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Archive for 18 febrero 2008

Por F.F.A.

“¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada. Viene del deseo de respetabilidad, que sólo encubre al miedo.” Roberto Bolaño, Sevilla me mata

“La literatura, al contrario que la muerte, vive en la intemperie, en la desprotección, lejos de los gobiernos y de las leyes, salvo la ley de la literatura que sólo los mejores entre los mejores son capaces de romper.” Roberto Bolaño, Las palabras y los gestos

Ambas citas provienen de Entre paréntesis (Anagrama, 2004), volumen de textos misceláneos, editado por Ignacio Echevarría, crítico y albacea del legado literario de Roberto Bolaño. En la primera, el autor chileno diagnostica el carácter frívolo y timorato de parte sustancial de la literatura latinoamericana más reciente.  En la segunda, en cambio, adscribe a la literatura sin apellidos -sin gentilicios- un carácter marginal, a la intemperie, sin taras institucionales. A la luz de esta oposición, tiene interés sopesar el legado póstumo del escritor chileno en el contexto de la literatura already made que domina el mercado editorial iberoamericano. En particular comentaré la novela río 2666 (Anagrama, 2004) y el citado Entre paréntesis. Veamos.

El proyecto de 2666 aparece sintetizado en “La parte de Amalfitano”, la segunda de las cinco partes que componen el vasto corpus del texto. De boca de Amalfitano, un profesor chileno exiliado, escuchamos su lamento por las preferencias de lectura de un joven farmacéutico. Cito in extenso: “Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entretenimiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.” (289-290) Más que un lamento, el pasaje se lee como un guiño cómplice al lector. Quien sostenga el voluminoso libro y haya leído las 288 páginas antes de la cita, no dudará que 2666 intenta precisamente cernirse como una gran obra, imperfecta y torrencial. Es claro, además, que se trata de un reto al lector para que se aventure a recorrer las 1,119 páginas de la novela. No es casual que unos pasajes antes del texto citado, Amalfitano haya mencionado al “lector activo” del Cortázar de Rayuela. Así, al tiempo que nos da la medida de la ambición de su proyecto, Bolaño prefigura su lector ideal.

¿Pero qué es “lo desconocido”, el “aquello que nos atemoriza a todos” de 2666? Este misterio se devela en “La parte de los crímenes”, la cuarta parte de la novela. En ésta, Bolaño, con soltura periodística pero con meticulosidad forense, describe más o menos un centenar de violaciones sexuales y asesinatos de mujeres en la ciudad mexicana de Santa Teresa (transposición ficcional de Ciudad Juárez), en la frontera con Estados Unidos.  Algunos críticos han señalado que esta parte constituye una suerte de vorágine de la novela río (en vez de vorágine, hablan de hoyo negro, metáfora física menos congruente con la factura del texto, pero en esencia lo mismo). Tienen razón, pues las demás partes de la novela desembocan irremediablemente en la matanza de Santa Teresa. La primera parte, “La parte de los críticos”, narra la búsqueda de un misterioso escritor alemán, Benno von Archimboldi, por parte de cuatro críticos europeos. La última pista de la pesquisa los lleva a la ciudad de Santa Teresa, donde han estado ocurriendo los crímenes. La segunda, “La parte de Amalfitano”, narra la locura incipiente de un profesor chileno que vive en la misma ciudad. La tercera, “La parte de Fate”, narra las peripecias de un periodista norteamericano que viaja a Santa Teresa para escribir la crónica de una pelea de boxeo. Involucrado en una intriga amorosa, Fate acompaña a una periodista mexicana a la cárcel de Santa Teresa para entrevistar a Klaus Haas, un alemán sospechoso de ser el responsable de los asesinatos de mujeres. La última parte –“La parte de Archimboldi”– nos revela la verdadera identidad del autor buscado por los cuatro críticos de la primera parte. Narra la vida de Hans Reiter, nombre de pila de Archimboldi, desde su infancia rural, pasando por su deslucido fracaso como soldado nazi, hasta su conversión en escritor de culto. Cerca del final de la novela, conocemos que Archimboldi es el tío de Klaus, por quien viaja de incógnito a México, aparentemente con la intención de intervenir a favor de él.

Una lectura detenida de “La parte de los crímenes” bastará para hacer un balance de los méritos de 2666. En ésta, Bolaño da sobradas muestras de su maestría en la escritura rápida. Su prosa tiene la tesitura ágil de la crónica periodística con el aliento implacable –y tremendista– de un Dostoyevsky del siglo XXI. Hilvanar en 348 páginas, con el ritmo caudaloso de una catarata, un centenar de violaciones sexuales y atroces asesinatos de mujeres es un tour de force admirable. Al mismo tiempo, aparecen y desaparecen varios personajes –investigadores y probables responsables de los crímenes– con los cuales la narración teje y desteje posibles explicaciones al misterio de los asesinatos. Al final queda en el lector la vaga idea de un infierno sin redención posible y la fuerte sospecha de una corrupción colectiva. Si bien esta parte valida el proyecto de Bolaño en cuanto logra sumergir al lector en el abismo de la violencia impune –con un logrado acercamiento a lo real histórico–, por otro lado, el exceso, la prolijidad de su “combate de verdad”, a la larga produce un efecto paradójico. La conmoción que nos provoca el macabro recuento al comienzo, termina por inmunizar al lector. Es un efecto similar al que provoca la pornografía o las noticias televisivas. En el primero la sobreexposición anatómica provoca tedio; en el segundo, la reiteración continua de la noticia termina por desvanecer su impacto y por provocar la indiferencia del espectador.

En este sentido, si bien 2666 tiene el mérito de no ser tributaria de la ficción timorata que domina las mesas de novedades, y ciertamente nos da la medida del brío colosal de Bolaño, nos parece que la adopción de la novela río es desafortunada. Este modelo, más propio de la novela decimonónica y de algunas obras del modernismo europeo de principios del siglo XX, se lee a principios del siglo XXI como retrógrado y grandilocuente. Sin embargo, por los momentos felices y por la experimentación formal de 2666, coincidimos con Camilo Marks, en que se trata de “un naufragio deslumbrante”. Añadimos que en Bolaño podría demarcarse, cuando menos en América Latina, la frontera cumbre –tanto por su ambición como por su fracaso– de la novela como género literario. Hace tiempo, parafraseando a Gertrude Stein, una novela es una novela es una novela. Reflejo de reflejos. Un género que plegado sobre sí mismo convalece y delira con ser ave fénix. En realidad, salvo muy pocas excepciones, la novela en su banalidad actual –como vehículo para la escritura cuentera pura–, sólo se valida por el consumo masivo. Quede, pues, 2666 como el exhibit voluminoso y heroico de un género literario moribundo.

Por fortuna, durante breves pausas de la escritura de 2666, Bolaño escribió muchos de los textos reunidos en Entre paréntesis. Según Echevarría afirma en el prólogo, el libro “ofrece una ‘cartografía personal’ del escritor: lo que más se acerca, entre todo cuanto escribió, a una especie de ‘autobiografía’ fragmentada”.(7)  El libro, una iniciativa de sus editores, nunca fue previsto por Bolaño, para quien las autobiografías eran detestables y las memorias “un ejercicio de melancolía y ombliguismo”.(206)  Puede Bolaño descansar en paz, pues la cartografía que traza Entre paréntesis nada tiene de solipsismo autogratificante. Al contrario: su lectura nos dice mucho, con desparpajo y humor, del gran lector y del excelente cronista que fue el autor chileno.

Los textos de Entre paréntesis están agrupados en seis secciones. Curiosamente, la del título homónimo del libro -con más de setenta textos escritos a vuela pluma- es la que menor interés despierta. Otras tres contienen textos más o menos prescindibles, salvo por un puñado que valida con creces la lectura. Así ocurre, por ejemplo, en la quinta sección donde se destaca por encima de los demás escritos El bibliotecario valiente, un perfil magistral de Borges. Sin embargo, lo mejor del libro se halla en las dos primeras secciones (“Tres discursos insufribles” y “Fragmentos de un regreso al país natal”). En éstas Bolaño discurre descarnadamente sobre el exilio, la tradición literaria del cono sur, la relación entre literatura y política en América Latina, la (in)cultura nacional y el diletantismo literario, entre otros temas. Sirva como ejemplo del tono reflexivo de esta escritura la siguiente cita: “Toda literatura lleva en sí el exilio, lo mismo da que el escritor haya tenido que largarse a los veinte años o que nunca se haya movido de su casa.”(49) 

En síntesis, 2666 y Entre paréntesis conforman los antípodas del legado póstumo de Bolaño. De las dos obras me inclino por la factura dispersa de Entre paréntesis. Aunque de valor desigual, en él se entreveran textos de gran interés, conocemos la primera vocación del autor -como lector- y disfrutamos de textos menos tributarios de la ficción como sus excelentes crónicas de Chile. En última instancia, leemos ambos libros como el anverso y reverso de un testamento literario en que Bolaño, lúcidamente, supo ver la derrota propia, que es la derrota de todos los que escribimos. Así se desprende del ensayo Un narrador en la intimidad, compilado en Entre paréntesis: “Este guerrero está siempre luchando. Sabe que al final, haga lo que haga, será derrotado. Sin embargo recorre la cocina literaria, que es de cemento, y se enfrenta a su oponente sin dar ni pedir cuartel.” (323)  Así, con las botas puestas, vale la pena escribir y perder en el intento.

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Por Pancho

“Not to find one’s way in a city may well be uninteresting and banal. It requires ignorance -nothing more. But to lose oneself in a city -as one loses oneself in a forest- that calls for quite a different schooling.” A Berlin Chronicle -Walter Benjamin

Tardé diez meses en caminar, pero treinta y siete años en aprender a hacerlo. Esto piensa el caminante mientras cruza a pie el Puente Guillermo Esteves. Pasa por el lado de una pareja de pescadores de línea que sostienen la mica en espera de un halón del fondo de la laguna. Luego se dice: Soy humano, soy bípedo, por ende camino. Ahora que llega al final del puente y vira hacia la izquierda, le parece entrever en el verbo camino los entresijos de una experiencia mayor cuyo alcance apenas comienza a vislumbrar. Sospecha que sólo en el camino, a pie, es posible cernir una visión personal de la ciudad, ajena a los carros que a su derecha, en el expreso Baldorioty, aceleran convencidos de que el futuro existe. La violencia de esta convicción hace que conductores y pasajeros, penosamente ciegos, confundan el parabrisas con una pantalla de cine y la ciudad, con la secuencia de una película. Sabe que la discontinuidad de la mirada persiste a pie, pero la desaceleración de caminar le permite el registro moroso del entorno. Por esto, a las cinco y siete minutos de la tarde, nada más pisar el parque lineal de la Laguna del Condado, sosiega su mente. Sabe que es tiempo de abandonarse a la ciudad. Ser y no ser con ella.

Alex, un calvo sexagenario, camina delante de él. Camina como arrastrando su fofa humanidad. Lleva en su frente una banda de tela elástica donde acumula las gotas de sudor que premian el esfuerzo del ejercicio, sin duda prescrito por su médico de cabecera. En breve ve a un caminante -treinta años más joven que él- que le pasa por el lado y lo deja atrás.

Unos metros más adelante, el treintañero se cruza con un joven apuesto, diez años menor. El joven, recién afeitado, no suda. Viste camisa blanca arremangada y mahones entallados. Sus zapatos, negros y con suela de madera, son nuevos. Parece recién salido de una oficina o de un salón de estilismo. Se llama Mauro. Por vanidad o timidez no mira a nadie.

A la izquierda se extienden, quietas y majestuosas, las aguas grisáceas de la laguna. Un poco más allá del muro que divide la calzada de la orilla, en un pequeño alud de grama, yace un vagabundo. No toma sol. No aprovecha una sombra. No extiende sus extremidades como una estrella de mar. Parece un cilindro de carne y trapos sucios. Se llama Ceferino y, sin mirar a nadie -ni a sí mismo-se abandona a los rigores de una borrachera vespertina.

Peterson, un vagabundo negro y alto, tampoco repara en el caminante. Está sentado en un banco al lado derecho de la calzada, junto a su carrito de compras lleno de cachivaches desordenados. Le da la espalda a los carros del expreso. Su cuerpo está allí pero su mente viaja entre las páginas del periódico que lee.

El caminante entonces se distrae mirando los almendros que bordean el paseo lineal. La laguna por momentos gana el matiz verdusco que imprime la pátina en los monumentos abandonados. Allá, cada vez más lejos, se oyen los zumbidos de los carros. Cuando comienza a figurarse como mero espectador del camino, otro caminante le devuelve a la realidad panóptica de la ciudad. La sorpresa de descubrirse objeto de la mirada de otro le impide nombrarlo. Ambos caminan con una mochila en la espalda, ambos sudan copiosamente. Uno es grueso, con el pelo largo y entrecano. El otro es flaco, con el pelo corto y con lentes de miope. La mayor diferencia entre los dos, sin embargo, es que uno camina por la calzada mientras el otro lo hace, como los gatos, por el muro que bordea el paseo lineal. Aún así no tienen empacho en reconocerse y al momento en que sus caminos se intersecan, justo antes de que ambos se den la espalda para siempre, se saludan con un breve movimiento de cabeza.

A medio camino del paseo lineal se discierne lo que a cierta distancia parece una pareja. Ambos, treintañeros, recostados en el rincón más aislado de la isleta de Baldorioty, miran hacia la laguna. La separación de ambos cuerpos es mínima. De pronto, como si se tratara de una travesura, uno le echa el brazo por la cintura al otro y le roba un beso. Enseguida se separan, pero ya no hay duda para el caminante de que están enamorados. Ángel y Derek: hermosa pareja.

Un poco más allá de la estatua de Baldorioty de Castro, se advierte la figura pétrea de un pensador. Es la gárgola de un vagabundo. Sentado en el muro, encorvado, sostiene su cara con ambas manos. El cabello grasiento y cenizo es un erizo disecado. Respira, pero aparte del diafragma, no mueve un músculo de su cuerpo. Simplemente está. Un ovillo desgraciado que el paseante, por respeto, prefiere no nombrar.

A unos doscientos metros del infortunado pensador, hay una pareja colorida. Monchi, gordito y bajito, anda con pantalón de correr amarillo exhibiendo sus piernas flacas. Más que ejercitarse caminando, parece el amo que espera a la vera del camino mientras su mascota, brevemente desencadenada, cumple con sus necesidades biológicas. Popo, su compañero -seis pulgadas más alto pero de piernas tan flacas como las suyas- se demora, como un niño, recogiendo almendras de la calzada. Monchi, ni modo, con ternura paternal, lo conoce demasiado bien como para seguir caminando. Se detiene un ratito para verlo batear las almendras con un palo de escoba. Popo, que debe pasar de los cincuenta, hace swing como si tuviera doce. Una tras otra las almendras caen en la laguna frunciendo brevemente la superficie. Al ver al caminante, Monchi se desentiende de su pelotero y sonríe con coquetería. Enseguida, con suspicacia, convence a Popo de que vuelva a su edad y ambos cruzan el expreso para internarse en un barrio santurcino.

Casi al final del paseo lineal hay otro carrito de compras estacionado. Contrario al de Peterson, los objetos de éste están dispuestos en un orden funcional y relativamente pulcro. A la izquierda, su dueño, un vagabundo con aire de sultán, se mece perezosamente en una hamaca que ha colgado a orillas de la laguna. Dueño del paisaje, fuma descamisado. Dirige una mirada ambigua al tonto caminante que no se detiene a disfrutar la brisa como él. Luego se roza el viejo corazón que hace décadas, en sus tiempos de marinero, se hizo tatuar en el pecho. Su apodo, por supuesto, no puede ser otro que Popeye: uno de los héroes de infancia del caminante.

Éste, dejando atrás el paseo lineal, rememora sin esfuerzo la caminata. Enseguida recuerda un poema de Parra:

Peatones
Héroes
anónimos
de
la
ecología

En Santiago de Chile, tal vez. Pero en San Juan, no. Aquí los peatones no son héroes. Si alguna distinción merecemos es que pisamos la ciudad, dotamos de humanidad sus calles. Lo demás, con el perdón de Parra, es mala poesía. Así pensó el caminante. Eran las cinco y diecisiete minutos de la tarde. Jueves.

 

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