables. Ni hablar del efecto negativo de la contaminación ambiental que crea y no remedia por no poder traducirla en transacción mercantil. Es por estas limitaciones que el mercado libre depende de un marco institucional, de un Estado, si bien los teóricos neoliberales abogan por un estado pequeñito, en minúscula.

Un buen complemento a esta discusión sobre la disfuncionalidad del modelo neoliberal es la que trata Catalá en el corto ensayo Globalización sin globalidad. Pese a la fanfarria neoliberal que proclama la globalización como un fenómeno planetario, al menos, desde la perspectiva económica, no es así. Según documenta el autor, ni la globalización advino con la caída del muro de Berlín, ni la presunta integración e interdependencia económica, tecnológica, cultural y política que proclama la globalización rebasa un puñado de países de economías plenamente desarrolladas. Leer este ensayo es un bofetón empírico a lo que el autor llama el impresionismo globalizador, que a fin de cuentas no es más que una impresión, una percepción desinformada y deformada de la realidad económica. Dice Catalá: “Para alguien que en su casa dispone de radio, televisión, teléfono e Internet la tesis de la globalización le resulta convincente. Si a eso se sumara el automóvil, el acceso al avión, la disposición de una serie de bienes de consumo con una variedad sin precedentes y la presencia de inmigrantes en su comunidad, entonces no le cabría la más mínima duda de lo acertada que resulta la metáfora de ‘aldea global’. La impresión podría ser tan fuerte como la de la inmovilidad del planeta, máxime si forma parte de la prédica dominante como categoría de artículo de fe”. (131-132) Pero, como dice el tópico, las apariencias engañan, y aunque no lo percibamos, nuestro planeta rota y se traslada continuamente. Lea Globalización sin globalidad y compruebe si hemos llegado al paraíso planetario de la globalización.

Ante la incongruencia crasa entre teoría y práctica “vengan del campo de la planificación virtuosa del socialismo o de las huestes del mercado autorregulable del capitalismo”, Catalá propone complementar ambos instrumentos institucionales. De esta forma se aceptan sus limitaciones, sus imperfecciones, y se potencian sus fortalezas. Después de todo, como dice el autor, las aspiraciones humanas no tienen que estar asociadas al absoluto de la perfección.(76)

Si bien las razones que hemos sintetizado justifican sobradamente la lectura de Elogio de la imperfección, el discurso de Catalá merece un comentario aparte. Nada de la aridez asociada con la disciplina de la economía encontramos en estos ensayos escritos con una claridad y agilidad verbal que invita y retiene nuestro interés. En estos textos, además, se asoma un peculiar gusto por la literatura. Este rasgo se hace patente en el título del libro, el cual nos refiere al Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam y en el título del ensayo En busca del tono perdido que nos remite a Proust. Pero en la instancia en que más se acusa la presencia literaria en el discurso de Catalá es en su concepto del síndrome de Funes acuñado a partir del cuento de Borges, Funes el memorioso. Del personaje del cuento, Catalá rescata una paradoja aleccionadora entre la perfección y su disfuncionalidad. Funes, de memoria perfecta, es incapaz de pensar, pues “para pensar se requiere la imperfección del olvido”(11). Por analogía, el autor acuña síndrome de Funes para referirse a aquellos modelos de perfección convertidos en recetas de política social, cuyos objetivos son imposibles, y de ser posibles, serían disfuncionales.

Pero más allá de su aplicación teórica, leemos en síndrome de Funes la contaminación del saber económico con el saber literario. Una forma creativa de complementar ambas disciplinas y articular un acercamiento crítico imperfecto, sí, pero dinámico y enriquecedor. Como corresponde a un texto que celebra las bondades de la imperfección.

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