Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 20 noviembre 2007

Por Pancho

José Vilasuso fue una figura emblemática de Río Piedras durante mis años universitarios, a finales de los ochenta. En aquel tiempo, Vilasuso se ocupaba de escribir todas las tardes y parte de la noche en un Mc Donald’s que ubicaba en la esquina entre la avenida Ponce de León y la avenida Gándara, aunque a veces se le veía en el Burger King al lado de la librería Edil. Por lo general andaba con dos o tres libros y una máquina de escribir azul, sentado a la mesa del comivete que fuera, escribiendo los cuentos que años más tarde la Editorial de la Universidad de Puerto Rico (E.D.U.P.R.) publicaría bajo el título Cuentos al aire libre. La contumacia con que Vilasuso escribía en aquel no-lugar era conmovedora; en su gesto se advertía la terquedad de convertir el genérico comivete en un café. Aunque era el lugar más inhóspito para escribir ficción, el escritor lucía imperturbable y cómodo con sus dedos en el teclado de la máquina, probablemente una Smith Corona de viejo cuño. Los comensales que entraban y salían del lugar lo habrán visto como yo: como un extravagante más, como uno de esos excéntricos que pululaban entonces por Río Piedras y que la costumbre convierte en parte del precario y derruido paisaje urbano.

Después de completar el bachillerato, me fui del país, volví, hice mi vida y jamás supe qué ocurrió con Vilasuso hasta que el año pasado, en la Feria Internacional del Libro en el Coliseo Roberto Clemente, di con su colección de cuentos. El escritor José “Pepe” Liboy me había hablado de Cuentos al aire libre con interés, un interés más antropológico que literario, con la ternura inconfesada de quien lee ávidamente literatura menor. A Pepe le regalé el libro con la condición de que me lo prestara en cuanto terminara de leerlo. Al día de hoy, nada raro, aún no he podido leerlo.

En mayo volví a ver a Vilasuso en una venta especial de la E.D.U.P.R. Se encontraba sentado en un taburete detrás de una mesa con ejemplares de su libro, ávido de venderlos y conversar con sus posibles compradores. En esa ocasión yo andaba con mi compañera Ivonne y con mi hijo Gabo, por lo que no me animé a abordar al viejo escritor.

Hará poco más de un mes lo encontré en la Biblioteca Municipal de Bayamón. Escribía o editaba concentradamente en una de las computadoras de la institución. Así supe que había abandonado definitivamente la Smith Corona azul y en su lugar se agenciaba de aquel instrumento público para seguir la faena literaria, aunque estuviera limitado a una hora, según las normas de la biblioteca. Inferí, además, que el viejo Vilasuso –hombre blanco, alto y robusto, y casi totalmente calvo por la edad—ahora vivía, como yo, en Bayamón.

El sábado lo vi salir de la estación de tren de Sagrado Corazón. Al igual que mi hijo y yo, tomaría la metrobus. Con una sonrisa bonachona se acomodó entre dos jóvenes en el banco techado de la parada de guagua. Casi enseguida uno de los jóvenes abandonó el banco. Mi hijo, por naturaleza extrovertido, no quiso permanecer de pie como su padre, y se sentó al lado del viejo escritor. Éste le sonrió con amabilidad y enseguida se desentendió de él y de su entorno para conversar. Hablaba y hablaba sin parar pero sin emitir sonido, como si fuera un mimo o un ventrílocuo mudo. Movía continuamente sus labios y hacía innumerables gestos faciales propios de quien conversa animadamente con alguien. Su interlocutor era invisible.

Recordé a Enrique Esteves, el entrañable personaje de La inutilidad de Eduardo Lalo, aquel “escritor cuya vida era la prueba de la inutilidad” y lo vinculé a las palabras de Bolaño sobre la peligrosidad de la escritura, de sus abismos rayanos en la locura. Vi en Vilasuso el cruce de un quehacer literario despreciado en este país –cuyas migajas de notoriedad, casi totalmente invisibles, son las reimpresiones de su librito de cuentos– con la locura de un escritor que encarna en su cuerpo la insolvencia cultural de su entorno. Era como un escritor que no puede dejar de decir, pero que tiene la cortesía de quitarle la voz a sus palabras, de reducirlas a un registro afónico, a un penoso lip synch.

En el trayecto de la metrobus hacia el viejo San Juan no pude reprimir el deseo de inquirir sobre el escritor, por lo que me senté en el asiento al lado del suyo, con Gabo en mi falda. Casi inmediatamente lo abordé: con permiso, le dije. No me contestó. Temí que fuera incapaz de abandonar por un momento su animada conversación con el interlocutor invisible, quien, a juzgar por los gestos de Vilasuso, estaba acomodado hacia el lado de la ventanilla, sin asiento propio. Sin embargo, poco después, una gota del techo de la guagua cayó en su rostro y le devolvió la cordura. Me pidió entonces que lo dejara salir para desplazarse a otro asiento. Lo dijo con cortesía, con una sonrisa casi abochornada. Se acomodó en uno de los asientos perpendiculares al respaldo del asiento del chofer. Sin disimulo me desplacé con Gabo al asiento al lado del suyo y sin esperar a que retomara su silente conversación le dije:

–¿Es usted José Villaluso, el que escribía en una maquinilla azul en un Mc Donald’s de Río Piedras?

No me corrigió el apellido. Las otras señas de identidad en la pregunta fueron suficientes para provocar en su rostro una expresión de agradable sorpresa. Mi reconocimiento invalidaba, siquiera de forma efímera, su acostumbrada invisibilidad.

La conversación que siguió después importa poco. Duró apenas lo que demora la metrobus en pasar dos o tres paradas, un sábado en la mañana, hasta llegar al parque Luis Muñoz Rivera. Allí los tres nos bajamos de la guagua. Mi hijo y yo iríamos a los columpios del parque y Vilasuso caminaría hasta el Centro de Convenciones, donde en estos días se celebra la Feria Internacional del Libro. Tras despedirnos, me detuve un momento a observarlo mientras cruzaba la avenida. Por sus gestos faciales lo supe: había retomado su perenne conversación con el interlocutor invisible.

Anuncios

Read Full Post »

Por Francófago

Soy consciente que al incluir el gentilicio en el título condeno este texto, si no al olvido, a la marginación. A muy pocos lectores puertorriqueños les interesa su literatura y, fuera de esta ínsula con delirios de grandeza, eso que llamamos literatura puertorriqueña es una ficción insolvente e invisible. Asumo, pues, el desprecio del extranjero, descarto su lectura. Asumo también el raquítico público puertorriqueño que leerá con algún interés estas líneas. Ahora sí, entre nos, sin la ansiedad por la no-mirada del resto del planeta, se impone comentar con algún rigor el artículo “Frente a frente: los escritores y su obra” de Carmen Dolores Hernández (CDH), publicado en La Revista de El Nuevo Día, en su edición electrónica del 4 de noviembre de 2007. En particular, intentaré deslindar un puñado de ficciones (en su sentido de cosa fingida, de impostura) que tachan con encono el deseo de leer en puertorriqueño.

En “Frente a frente: los escritores y su obra” CDH re-crea el intercambio de ideas entre seis escritores puertorriqueños que fueron reunidos en la Universidad del Turabo a principios de septiembre. Al decir de la autora, “reunieron frente a frente” a Edgardo Rodríguez Juliá, Magali García Ramis, Juan Antonio Ramos, Luis López Nieves, Rafael Franco y Juan Carlos Quiñones. La repetición del sintagma “frente a frente” del título en la primera oración del texto me hizo pensar en un fructífero intercambio de ideas, en un debate serio sobre asuntos que atañen a la literatura puertorriqueña. No puedo afirmar categóricamente que haya o no haya ocurrido, pues no asistí a la actividad en la Universidad del Turabo, pero si juzgo por lo que se lee en el artículo no me perdí de mucho. El artículo en sí es poco más que una colección de banalidades que bien podría publicarse en una revista de farándula. Preguntas como ¿cuándo, dónde y cómo empezaron a escribir? que abre el texto y la pregunta que lo cierra –¿cómo llevan a cabo el oficio?— son penosos lugares comunes del periodismo “cultural” más chato, formas de incitar la idiotez exhibicionista de los escritores. Importa poco si las preguntas las hizo CDH; aun si su tarea se limitó a compilar lo dicho en la actividad, la estructura frívola del texto tiene su firma.

De todas formas, no es esta ficción T.V. Guía la peor. Es sólo la envoltura de ficciones aún más tachables. Veamos algunas.

El discipulado literario. Al recordar sus comienzos como escritor, Edgardo Rodríguez Juliá, el otrora cronista de la crisis del muñocismo, establece que en su tiempo se buscaba, “si no la aprobación, por lo menos la lectura de escritores como René Marqués, José Luis González, José Luis Vivas Maldonado, Luis Rafael Sánchez”. Más que la descripción de una tradición perdida, la del discipulado literario, entreveo en sus declaraciones la nostalgia y acaso un reprimido resentimiento por el hecho de que los escritores más jóvenes no lo reconozcan como maestro ni pidan su consejo literario. No está de más aclarar que el discipulado literario –para lo poco que éste en realidad pueda servir– no ha dejado de existir; simplemente ha tomado otras formas y son otros los “maestros” aclamados. Por otro lado, cuando el discipulado literario se confunde con la pedagogía, hay que leer con humor la afirmación de Luis López Nieves en cuanto a que sus estudiantes de creación literaria son “nietos” de René Marqués, puesto que él se considera hijo del autor de La Carreta. Además del gesto de Papa literario que bautiza la cepa de escritores del futuro, el chiste de López Nieves presupone una genealogía literaria unívoca, como si para hacerse escritor en Puerto Rico hubiera que afiliarse a una tradición literaria bastante insufrible. Insisto que debe tratarse de una broma del autor de Seva: René Marqués, el que Manuel Ramos Otero en El libro de la muerte denostara por la cobardía de no asumir su homosexualidad, es el abuelito de todos nosotros. Es como para desternillarnos de la risa.

La tara histórica. ¿Hasta cuándo tendremos que escuchar sobre la pasión histórica de los narradores del setenta? ¿Cuál es la pertinencia de sus resultados literarios? ¿Qué nos dicen hoy los delicados juegos de ingenio para impostar una épica que nunca hubo, para rellenar el fracaso, o las mitificaciones de un remoto siglo dieciocho? Si una historia urge apalabrar es la actual, la del fracaso profundo, la de la crisis abismal. Lo demás, además de leerse como reconstrucciones de anticuario o, en el mejor de los casos, como historia entretenida, no vibra de actualidad y, por ende, va perdiendo su pertinencia.

El mini-Boom o la grandilocuencia. Llamarle mini-Boom a la literatura puertorriqueña de los setenta, como hace CDH, porque “su impacto fue más restringido” que el Boom latinoamericano, raya penosamente en el delirio. Aparte de la obvia diferencia en calidad, la narrativa de los setenta no admite siquiera el mendicante mini ya que su impacto fuera de la ínsula es nula y su difusión casi inexistente. Además, vender miles de copias allá afuera no es consolidar una literatura de valor. Para vender libros existe el mercadeo y la publicidad en la industria editorial. Una literatura de impacto y valor tendría que generar textos, esto es, obras que sirvan de referencia en nuestra geografía y allende los mares, libros cuya impronta en la memoria cultural sea duradera, más allá del paso efímero por los escaparates de las librerías. Y si bien esto se procura cumplir aquí en forma de lectura escolar obligada –esa consabida técnica para asesinar la literatura–, no es así fuera de la ínsula. Pocos lo han dicho de forma más descarnada que Eduardo Lalo en donde: “Taras del colonialismo: una literatura llena de libros que no han llegado a ser, en ninguna parte, textos.” Antes de quejarnos sobre la incompetencia editorial en Puerto Rico y hablar de la cuestionable “suerte” que ha significado el establecimiento en la ínsula de editoriales como Santillana y Norma, hay que reflexionar con más seriedad sobre la ansiedad adolescente de algunos escritores por ganar un premio literario de renombre y vender un puñado de libros fuera de aquí. Como si ello bastara para validar una obra literaria.

La infantilización de la literatura. Pero la grandilocuencia tarde o temprano revela su impostura. En “Frente a frente: los escritores y su obra” las quejas de la mayoría de los escritores por la dificultad para lograr una difusión internacional, cancelan la afirmación de CDH en cuanto a que nuestras letras “están comenzando a resonar fuera de la Isla”. Las quejas son los refritos de siempre: apenas se exporta la literatura de aquí porque somos una colonia, porque somos gente marginada, por la incompetencia editorial, etcétera. Sólo Juan Antonio Ramos ofrece una solución para superar el impasse y ganar el favor de mercados internacionales: escribir literatura infantil y juvenil. Vale la pena citarlo: “En este sentido veo que cada vez es más necesario que los escritores pensemos también en este tipo de literatura por la manera en que está avanzando y copando mercados”. Escribir literatura juvenil o infantil, por lo tanto, no tiene que responder a una inclinación artística, sino a una estrategia para vender más en más mercados. Esta ficción es sin duda la más tachable de todas, pues equivale a infantilizar la literatura en menoscabo de una obra “adulta” que se presume menos rentable. De la frivolidad adolescente pasamos a la jaibería pueril de reorientar una obra a base de efímeros criterios de mercado.

Más ficciones tachables se encuentran en “Frente a frente: los escritores y su obra”, pero algunas son de tal frivolidad que no merecen siquiera mencionarse. A manera de conclusión a este comentario, quisiera citar a Juan Carlos Quiñones, cuyas intervenciones tuvieron la virtud de no caer en la tautología ni en la cómoda cultura de la queja. Al explicar el desdén hacia la historia y la nación como motivos literarios entre los escritores más jóvenes, dice: “Una forma benévola de ver ese problema sería decir que hay una especie de división del trabajo: ya eso se hizo, lo hizo la generación del 70, ya no hay que hacerlo. Es una posición cómoda. Otra forma de verlo es desde una saludable pugna generacional que implica un distanciamiento: esta gente escribe así, pero yo no quiero escribir así. Es muy productivo a nivel literario; la literatura surge por polémicas así.” De la cita me interesa rescatar el valor que Quiñones atribuye a la polémica en la literatura, en contraposición a los posicionamientos blandengues y benévolos. Si aplicamos estas categorías al artículo de CDH, habría que concluir que estamos ante una literatura que en su conjunto le falta garra, una literatura quejosa, dispuesta a transar benévolamente por las migajas de un mercado internacional cada vez más frívolo y culturalmente equívoco. Una literatura, salvo pocas excepciones, fácilmente tachable.

Read Full Post »