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Archive for 7 marzo 2008

Por Pancho

I.

¿Cuántas veces no lo habré visto? Diez, doce veces. Tal vez más. Al igual que cientos de clientes que a diario entran y salen del supermercado Pueblo de la calle De Diego en Santurce, durante meses no noté siquiera su presencia. Estaba ciego como los demás. Dejaba mi antiguo carro en el estacionamiento, pero entraba y salía del comercio con los ojos vendados por la velocidad. Alguna noche, de pasada, se habrá fijado en mi memoria inconsciente su austera silueta de vendedor de lotería. Sin embargo, no fue hasta que vi su foto en un semanario de izquierda cuando mi imagen de él comenzó a ganar espesor. De la foto recuerdo un nonagenario, vestido de negro y sombrero oscuro; de su rostro se destacaba una barba blanca que le llegaba al pecho. Por el artículo que acompañaba la foto supe que era nacionalista y que había sobrevivido a la Masacre de Ponce. Su nombre: Gilberto Serrano Vélez.

El artículo, por lo demás, decía poco del viejo. Su infortunio -haber tenido que ceder su casa de la calle Antonsanti– era el pretexto para protestar contra la expropiación de viejas viviendas de Santurce. Se sabía que la intención final del gobierno era “revitalizar la zona” a la medida del Miami Dream de la Ciudad Mayor. En este contexto, Don Gilberto era el exhibit patético de una sociología de la pobreza.

Con estos escasos apuntes sobre su biografía, comencé a fijarme en él cada vez que iba de noche al supermercado. Siempre lo hallaba sentado en una pequeña silla plegable, al lado izquierdo de la entrada al comercio. Siempre estaba serio, casi hierático; en la falda exponía los billetes y en su mano derecha, contra el costado de su traje invariablemente negro, sostenía un radio sintonizado en programas de opinión. Lucía severo como corresponde a la imagen de un nacionalista de la vieja guardia. Sólo en par de ocasiones en que lo vi durmiendo o dormitando, aquellos rasgos impenetrables se desdibujaban para mostrar una humanidad más blanda, la de un viejo cuyo cuerpo cede a los bochornos de la edad.

Aun viéndolo con frecuencia, poco, casi nada, sabía de él. Poco a poco aquella barba blanca bajo el sombrero oscuro, aquella humanidad desafiando la edad dentro de un cerrado traje negro, se me impuso como una imagen opaca, como el ovillo de una historia que debía contar. Pero las malas costumbres de cuentista no me servirían de nada. El espesor de don Gilberto no admitía las fáciles trasposiciones de la ficción.

Antes de decidirme a abordarlo, lo imaginé. Un hombre que había sobrevivido la Masacre de Ponce en 1937, un nacionalista probablemente de armas tomar, que había figurado una revolución, y que setenta años después de aquel Domingo de Ramos seguía vivo, no podía tener estatura humana. Con esta pereza mental, convertí a don Gilberto en un monumento bastardo del país, un testamento viviente de cien años de historia nacional. En una palabra, mi imagen de él lo desaturaba de humanidad.

Esta imagen grandilocuente comenzó a desflecarse la noche en que por fin le hablé. Mi compañera, tan intrigada como yo por el viejo, aprovechó que éste escuchaba en la radio una vieja canción, probablemente un seis chorreao, para comentarle sobre su gusto por la música jíbara. Hallaron en aquella nostalgia telúrica una comunidad de afectos y una geografía común. Mi compañera es de Jayuya y don Gilberto nos reveló que era oriundo de Utuado. A partir de ese momento el vendedor de lotería desatendió su negocio para decirnos -con el estrépito propio de un viejo que rara vez encuentra un interlocutor- parte de su biografía. En ella, efectivamente, se entrecruzaban en sintaxis proustiana su vida personal con algunos de los sucesos que la historia tradicionalmente ha privilegiado en su relato oficial. Ni un ápice de chochera había en su discurso, ni un cabo suelto. Quisimos agradecer su relato con el gesto filantrópico de comprarle cinco dólares de lotería. Nos dio el doble de los billetes por el dinero que a duras penas aceptó. A las once y media de la noche, luego de hora y media de estar escuchándolo, ofrecimos llevarlo hasta su casa en Alto al Cabro. En ningún momento, ni siquiera en el trayecto en carro, apagó el radio. Antes de dejarlo en la calle Rocabado, frente al portón de su propiedad, intercambiamos números de celulares. Le anticipé entonces que habría de telefonearlo para citarnos otro día y seguir hablando. Don Gilberto, contento, aceptó hacerlo cualquier día, siempre y cuando no fuera entre seis de la tarde y la medianoche de los seis días a la semana que se dedica a vender lotería.

Desde esa noche me dije que escribiría una crónica de don Gilberto. Pasaron meses durante los cuales seguí yendo ocasionalmente al supermercado Pueblo y siempre que lo veía me detenía a saludarlo. Cierta callada discreción me previno de no precipitar la cita. Fue lo mejor, pues antes experimenté cambios afortunados en mi propia biografía. La economía tambaleante del país me sumió en la penuria económica y gracias a ésta entregué mi carro. Este infortunio feliz posibilitó mi encuentro con la calle y una nueva identidad: la del peatón. Aprender a caminar la ciudad a los treinta y siete años forzó la desaceleración de mi mirada y con ello la posibilidad de otra visión, más densa, de mi entorno y de mí mismo. De este punto de partida surgió el experimento literario de estas crónicas tránsfugas. Habiendo vivido y escrito algunas, entendí que ya era tiempo de arriesgarme a vivir ésta. A vivirla, no necesariamente a escribirla. Nada garantizaba que podría hacerlo. Nada garantiza que aun ahora su escritura no resulte un fiasco.

II.

La noche del jueves 13 de febrero fui al supermercado Pueblo y acordé con don Gilberto encontrarnos el domingo 17. Consciente de que no sería ésta una crónica “espontánea” como las que había escrito hasta ahora, me equipé como un vulgar periodista con una grabadora de mano y una cámara fotográfica. El deseo de registrar todo cuanto pudiera ocurrir en el encuentro me llevó a esos extremos. Pervivía en mí un afán de establecer una suerte de imperio de la escritura, con toda la carga de saqueo que esta voluntad presupone.

Como un expedicionario anglosajón salí del apartamento de mi compañera en la calle Wilson el domingo a las once y treinta y cinco de la mañana. En ese momento cayó un aguacero que me hizo retroceder para buscar un paraguas. Sin embargo, nada más comenzar a caminar por la calle Canals, en el cruce con la calle Aldea, dejó repentinamente de llover y sobre Santurce cayeron haces de luz blanca. Empuñando el paraguas cerrado como un cayado y sintiéndome ridículo al hacerlo, proseguí mi caminata hacia Alto al Cabro. En la Ponce de León, esquina calle Villamil, observé una grúa que ocupaba la mitad de la avenida y trajinaba en la construcción del Metro Plaza Towers. Más adelante, en la frontera de Miramar, se construía el Miramar Cosmopolitan Towers. Ambas edificaciones se erigen como paréntesis monumentales dentro del cual subsiste el barrio ruinoso de Alto al Cabro. Ambas edificaciones mostraban en toda su grandilocuencia el lado siniestro y banal de la soñada Ciudad Mayor. No hablaría con don Gilberto sobre la expropiación de su antigua casa en Antonsanti. Las grúas gigantescas explicaban ruidosamente esa parte de su historia.

Al doblar en la calle Rocabado, unas casas más adelante, encontré la de don Gilberto. Frente al portón se hallaba una señora delgada y robusta, doña Lucy, que había venido a limpiar la casa. Su presencia se me antojó inoportuna; entendí que entorpecería la fluidez de la conversación que deseaba entablar con don Gilberto. Avisado por los ladridos de Jenny, una perra sata amarrada frente a la casa, éste se asomó al balcón, nos vio y enseguida salió a recibirnos. A plena luz del día noté con minuciosidad los descalabros de su vejez, no en su cuerpo -admirablemente enérgico y fuerte- sino en su indumentaria. No vestía su habitual saco negro, pero sí una camisa de mangas largas. En ésta saltaban a la vista tres manchas de moho a la altura del hombro derecho; en el cuello cerrado por una corbata era notable el cúmulo de sucio que delataba su viudez de casi treinta años. Tenía como siempre su sombrero oscuro y unos zapatos marrones agrietados por el uso. Por encima de estos detalles accesorios, sobre la tupida barba blanca, don Gilberto dejó asomar una breve sonrisa de bienvenida.

La casa era pequeña. El polvo, omnipresente, no era volátil, sino que se adhería a todo como una segunda piel. Además del exiguo balcón atiborrado de cajas de insecticida Black Jack y otras que no pude descrifrar, el interior de la casa lucía como un almacén de artículos olvidados. La sala y el comedor convivían en una suerte de simbiosis incestuosa, aunque dominaba el espacio la primera. Ésta contaba con dos sofás amarillos -con un matiz crema por el polvo adherido- y una butaca reclinable negra donde se sentó el vendedor de lotería. Tenía, como siempre, el radio portátil a su lado, encendido en un volumen que impedía la conversación. En la pared opuesta a la butaca, en diagonal, tenía un televisor de diecinueve pulgadas. Detrás del sofá donde me acomodé con mochila y paraguas, estaba la mesa del comedor, convertida en alacena. Al fondo, en el estrecho rectángulo que le sirve de cocina sólo tenía espacio para la estufa. La nevera estaba al lado derecho de la puerta de entrada.

Doña Lucy enseguida se adhirió a la atmósfera cansina de los muebles de la casa. Se sentó en el otro sofá amarillo, el que quedaba justo al frente de la butaca de don Gilberto. Dijo que había venido a limpiar la casa, pero ahora que la veía, le parecía que no había que limpiar nada. Esta ceguera me aclaró que pese a lo robusto de su físico, era una anciana. Mucho más joven que don Gilberto -que tiene noventa y ocho años cumplidos- pero anciana de todas formas.

En una libreta había anotado algunos temas que me interesaba conversar con don Gilberto, pero ante la presencia de doña Lucy no me animaba a comenzar. El viejo, por fortuna, no esperaba de mí una entrevista; le bastaba con tener un público cautivo para poder hablar de cualquier cosa, en especial con doña Lucy. Apenas comenzaron a discurrir sobre la salud y las medicinas que cada cual tomaba, los interrumpí para pedirle a don Gilberto que por favor bajara el volumen del radio. Lo apagó y prosiguió haciendo el inventario de sus medicamentos, todos naturales, pues, según él, los medicamentos recetados, aunque más baratos, no llegan al hueso. Se levantó para mostrarme la mesita al lado del televisor que le sirve de botiquín. Frascos grandes de Arthi-Lite y Megazyme-Ultra, entre otros, se exhiben allí como pendones contra la enfermedad. Con éstos el viejo se declara saludable y protegido de dolamas.

La conversación luego derivó hacia la religión. En este renglón don Gilberto es el retrato fiel del nacionalismo albizuista. Dirigió nuestra atención a una mediana Virgen del Pozo colocada al lado izquierdo de la puerta de entrada y a los tres velones blancos que tiene detrás de la figura de yeso. Nos dice que dondequiera que ha vivido, siempre he llevado mis santos y siempre tengo tres velones encendidos. Este icono, así como los cuadros laminados que cuelgan de las paredes -todos con motivos católicos-, no son apreciados por doña Lucy. Ésta mira al viejo con tolerancia pero con un dejo de ironía. Las diferencias religiosas entre ambos afloran cuando don Gilberto, en tono exclamatorio, declara ser católico apostólico y romano. La doña, con una sonrisa esquiva, le dice que no, que en todo caso él es católico apostólico y puertorriqueño. El viejo, enérgico, insiste en defender su trinchera religiosa: romano, dice, porque los católicos de verdad pertenecemos a Roma. Doña Lucy se abstiene de contradecirlo, pero planta su bandera disidente: yo soy evangélica pentecostal. Entretanto, yo permanezco invisible en la conversación.

Extraigo entonces de mi mochila la cámara y la grabadora de mano con la ambición de registrar la conversación. Al ver los implementos, doña Lucy manifiesta su descreimiento hacia mí. Defiende con celo su privacidad: no me retrates que esas fotos después las alteran y hacen con ellas cualquier cosa. Aprovecho la coyuntura para hacer una suerte de declaración de propósito. Soy escritor, le digo, no periodista y he venido aquí para conversar con don Gilberto. Si usted no quiere, no la voy a retratar: hacerlo sería una falta de respeto. Ella sigue descreída y me mira como si fuera una de las cosas que más abomino: un manipulador de los medios. Me desentiendo de ella y tomo par de fotos al viejo. Doña Lucy entonces dice que está cansada y que mejor se va, pero no lo hace. En su lugar, se reacomoda en el sofá para asumir la posición pasiva de oyente. Por ahora, esa capitulación me basta.

Me excuso un momento para ir al baño. Para llegar a él tengo que cruzar uno de los dormitorios. Éste, semioscuro, sirve de almacén a cachivaches que apenas logro discernir. Contra una de las paredes está recostado un cuadro laminado de Albizu, todavía joven, con la boca abierta en protesta contra alguna iniquidad colonial. No distingo otra iconografía nacionalista y prosigo al baño. En contraste con el barroquismo religioso de la sala y el comedor, el baño parece dilapidado. Es en este rincón, el más recóndito de la casa, donde mejor se retrata la precariedad de don Gilberto, la sordidez de su vejez. Las paredes desnudas tienen un empañetado desigual y manchas viejas de humedad. Un inodoro probablemente sin limpiar hace meses, una ducha con el piso en cemento crudo y un lavamanos verduzco con un minúsculo resto de jabón constituye todo el inventario del cuarto. No hay siquiera una toalla y la única ventana, por estar muy baja y faltarle algunos listones, está cubierta por un plástico sucio. En conjunto se tiene la sensación de que la estructura está a punto de colapsar.

Al volver a la sala, don Gilberto hablaba de su vida. Nació en 1910 en Utuado y fue criado por su abuela hasta los nueve años. Su escolaridad fue mínima, hasta el cuarto o quinto grado. En 1919 la abuela lo manda en tren al viejo San Juan. Llegó a la Plaza Colón a las nueve y media de la noche cuando las puertas de la zona colonial ya estaban cerradas. No pudo, pues, llegar al Hotel Central, propiedad de una hermana de su abuela, quien a partir del día siguiente le dio techo y comida. No volvió a la escuela y se dedicó a trabajar en lo que pudiera ser útil en el hotel. Allí permanecí, nos dice, hasta que me hice hombre.

Ya adulto se dedicó a trabajar como maestro de obras de la construcción en San Juan, Nueva York, Filadelfia y Chicago. En esta parte de su relato comienza a asomar el orgullo de don Gilberto. No dice colaboré ni participé en tal o cual proyecto de construcción. Su memoria y su discurso se tornan subjetivos, totalizadores. No es de hombres como él, curtidos en el nacionalismo de armas tomar, andarse con melindres. Dice yo construí la plataforma del Caribe Hilton y la Plaza de Armas de San Juan. Construí muchas de las casas de El Condado, puse toda la caoba de La Fortaleza en los tiempos de Muñoz y en Santurce, en la calle Las Flores -mi calle, interpone doña Lucy- hice en cemento todas las casas de madera que había. Ahora que escribo estas líneas, opto por desatender la voz grabada en casete para buscar una imagen que aquilate la estatura que don Gilberto representa de sí mismo. Mientras explica con prolijidad la manera cómo construía las casas de cemento en la calle Las Flores, viene a mi memoria un cuadro enorme de un obrero, pintado si no me equivoco por Augusto Marín. Es un homenaje grandioso en que el espectador del cuadro se ve forzado a mirar hacia arriba, a un andamio donde el obrero, una figura masiva, muestra su colosal orgullo proletario. Reconozco de inmediato que no es ésta la imagen correspondiente a don Gilberto que de socialista no tiene nada. Su discurso no reconoce la lucha de clases. Su heroísmo es menos gregario.

III.

Vuelvo a escuchar la voz de don Gilberto cuando fractura el relato de sus tiempos de maestro de la construcción. Incorpora una digresión sobre sus problemas con unos obreros dominicanos que trabajaban en una estructura al lado de su casa. Según el viejo, los dominicanos tiraban escombros en su propiedad. Cuando se percató de lo que hacían, salió de la casa a enfrentarlos. En este punto su discurso abandona el estilo indirecto. Sin levantarse de la butaca, su gestualidad deviene teatral, con movimientos enérgicos de torso, brazos y cabeza. Su voz atronadora denuncia el abuso. Me recuerda a Teófilo Torres en el monólogo El Maestro de Nelson Rivera. Igual de vivaz, igual de apasionado. Se distingue del Albizu de Teófilo en que su discurso es más montuno y violento. Explaya entonces por primera vez su grito de guerra, un leitmotiv que repetirá a lo largo de la conversación. Cada vez que exige la enmienda a algún agravio termina con la siguiente amenaza: si no dejas de hacer tal o cual cosa, salgo ahora mismo y te pico como el que pica carne pa pasteles. El estrépito despierta a Doña Lucy de su modorra. Aprovecha la coyuntura para relatar sus problemas con algunos dominicanos que viven en su calle. La conversación degenera en lo peor del nacionalismo: el chauvinismo y la xenofobia. De los dominicanos dicen que son la gente más puerca del mundo; de los americanos, que son más malos que los judíos. Aquí don Gilberto inserta una disquisición sobre los criminales más grandes del mundo: Estados Unidos. Han destruido dos naciones: Afganistán e Irak. Quemaron a Irak porque el barbudo había tumbado las torres. Pero fueron ellos mismos. Fíjate –continúa con una voz a punto de romperse por la indignación– que con las bombas matan todo: mueren niños, personas mayores, animales. Hasta esa iguana. Y eso es una vida. Cuenta entonces que a veces lo visita un lagartijo al que le da pan. Aunque lo hace, dice que no le gusta poner pega a los arrieritos. Preferiría conseguirse un gato que esté dentro de la casa, porque con un gato los ratones no se acercan. Su sensibilidad hacia los animales se cruza con la ternura al hablar del perro que tuvo antes de Jenny: Saltarín. Convivió con el perro en la casa de Antonsanti y se lo trajo con la mudanza a la casa donde conversamos. Un día Saltarín -fiel a su nombre– saltó por encima del portón y se lo mató un carro.

Decido salir de mi pasividad para dirigir el relato hacia su quehacer político. En este aspecto de su biografía se destaca su relato sobre la Masacre de Ponce en 1937. Desde el año antes entrenaba cadetes con rifles de palo en Guavate. En ese tiempo Albizu había dicho en Humacao que Puerto Rico no tenía bandera, que la que tenía era cubana y que la de Lares era la de Santo Domingo. Para llenar esta carencia simbólica se diseñó y confeccionó la bandera de Puerto Rico. Enseguida don Gilberto interrumpe la narración y busca en su cuarto la bandera. Es un momento solemne para él. Con una mano aguanta el asta y con la otra extiende la tela. Es una bandera minimalista: un rectángulo de tela negra con una sola estrella blanca. Henchido de orgullo patriótico, no le importa sostenerla un momento en lo que busco la cámara para retratarlo.

En su cuerpo está cicatrizada la Masacre por las dos balas que recibiera, una en el costado izquierdo y la otra en el brazo derecho. Tuvo mejor suerte que dos de los muchachos que entrenaba en Guavate y que murieron en el tiroteo. Se salvó de la muerte, pero no de la cárcel La Princesa, donde fue condenado a cumplir diez años. Cumplió cuatro en prisión y los restantes seis en probatoria. En La Princesa, en un área que se conocía como la placita, se reunía con los demás presos nacionalistas, Albizu y Corretjer. En la cárcel confirmó lo que un año antes le había dicho a Albizu: la revolución no se puede hacer con la lengua, hay que usar las armas. Si uno habla, con la lengua no hace nada. Si usted tiene corazón puede morir en un tiroteo, pero si usted no tiene corazón no muere en ningún sitio. Muere en su casa debajo de una cama.

Al preguntarle sobre la razón del fracaso de la insurrección nacionalista explica con sencillez: no había verdadera unión en el Partido. Ni la hay todavía. Cuando Lolita Lebrón, prima hermana de su madre, asaltó la Casa Blair, no le dijeron nada. Él, que vivía entonces en Estados Unidos, hubiera participado. Tampoco le avisaron cuando la revuelta de Jayuya en 1950. Por la falta de unión, añade, no se dio el plan de tomar por asalto, no sólo a Jayuya, sino también a Ponce, Lares, Adjuntas, Utuado, San Juan y Río Piedras.

Doña Lucy, que lleva un rato dormitando, de pronto comenta que la conversación está muy interesante, pero que tiene que irse. Pero no se va y enseguida vuelve a adormilarse en el sofá.

Anticipo que el resto de la conversación será un recorrido por los lugares comunes del nacionalismo albizuista. Aun así formulo las preguntas de rigor como quien cumple una penitencia, simplemente porque ya hemos tocado fondo en las ruinas de una utopía fracasada. Para que el relato no se vuelva mustio y recupere al menos la dignidad del coraje, le pregunto cómo fue su interacción, si alguna, con Luis Muñoz Marín cuando trabajó en la remodelación de La Fortaleza. Su relato sobre el patriarca popular me consternó. En lugar de la diatriba izquierdista que esperaba, don Gilberto afirmó que Muñoz Marín siempre fue independentista. Independentista de la secreta, comentó en un momento de vigilia doña Lucy. Cuando le cuestiono sobre la abdicación del ideal independentista por parte de Muñoz Marín, don Gilberto me explica un extraño esquema de soborno en que el gobierno de Washington tenía sometido al fundador del P.P.D. Sintetiza: si Muñoz se declara independentista, muere preso como don Pedro. Contrarresto diciéndole capciosamente que entonces no era de los valientes como usted y Albizu. No, no era igual, me dice, pero Muñoz tenía su rabascá. Mientras me cuenta un incidente entre Augusto Álvarez, entonces alcalde de Río Piedras, y Muñoz Marín, me parece entender la secreta admiración de don Gilberto. A sus noventa y ocho años, muy pocas cosas fuera de los gestos individuales siguen teniendo valor. Los gestos patrióticos devienen barriales. El hecho de que Muñoz Marín tuviera rabascá, es decir, que en público mostrara gestos de guapetón con Augusto Álvarez, equivale en valor a la amenaza machetera del viejo nacionalista de cortar al que lo agravie como se corta la carne pa pasteles.

En las disquisiciones políticas de don Gilberto hay nostalgia por el caudillo, por el líder fuerte que rija los destinos del país, pero más aún manifiesta un trastoque en su escala heroica, en su protagonismo histórico. Lo observo sentado en la butaca gesticulando, gritando amenazas a fantasmas, insultando a un doctor con quien tuviera una desavenencia, y veo el tamaño de su miseria. Parece un Principito envejecido y sin capa, sentado en su butaca como si fuera un trono, aprovechando la casual audiencia para proclamar su heroísmo doméstico. No deja de soñar un escenario más amplio, pero con el fin, no de cambiar el país, sino de fijar en el calendario nacional la fecha del Domingo de Ramos como el día en que se conmemore la Masacre de Ponce. La mutilación del nacionalismo reducido a efeméride. El sueño no deja de ser espectacular: desea organizar una caravana-marcha –enarbolando la bandera negra– que recorra algunos pueblos del centro de la isla y termine en Ponce. Así, asegura don Gilberto, la gente sabrá que una persona estuvo en la Masacre de Ponce y todavía lo recuerda.

En un plano más personal, sólo desea arreglar y vender bien la casa de la calle Rocabado y comprar cinco o seis cuerdas de terreno entre Vega Alta y Toa Alta. Entonces sí, a sus noventa y ocho años, sin bastón, se retirará de vender lotería para dedicarse a su mayor pasión: criar gallos de pelea. Se trata de una vuelta a su juventud, a su origen: Utuado. Allí, en otro tiempo, dice haber criado mil gallos de pelea. La hipérbole no me preocupa tanto como la laguna que el detalle planta en su relato. En ningún momento, ni en esta conversación ni en la que sostuvimos antes en Pueblo, me había hablado de un regreso al centro de la isla. Este disloque del relato podría ser producto de un olvido o un principio de senilidad; en todo caso permite entrever un rasgo clave de don Gilberto: su inmadurez. Lo regresivo de su deseo de volver a criar gallos, a los noventa y ocho años, expresa un ansia de vivir, sin duda, pero también la negación de la muerte, de su muerte: tema del que no habla. Igual que cientos de consumidores que a diario no lo ven en Pueblo, el vendedor de lotería vive proyectándose hacia el futuro, en su caso un futuro rural, edénico. Un futuro que niega el sepulcro.

IV.

Apagué la grabación y eché a un lado mis apuntes. Opto por volver a mí sin los implementos que apoyan la torpeza periodística. La prolijidad de detalles que registran no me sirve. Tiene razón Gombrowicz cuando dice que la imperfección es superior a la perfección porque la primera es más constructiva. La imperfección constructiva: así quisiera pensar esta crónica. Pero es sólo una imagen feliz, otra ilusión de la escritura. Todavía no he contado los fiascos.

Se me hace tarde, le dije a don Gilberto, debo irme. Doña Lucy, por fin, se levantó del sofá para marcharse. Antes de que partiera, don Gilberto le pagó por haber ido a limpiar la casa, aunque la doña no había hecho otra cosa que escuchar y dormitar en un sofá. El viejo no se sentía timado. Haber contado con la presencia de doña Lucy por dos horas era digno de retribución y de agradecimiento. Conmigo bastó un apretón de manos.

Aproveché que doña Lucy caminaría hasta la calle De Diego para irme con ella. Movido por la falta de discreción, por la gula de cronista, se me ocurrió al instante que la larga caminata por la Ponce de León podría servirme para inquirir sobre la doña. Ésta contestó algunas de mis preguntas, pero siempre con parquedad y abierta desconfianza. Tal vez para callarme o porque era parte de su temperamento, tras caminar dos cuadras, afloró lo más canalla de su personalidad: la intolerancia religiosa. Dijo que las imágenes de vírgenes y santos que don Gilberto tenía en la casa eran pura idolatría, pero que él sabiéndolo había escogido perderse y no ser salvo… Enseguida la perdí. Entre mi intolerancia hacia la religiosidad de pandereta y la vehemencia de su inquisición, se zanjó un abismo insalvable. Ella seguiría descreyendo de mis intenciones y yo jamás sería capaz de trasponer la opacidad de su coraza pentecostal. Al llegar al cruce con la Parada 18, me despedí y viré hacia la izquierda. Mi desmesura había encontrado en doña Lucy un oportuno traspié.

Días más tarde, en medio de la reescritura de este texto, recordé un detalle que mi mirada no había querido ver: la mierda. Recordé que, finalizada la conversación, doña Lucy, don Gilberto y yo salimos de la casa, y justo al lado del balcón había una plasta fresca de la perra. Doña Lucy no la notó, don Gilberto menos. Allí, sobre el cemento, probablemente quedaría hasta que el Sol y la lluvia la removieran. Esa plasta que nadie limpiaría era el emblema de la decadencia y el abandono que impregnaba aquella estructura ruinosa. No era el hogar del nacionalista más longevo del país, como había creído al entrar y salir de la casa por primera vez. Ahora que el recuerdo me había permitido entrar y salir de nuevo, me consta que allí un viejo pobre subsiste vendiendo lotería. Su historia, de un heroísmo doméstico, se hunde en la obsolescencia. Como el barrio mismo de Alto al Cabro: una vieja excrecencia urbana que dos condominios en construcción comienzan a cercar.

Si la escritura es un registro de la memoria, también lo es del olvido. La crónica que me había dispuesto a escribir pretendía apalabrar lo que Kapuściński en Encuentro con el Otro llama la finalidad del diálogo: “la comprensión mutua, la cual, a su vez, lleva a un acercamiento mutuo, dos cosas que se consiguen a través del conocimiento”. Sin embargo, hace una semana o semana y media, fui al supermercado Pueblo y en la entrada, como de costumbre, sentado en su silla plegable, estaba el vendedor de lotería. Al salir del comercio fui a saludarlo. Lo llamé por su nombre, nos estrechamos las manos, pero su mirada estaba vacante. No me reconocía. Pensé entonces que nunca me había llamado Francisco y que en lo sucesivo tampoco lo haría. Era ése, justamente, el saldo del encuentro: mi recuerdo y su olvido.

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