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Archive for 30 diciembre 2007

Por Pancho
Lunes 24 de diciembre. Bastión de las Palmas. Una y media de la tarde. Llega allí después de hacer una última compra navideña. Para fumar y leer un poco. Trae consigo, además, un café y una botella de agua comprados en la Plaza de Armas. Se sienta en el primer banco que encuentra libre. Al fondo, al extremo izquierdo del Bastión, sentado contra la muralla, con las piernas estiradas, hay un viejo. No hace nada o tal vez hace todo. Está allí, ocupando la esquina más húmeda, la más privada del lugar. Al lado suyo tiene un libro abierto, boca abajo. El viejo luce enmarañado. A saber cómo huele. Decir que se recupera de una borrachera o que es uno de los habitués del lugar sería pura especulación. Puede haber una tercera explicación. O tal vez no haya ninguna. Parece un ornamento móvil de la muralla. De cualquier forma es el punto focal de aquel recoveco al final de la calle San José. De todos los que están allí, es el único que le da la espalda a la bahía. Al mar, esa última frontera.
En un banco delante del hombre que bebe café y lee un libro voluminoso, otro hombre, cincuentón y gordo, habla por celular. Al rato cuelga y se queda mirando hacia la bahía. No hace nada o hace todo. Tal vez examina los detalles del paisaje marítimo, la cualidad azul grisácea del agua, un islote que se asoma como una velluda axila verde. Pero igual tal vez no vea nada y el paisaje sea sólo una imagen clara, el canvas de su errancia mental.Detrás del gordo, el hombre apura un último sorbo de café y sigue leyendo su libro. Ulises. Lee y fuma. Suspende el humo mientras lee media página. Luego levanta la vista y repasa su entorno.Dos bancos a su derecha un treintañero, con la cara sin afeitar hace dos días, duerme o trata de dormir tendido en un banco. Refunfuñando se levanta, calza sus zapatos, camina unos pasos hacia el extremo derecho del Bastión. Enseguida vuelve al mismo banco, se descalza y se acuesta. Repite la acción tres veces. A la tercera coloca los zapatos bajo la nuca. Es una solución satisfactoria. Ahora, más tranquilo, dormita, aunque de vez en cuando gruñe palabras ininteligibles.Poco después, llega una mujer joven, algo entrada en carnes, pero sin desbordarse todavía en la obesidad que probablemente le asegure una vejez achacosa. Viste bien, pantalón entallado y blusa de mangas largas. Ha llegado con paso firme, con una resolución sospechosa. Se sienta en uno de los bancos delanteros, al extremo derecho del Bastión. Examina una bolsa que ha traído consigo, tal vez su última compra navideña. Después habla brevemente por celular. Cuelga y espera.Llega la primera manada de turistas. Norteamericanos. Una familia de cinco. El padre, cabeza de la manada, dirige la coreografía previamente ensayada en otro puerto caribeño. Sus tres hijos se dispersan por el Bastión como si estuvieran en un parque. El padre, sin embargo, les ataja el entusiasmo en cuanto ve en la esquina izquierda, sentado contra la muralla, al viejo. Con voz autoritaria llama a los críos para que no rompan fila y sin darse cuenta se acerquen demasiado donde está ese señor. El padre entonces los sienta sucesivamente en un banco. Dicen cheese y click, tres veces. Luego se van. Enseguida llega una familia de seis turistas indios. El padre, cabeza del clan, repite el mismo gesto de control con sus críos ante la mancha vieja que arruina la tarjeta postal que han querido retratar en el Bastión. En ese momento un vistoso crucero divide en dos el agua de la bahía. Mamá y Papá dirigen los ojos de los pequeños hacia el deslumbramiento que les provoca la imagen casi especular del crucero en que han llegado a San Juan. Mamá, camcorder en mano, filma medio minuto. Complacidos, se marchan.

Acto seguido arriba un hombre bastante joven. Un mulato apuesto que camina hacia la mujer que espera. Sin sentarse ni dejar que ella se levante del banco, la besa efusivamente. Un beso largo, apasionado, bordeando la intimidad erótica. Tras el profuso intercambio de saliva, el hombre se sienta a conversar. Fuma un cigarrillo. Enseguida se van tomados de la mano.

El gordo, que hasta entonces había mantenido la vista perdida en dirección a la bahía, se levanta como si despertara de un sueño. Mira a su alrededor como si no reconociera el lugar. Se levanta para marcharse. Antes de hacerlo, mira con un dejo de reprobación al individuo que ahora bebe agua con el libro abierto de par en par. El cruce de miradas es breve, insignificante. El gordo se marcha y el individuo vuelve enseguida a sumirse en la lectura. Lee: “La historia –dijo Stephen—es una pesadilla de la que trato de despertar.” Se lo dijo al señor Deasy (aunque podría llamarse Dizzy o The Easy), un imbécil que contesta que “[t]oda la historia se mueve hacia una gran meta, la manifestación de Dios”. En el extremo izquierdo del Bastión, siempre sentado contra la muralla, el viejo enciende un cigarrillo. Fuma perezosamente, como si saboreara la inercia casi total del lugar. Como si siguiera el ritmo, ahora definitivamente acompasado, del treintañero que, con los zapatos de almohada, ya no refunfuña y duerme profundamente. El individuo vuelve a la página y prosigue la lectura:


Stephen sacudió el pulgar hacia la ventana diciendo:
–Eso es Dios.
¡Hurra! ¡Ay! ¡Jurrují! [gritos de niños jugando balompié en la calle]
–¿Qué? –preguntó el señor Deasy.
–Un grito en la calle –contestó Stephen encogiéndose de hombros.
Cierra el libro. El viejo, pensativo, sigue fumando. O fumando solamente. Su rostro no dice nada. O lo dice todo. A su lado, como una piedra, su libro yace boca abajo. El individuo se empina el último trago de agua. Es tiempo de marcharse.

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Por José “Pepe” Liboy

El descubrimiento de la poesía comprometida de José Guerra supuso un cambio sin precedentes en la crítica literaria local. El reseñador Pancho Font, en uno de sus sprees a la Plaza del Mercado de Santurce, descubrió la obra de Chepo, apodo con el que se conoce a este poeta, en una venta especial de plátanos. Fue raro, según me cuenta Pancho, que el vendedor de viandas voceara la venta recitando algunos de los contundentes epigramas del escritor. Interesado en la recitación, Font le preguntó quién los había escrito, tras lo cual el quincallero le pidió su dirección de correo electrónico, y así, de la misma forma en que conocimos la obra secreta de John Torres, nos llegaron algunos epigramas de resuelta calidad.

Cierto es que una obra tan exigua como la de José Guerra no puede comentarse con la misma profundidad con la que nos acercamos a la obra de Torres en la revista Noctámbulo, pero a pedido del reseñador he decidido hacer algunos comentarios de raíz profundamente personal, y que en modo alguno suponen las profundas enseñanzas que recibo en la escuela. Como no son muchos los epigramas, voy a reproducirlos inmediatamente. La posibilidad de que se trate de una obra apócrifa escrita por el propio reseñador para ridiculizar mis indudables aptitudes como crítico de literatura, no me amilanan a la hora de actuar. Hasta la fecha, Pancho ha recibido paga por su trabajo, y a mí Noctámbulo no me ha mandado los cincuenta pesos por la reseña de John. Pero así resentido y todo, procederé a hacer lo que me pide mi amigo.

IIII IIIIII
43601 88041
Huevos: a frescura del País, Inc.
Su docena de grandes empresas.

IIII IIIIII
89522 01412
Isla Cerrera, los soles truncos
Del hombre víspera [son de] la llamarada

IIII IIIIII
24068 12786
Rica costa garantizado
sin 100% de vencimiento

IIII IIIIII
11756 15899
Obra extra prohibida de Bristol
Para la continua publicación 2005

IIII IIIIII
61028 42497
Extracto hidrofóbico de ácaros
ornamentales hongos no elimina

IIII IIIIII
89522 01412
Cuando sea necesario
no tomar dos sueños con tableta


Como se ve, son seis epigramas que resumen lo que en mi opinión es la postura principal de la crítica literaria de Puerto Rico que podríamos leer en la revista Índice de Pedreira. Especialmente el primer epigrama, el de los huevos, nos recuerda la embriología. Como Guerra es un poeta comprometido, la crítica a la vida va dirigida a la crítica del mundo empresarial. Yo puedo dar fe de que el comentario no es falso. Que los huevos humanos estén repartidos entre una docena de empresas no es necesariamente falso. En realidad, quien trabaje en proyecciones promocionales podrá constatar que hay más de doce empresas que anuncian sus hijos para dentro de veinte o cuarenta años. Guerra imita a John en un aspecto esencial, y es en la idea de que la adicción es una etapa previa para la conciencia de la embriología humana. Vean el penúltimo epigrama para constatar esa metonimia de drogas y aborto. Seguiría con este comentario si dispusiera de más datos sobre el autor, pero en ausencia de ellos, baste lo que digo.


Carta de Pancho Font sobre el descubrimiento de Guerra

Pepe: ahí te envío los únicos poemas que he logrado compilar de la rasgada libreta de Chepo. Su nombre de pila es José Guerra. Su otro alias es el Che y el Compañero Guerra. Publicó un poemario hace unos diez años. Algunos dicen que es un libro underground, por aquello de que sus copias son devoradas por la polilla del sótano de alguna editorial desaparecida o por desaparecer. De su única edición, de doscientos cincuenta ejemplares, sólo he visto uno entre los libros usados de Librería Mágica. Su poesía publicada no se parece en nada a estos últimos poemas de barras. Lee y juzga tú.

Recuerdo el cuento de Albaladejo. Era de lo mejor de El rostro y la máscara. Mi ex esposa, Ingrid Cruz, publicó con ustedes ahí. Entonces te dejabas la barba Guevara.

Editorial S.M. es la competencia de Santillana. Buena oportunidad de trabajo para escritores financieros, góticos y cómicos. La tristeza ya no paga. Hay que sonreír. Guarda centavos en una media. Luego la vacías para comprar bonos al E.L.A. y acciones del Banco Popular. Voy a hacerlo. Quiero retirarme a escribir a los cincuenta.

Hablamos, Pepe. Y gracias por comentar a Chepo. El pobre se va a molestar conmigo cuando sepa que estamos escribiendo crítica de su poesía de barras, pero en el fondo sé que se sentirá homenajeado.

Cuídate,

Pancho


Carta de José Liboy Erba aceptando la invitación de Pancho Font

Pancho:

Está bien. Escribiré algunos comentarios críticos a la obra de Chepo. Si quieres, súbelos por este medio y me dices a dónde mandarlos. Mi amigo Luis Raúl Albaladejo se ha comunicado conmigo luego de varios años de silencio. Albaladejo publicó “La cuarta esquina del triángulo”, cuento bien bueno, en la antología de cuentos El rostro y la máscara. Me gustaría que lo conocieras, puesto que es una persona muy amable como tú. Y en cuanto a los personajes escritores que escriben tristes cuentos infantiles para una editorial boba, resulta que acabo de recibir una invitación de una para esta noche.

Gracias

Pepe

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Los gestos insepultos

Por Francisco Font Acevedo

Me encuentro bien aquí. Usted sólo me ha reconocido. Por otra parte, la dignidad me aburre. Luego, pienso con alegría que algún mal poeta la recogerá y se la pondrá en la cabeza impúdicamente. ¡Qué gozo hacer a un hombre feliz! —Charles Baudelaire, Extravío de aureola

El problema con los escritores, como ocurre con algunos deportistas en el ocaso de sus carreras, es que no reconocen cuando han perdido sus facultades de antaño. En lugar de retirarse a escribir sus memorias o abrazar el síndrome de Bartleby del que noveló Vila Matas, siguen sobrescribiendo. Es innegable que los escritores longevos capaces de escribir con frescura son la excepción. La mayoría comienza a chochear, a repetirse hasta el cansancio, a convertirse en parodias de sí mismos. Con los mejores libros ya publicados, se consuelan con escribir remedos que más o menos le devuelvan la ilusión de pertinencia. Si para su desgracia, son objeto de cierta consagración crítica o institucional, usualmente se pierden en un laberinto de espejos donde sólo son capaces de ver lo que la ilusión propia les caricaturiza.

En esto pensé cuando el pasado domingo leí en el periódico El Nuevo Día un artículo firmado por un viejo escritor de cuyo nombre no quiero acordarme. Se trata de uno de esos textos escritos a vuela pluma, uno de esos divertimentos cuyo valor pendula entre lo ocurrente (lo witty) y lo banal. Es un texto bien calibrado para la culturización ñoña que promueve el mentado periódico, de quien el viejo escritor es prácticamente un bloguero a sueldo. Baste decir que en la misma edición firmó tres artículos: uno sobre béisbol, otro sobre la genealogía de un sándwich cubano y el tercero sobre la colación de halos a deportistas, políticos y artistas de todo tipo. De los tres sólo me interesa comentar el último, titulado El halo, entre otras razones, porque yo le serví de pretexto.

Aparentemente el viejo escritor ha visto en mí el símbolo de “una enfermedad boricua que pien[sa] incurable”. Citemos para que no se diga que invento: “Como también ocurre con ese joven escritor que, apenas con un libro por publicar, desmerece –tacha o menosprecia—todo lo que se ha escrito antes que él en Puerto Rico, la propia tradición que seguramente ignora. El delirio de grandeza boricua –nuestro particular modo de ser acomplejados en el mundo—tiene como justo reverso el autodesprecio y la autonegación.” La acción de tachar se refiere a mi artículo Ficciones y tachaduras de la literatura puertorriqueña; el escritor joven, acomplejado, desconocedor de la tradición literaria nacional, que se autodesprecia y se autoniega, se refiere a mí.

Para no rebajar mi reacción a una inútil contienda de egos, me limitaré a comentar algunos gestos y tics literarios del articulista. Aun dando por cierta la mediocridad literaria que éste me adscribe, nada impide que haga un ejercicio de lectura.

El tic por excelencia del que afecta el autor de El halo consiste en erigirse como doctor de “la dañina alma boricua”. Este gesto nos retrotrae al naturalismo de Zeno Gandía, ese doctor del naturalismo tardío en Puerto Rico. Aquí la charca o el estancamiento rural del alma boricua se convierte, cien años más tarde, en un “virus” que ilustra “nuestra particular mezquindad”. Como ocurría con Zeno Gandía, el diagnóstico sociológico se confunde con una cualidad moral. Pero contrario a lo que planteó Mercedes López Baralt en la presentación de un libro sobre la obra del viejo escritor, la inclusión de éste en el “alma” que diagnostica no lo libra de arrogarse una posición de autoridad paternalista. La referencia al “joven escritor”, la omisión de su nombre, apunta a una táctica de silenciar a un sujeto que se presume inferior por apenas contar “con un libro por publicar”. No hay que ser semiólogo para deducir lo obvio. Sin una bibliografía que lo respalde no tiene derecho a hablar.

Más allá del rezago paternalista, el autor de El halo se erige como salvaguarda de la tradición literaria puertorriqueña. Esta postura de anticuario, cónsona con instituciones de oropel como el Ateneo Puertorriqueño y el Instituto de Cultura, presume una valorización comme il faut de un canon literario. Aquí la nombrada “tradición literaria” funciona como una suerte de embudo por el cual cualquier aspirante a escritor en Puerto Rico tiene que pasar para validar su obra. Suscribirse a esa noción unívoca de lo literario equivale a rogar audiencia ante los “tribunales académicos” –como los nombra con lucidez Mario Cancel–, adherirse a un sistema de inclusión y exclusión que hoy resulta patéticamente herrumbroso. De ahí mi cuestionamiento a uno de sus sucedáneos, el necio paradigma del discipulado literario, que el viejo escritor evocara con nostalgia en el artículo Frente a frente: los escritores y su obra de Carmen Dolores Hernández. ¿Desde cuándo hay que pedir permiso para leer o escribir? ¿Por qué un escritor o aspirante a tal habría de adherirse a esa forma de bautismo literario, a ese servilismo parnasiano? Hacerlo, como me ha dicho un amigo, es como pretender que un árbol crezca bajo la sombra de otro. Por analogía, no creo que deba tener empacho en renunciar a una “tradición literaria” que se ha fatigado como los ángeles de Luis Rafael Sánchez. Después de todo, resulta añejo hablar de una sola tradición literaria en Puerto Rico. Más aún, la noción misma de tradición es un constructo a posteriori que validan los tribunales académicos y las instituciones literarias del país. No es más que un crisol de poder que almidona y empobrece la literatura. Mejor que rescatar la “tradición literaria”, prefiero acoger la noción de biblioteca portátil, formada por los textos –no sus autores– que cada cual tenga a bien llevar en su morral. La adherencia forzosa que preconiza el viejo escritor me parece la capitulación a un insularismo miope.

En cuanto a la elaboración de su lista de los “consensos inviolables” –esa “variante” del “virus alojado en la dañina alma boricua”— las categorías de halo, antihalo y contrahalo se leen con gracia irónica. Cada cual es libre de elaborar la lista que quiera, pero aun así me parece advertir cierto manierismo del autor al categorizarse a sí mismo como el contrahalo, como el “Ay fo” de la literatura puertorriqueña. En este gesto se advierte la amnesia del viejo escritor. Hace tiempo que dejó de ser el enfant terrible de las letras boricuas. Tal vez lo fuera en los ochenta, cuando había frescura en sus libros, cuando el ojo crítico no había cedido al cinismo fácil que ha encarnado posteriormente. Pero aún entonces creo que fue una distinción reñida con Manuel Ramos Otero. De allá para acá ha llovido a cántaros. La consagración y los laureles han desgastado mucho su astucia literaria. Tal vez su ingreso a la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, los tres libros dedicados a su obra, su conversión en escritor residente de la Universidad del Turabo y su indisputable rango de bloguero a sueldo, tengan algo que ver con dicho desgaste.

Como cierre a este comentario, quisiera cuestionar los usos del “nosotros” en El halo. Aunque sea de forma negativa –“nuestro particular modo de ser acomplejados con el mundo”, “nuestra particular mezquindad”–, su uso hoy resulta de una ingenuidad tierna. Se lee en ese nosotros una presunción de unidad colectiva, los resabios de la desgraciada frase sagrada familia puertorriqueña. Las subjetividades inconexas de la actualidad se silencian en un discurso que ha autorizado y desgastado la tradición literaria que el articulista tanto parece atesorar. Desde los balbuceos del Aguinaldo Puertorriqueño de 1843 –seguido por El Gíbaro de Alonso, las memorias de Tapia, las crónicas de un mundo enfermo de Zeno Gandía, la utopía de Betances y el reformismo liberal de Hostos, pasando por la novela de la tierra de Laguerre, por la ensayística de Pedreira, hasta desembocar en el puertorriqueño débil de Marqués y el tardío país de cuatro pisos de González– la identidad puertorriqueña, esa construcción sociológica, ha sido “la loca de la casa”, según las propias palabras del articulista. En el abrazo a esta anquilosada noción se asoma su gesto más cuestionable, lo que singulariza su caducidad. Tacha, de hecho, la propuesta de aquel otro joven escritor que en una crónica del 82 se atrevió a cuestionar: “¿Familia puertorriqueña o país de muchas tribus?” El mismo que aseveraba que “vivimos la época de las intenciones fantasmales y los gestos insepultos, la tradición estalla en mil pedazos conflictivos”. En fin, un texto que el viejo escritor debería releer.

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Por Pancho

Era viernes, día de cobro, y tras cambiar mi cheque en un banco, decidí darme un lujo: almorzar Chez Mon en Puerta de Tierra. No, no es un restaurante; es una guagua amarilla con dos mesas plegadizas y seis sillas de funeraria, donde Mon, un amable cincuentón, vende sándwiches y algún plato de comida criolla. Aunque dos o tres moscas nunca faltan en el lugar, al menos una vez cada dos semanas, casi siempre el día de cobro, almuerzo allí una tripleta con un vaso de jugo de acerola.

En esta ocasión, al llegar a la guagua de Mon, había un hombre de veintiocho o treinta años que leía El Nuevo Día mientras esperaba un sándwich de bistec para llevar. Miraba con encono el periódico como si estuviera leyendo, aunque probablemente lo usaba como un parapeto para no mirar a nadie. A pesar de que la severidad con que se había acicalado el cabello era una advertencia de la violencia de su carácter, una señora que llevaba una bolsa de supermercado como si fuera una cartera, se le acercó y le pidió una peseta para la guagua. El hombre, con la precisión de una rasuradora, le contestó que no, que no tenía cambio; luego pagó con un billete de veinte y se largó con su sándwich. Sin mostrar ningún asomo de indignación por el desplante del Homo gillette, la señora, mansamente, se detuvo a mi lado. Pude en ese momento examinarla con cierto detenimiento. Su pelo apenas entrecano, su figura (ni gorda ni flaca) y su indumentaria (manchado pantalón blanco, blusa de poliéster de listas diagonales y sandalias con estampado de flores) contradecían la edad de sus manos: sobre sesenta. Siendo una mujer blanca, su rostro era llamativamente escarlata, tal vez por una condición en la piel y los rastros de un maquillaje vetusto. Mientras esperaba por mi sándwich, me pidió una peseta para la guagua. Le dije, igual que el Homo gillette, que no tenía cambio pero inquirí sobre su destino. Voy para Río Piedras, me dijo. Cuando Mon me dio el cambio le di unas monedas que enseguida guardó en el sostén.

Me acomodé en una de las dos mesas plegadizas y al lado de mi plato coloqué el libro que traía conmigo. En la otra, en espera de su turno para ordenar, había un obrero de la construcción que hojeaba las páginas deportivas de El Vocero. La mujer pidió a Mon una cucharada de pegao con habichuelas. Mientras éste le servía, la mujer comentó que hacía tiempo que pasaba por la guagua, pero que nunca hasta hoy le había dado con detenerse a comer. Con su plato de comida en la mano, estudió por un momento ambas mesas y decidió sentarse a almorzar conmigo. Mientras se acomodaba en la silla justo frente a mí, puse la portada del libro (El ocaso del pensamiento de Cioran) boca abajo. Lo hice por vergüenza, porque la cultura de los libros puede ser obscena ante una mujer venida a menos. Su bolsa de supermercado, colocada también sobre la mesa, sugería una curiosa sintaxis con el libro del filósofo rumano. La mujer, hambrienta y sin remilgos, comenzó a devorar el arroz con habichuelas y el pedazo de bistec que Mon le había servido de ñapa. No satisfecho con esto, el amable cincuentón le preguntó si quería jugo de china. Un buchecito, contestó ella. Cuando lo probó me comentó que era almíbar. ¿Está muy dulce?, pregunté. No, no, dijo ella. Está muy rico.

Mientras mordisqueaba mi tripleta observé el escote de la mujer, que se inclinaba hacia el frente cada vez que agarraba con los dedos el pedazo de bistec. Era allí, en el escote, que en otro tiempo debió haber sido un deleite erótico, donde más se acusaba su edad. Su pecho tenía el fruncimiento rojizo de una cresta de gallina vieja. Le pregunté entonces qué había estado haciendo en esta parte de San Juan. Una diligencia, me contestó muy seria y no abundó más.

Cuando ya hubo devorado el pedazo de bistec y parte del arroz, le pidió a Mon una de esas pequeñas bolsas plásticas en que éste sirve los sándwiches para llevar. De pie, vertió el sobrante de su plato en la bolsa y la amarró. No es mucho, se dijo, mirando las sobras a través del plástico transparente que enseguida guardó con cuidado dentro de su bolsa de supermercado. Una brisa repentina hizo que el plato vacío cayera al suelo. La mujer lo recogió y fue a echarlo en un zafacón que Mon coloca cerca de las mesas. Removió la tapa y echó el plato vacío, pero algo entre la basura le llamó la atención. Hurgó un poco y extrajo de allí un pequeño pedazo de pan, sobrante de un sándwich. Lo examinó con cierto escrúpulo, lo limpió con las uñas y se lo echó en la boca.

Yo masticaba en ese momento el último pedazo de mi tripleta.

La mujer entonces le agradeció la comida a Mon y con la bolsa-cartera colgando del antebrazo se fue caminando. Yo boté mi plato vacío y el vaso con restos de hielo, recogí El ocaso del pensamiento y abandoné Chez Mon para caminar de vuelta a mi trabajo. Delante de uno de los condominios que se levanta frente al parque Muñoz Rivera, volví a ver a la mujer. Se había detenido a preguntarle a un viejo, vendedor de lotería, dónde estaba la parada de guagua más cercana. Yo le dije que más adelante, en ese lado de la avenida, hallaría una, pero el vendedor de lotería dijo que quedaba muy lejos, que mejor cruzara la avenida y caminara hasta la parada cerca de El Escambrón. Venga, le dije, crucemos juntos. Ya en la acera del parque le pregunté su nombre. Iris, me dijo. Que llegue bien, Iris, le dije a manera de despedida y sin esperar su respuesta me encaminé hacia mi trabajo. A pocos pies de distancia, con una expresión que quiero imaginar de agradecida coquetería, ella se despidió diciéndome Gracias, mi amor.

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