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Archive for 12 mayo 2008

Por F.F.A.

 “La verdadera patria del escritor emigrado es la lengua en la que escribe.” –Joseph Roth, El bozal para escritores alemanes  (1938′)

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El epígrafe despierta asociaciones inmediatas. Para un lector medianamente suspicaz la relación entre literatura y exilio en el 2008 es casi un lugar común. Casi, pues todavía, más allá de los ejemplos archiconocidos de escritores exiliados por razones políticas, el tema todavía admite reformulaciones conceptuales que detonan escrituras que retan la dictadura light de la industria editorial. Tres ejemplos bastan. En Diario de la galera, Imre Kertész sentencia que su “reino es el exilio” para reterritorializar su escritura desde el inxilio de la Hungría comunista. En Entre paréntesis, Roberto Bolaño señala que “(t)oda literatura lleva en sí el exilio” para desafiliar su escritura del solar nacionalista chileno y de la islita flotante de la literatura de la diáspora. Más recientemente, Eduardo Lalo en Los países invisibles desestabiliza la ficción de visibilidad del Occidente hegemónico que acordona el resto de los países en un invisibilizado exilio periférico. Los tres, desde estrategias discursivas diferentes, han convertido el exilio en una frontera desde la cual seguir pensando y escribiendo con densidad.

Ante estas actualizaciones recientes, el epígrafe de Roth parece simbólicamente más transparente. En efecto, Roth fue un escritor austriaco de entreguerras que sufrió el exilio doblemente: primero con la caída del Imperio Austro-húngaro en 1918 y después con su salida de la Alemania nazi en 1933. No obstante, la lectura de algunos de sus libros nos permite pensar su obra más allá de la condición trágica del exilio. La discusión de tres de sus libros nos permitirá ver tres facetas de su obra que apuntan, en última instancia, a la formulación de una escritura sobreviviente, es decir, una escritura que se piensa desde cierta inutilidad provechosa. 

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Joseph Roth nació en 1894 en Brody, Galizia, dentro del Imperio Austro-húngaro, un territorio que hoy está dividido entre Polonia y Ucrania. Era de ascendencia judía, lo cual no impidió que fuera católico y luchara en el ejército austriaco en la Primera Guerra Mundial. Con la disolución del Imperio, Roth pierde su patria, se casa y se establece en Berlín. En esta ciudad trabaja continuamente como corresponsal de varios periódicos desde 1921, lo cual le permite viajar por toda Europa y afinar su ojo crítico. En Berlín permaneció hasta 1933, cuando el ascenso al poder de los nazis hizo que optara por el exilio.

En sus doce años en Berlín, Roth publicó más de la mitad de su obra literaria, compuesta fundamentalmente de novelas. Entre éstas publicó los que muchos consideran su obra cumbre La marcha de Radetzky en 1932 y la que ocupará brevemente nuestro comentario ahora: Fuga sin fin en 1927.

Fuga sin fin narra el desgarrado periplo del protagonista, Franz Tunda, desde sus tiempos como teniente del ejército austriaco en la Primera Guerra Mundial, pasando por un exilio de incógnito en Rusia hasta derivar en Berlín y, finalmente, en París. Por medio de este accidentado recorrido de años, el narrador, identificado como Joseph Roth, revisita los acontecimientos que más le interesan de la Europa del primer cuarto del siglo XX: la caída del Imperio Austro-húngaro, la revolución bolchevique, la decadencia de la aristocracia y la consolidación de los valores burgueses en países como Alemania y Francia. Al final de la novela el narrador dice de Tunda: “Nadie en el mundo era más superfluo que él.” El ex teniente, ex bolchevique, ex protegido de su hermano Georg deviene al final un apátrida sin profesión, sin amor y sin ambiciones en París. De esta forma, Fuga sin fin puede leerse como la historia de un hombre arrastrado por los accidentes históricos de la guerra y la posguerra, cuyo devenir queda suspendido en el estupor que le provoca una comunidad europea que entiende arruinada. Es significativo en este sentido el comentario de Tunda a tres franceses: “Ustedes quieren conservar… una comunidad europea, pero primero tienen que crearla” (136).

La novela, por lo demás, es de corte tradicional tanto en la linealidad de su discurso realista como en su estructura, construida en capítulos cortos. Su mayor interés radica en el brillo de un estilo rápido e incisivo que le imprime a la novela un ritmo sostenido sin tiempos muertos. Su capacidad de sintetizar descripciones vívidas de ciudades como Berlín y París justifica con creces su lectura. El ojo crítico del narrador, su gesto continuo de reflexionar sobre los espacios por los que discurre la acción novelesca, es otra marca de su escritura.  Estas cualidades, de hecho, acercan Fuga sin fin al oficio de subsistencia de Roth: la de cronista de periódico.

De su continuo trabajo como corresponsal en Berlín se han compilado treinta y cuatro crónicas bajo el título de Crónicas berlinesas. En éstas se hace notable el talento escritural de Roth. La agilidad de su palabra, su poder de síntesis y la solvencia crítica de su mirada nos da una radiografía exhaustiva del Berlín de entreguerras. Ningún aspecto de la vida de la ciudad parece poco interesante para el cronista. Lo mismo puede dedicar una crónica a la comunidad de inmigrantes judíos, a un refugio de indigentes, que a los baños turcos o la subasta de figuras de cera en el Lindenpassage. Además del amplio abanico de temas, las crónicas brillan por la impronta crítica del ojo de Roth y el desenfado de su pluma. Tómese como ejemplo su mirada acerba al gueto judío en Berlín, según se consigna en Contemplación del muro de las lamentaciones en 1929: “No constituyen ninguna nación; son una supranación, acaso la forma anticipada, futura, de toda nación. Hace ya tiempo que abandonaron las formas más burdas de ‘nacionalidad’: el Estado, las guerras, las conquistas, las derrotas.” (39) El texto concluye con un ataque al sionismo: “… en realidad, los siete sabios de Sión que dirigen el destino del pueblo judío no existen. Sí que existen, por el contrario, los idiotas de Sión, y son cientos de miles, todos ellos incapaces de comprender el destino de su pueblo”. (42) Que la historia probara lo contrario y que en 1947 se creara el estado de Israel, no hace mella a la voluntad crítica de Roth contra su propia ascendencia.

Muchos textos de Crónicas berlinesas constituyen piezas maestras de la crónica, ese espacio de condensación textual, ese punto de inflexión, según Susana Rotker, entre el periodismo y la literatura. Y, sin duda, todas responden a la pulida mirada metonímica que Roth explicita en Paseo: “En vista de los acontecimientos microscópicos todo pathos es en vano, se pierde sin sentido. Lo diminuto de la partes impresiona más que la monumentalidad del conjunto. Ya no necesito los gestos ampulosos, que intentan abarcarlo todo, del héroe del teatro universal. Yo soy un paseante”. (15) El volumen de crónicas cierra con El auto de fe del espíritu, texto que se compila también en La filial del infierno en la Tierra, el último libro que comentaremos.

La filial del infierno en la Tierra recoge treinta y cuatro artículos, publicados en su mayoría en periódicos en Praga, París y Viena, junto con cuatro cartas a su amigo, el escritor Stefan Zweig. Los textos están fechados  desde 1933 a 1939, año en que Roth muere, según sus biógrafos, empobrecido y alcoholizado en París. En éstos se asoma progresivamente la amargura existencial del escritor ante el embate que supuso este segundo exilio, en esta ocasión de su patria literaria. Exilio, de hecho, no es la palabra que define mejor su situación, pues, según Roth, fue desterrado espiritualmente por los nazis. Esto es, sus libros fueron quemados en la Brandnacht (noche de quema de libros) el 10 de mayo de 1933 y en lo sucesivo fue prohibida la entrada de éstos en suelo alemán. Con esta nueva situación, Roth perdió su principal espacio de interlocución literaria. De 40,000 ejemplares que constituían la media de una edición de un autor alemán (sin excluir, por supuesto, a los judíos alemanes) se redujo a una tirada de 3,000 a 4,000 ejemplares que se distribuían con muy poco éxito en Viena -antes de la ocupación nazi en 1934–, en Praga y, de forma casi heroica, en París. Pese a esta precariedad literaria, Roth jamás dejó de escribir novelas, entre las que se destacan Confesión de un asesino (1936), La cripta de los capuchinos (1938′) y La leyenda del santo bebedor, escrita en 1939 poco antes de morir.

Asimismo, sus artículos en la prensa, según deja constancia La filial del infierno en la Tierra, fueron prolíficos y contundentes en su temprana denuncia contra el Tercer Reich. Sin haber vivido el horror de la Segunda Guerra Mundial, los textos de Roth estremecen por la lucidez casi profética de sus análisis sobre las implicaciones del régimen nazi para Alemania y toda Europa. Más aún, su denuncia se extendió desde muy temprano contra el resto de los países europeos que, con mal disimulado antisemitismo, optaron por la neutralidad ante el montaje propagandístico del régimen. Así lo dice en Lo inexpresable (1938): “¿Quién quiere saber algo de esto? El mundo se ha vuelto apático y sordo, desconfiado frente a los que dicen la verdad y confiado frente a los que difunden la mentira. Sé que escribo en el desierto…” (143) Y remata poco después: “Y la más terrible de ‘las pretendidas atrocidades’ de la que aún hablarán nuestros bisnietos, es el embotamiento de un mundo que se ha convertido en un no-mundo”. (144)

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Ni la desesperanza de escribir “en el desierto”, ni el desarraigo que supuso su doble destierro le impidieron a Joseph Roth reconocer con valentía la condición fracasada de su escritura apátrida. Tan temprano como 1933 en El auto de fe del espíritu, el escritor consigna, a propósito de la quema de libros orquestada por Goebbels: “En estos días en que la humareda de nuestros libros quemados sube hacia el cielo, nosotros, los escritores alemanes de sangre judía, debemos… cumplir con el más noble deber de los guerreros vencidos con honor: reconocer nuestra derrota.” (26) Este reconocimiento, unido a la precariedad económica y la pérdida de interlocución literaria, tampoco impidió que siguiera escribiendo sin falsas ilusiones. Al contrario, tan tarde como en 1938, asumía la inutilidad de su quehacer: “Hay que escribir precisamente cuando uno ya no cree que se puede mejorar nada por medio de la palabra impresa”. (141)  No en balde, apátrida por partida doble, ese año formuló la cita del epígrafe, en la que reterritorializa la lengua alemana como su verdadera y única patria posible.

Escribir sin patria, en la pobreza y sin interlocución literaria; escribir con plena consciencia del fracaso, sin negar la impotencia y asumiendo la inutilidad de la escritura: son algunos de los rasgos que hacen de Joseph Roth un escritor sobreviviente. Que se recupere en la historia literaria como uno de los grandes escritores centroeuropeos del periodo de entreguerras o como uno de los mejores de la literatura alemana del exilio, es importante, pero no basta. La actualidad de su obra no se halla en el contexto de un tiempo histórico ni de un corpus literario particular. Roth nos interesa más por la impronta crítica de sus textos, la viveza de su estilo y por la lúcida estrategia de supervivencia ante el fracaso. Su cuerpo, lo sabemos, cedió a los embates del delírium trémens; su escritura, no. Por lo demás, las reediciones recientes de su obra nos lo prueba: a veces el fracaso no es más que un estadio transitorio, un periodo amargo de miopía cultural.

 

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Por Pancho

 No viajo en la guagua aérea. Aquí, en la guagua A9, no se contrabandean esperanzas, ni transitan los puertorriqueños que aman la risa sobre cualquier cosa. Esta guagua no inspira metáforas aladas, ni folclorismos trasnochados. Es terrestre, ruidosa y bamboleante, demasiado real para cantar, en clave barroca, las bondades de la identidad nacional –con la diáspora incluida. Tal vez por no estar suspendida a 31,000 pies sobre el nivel del mar, la A9 no columpia utopías reivindicadoras.

 Era jueves, ocho y diez de la mañana, y la A9 cruzaba la avenida Fernández Juncos. Mostraba a esa hora, con el sol todavía mustio, la trastienda del Santurce que en otro tiempo, hasta finales de los sesenta, fue la zona comercial más importante de San Juan. Ni siquiera el edificio de estacionamiento de la Roberto H. Todd fue suficiente para que Santurce se ajustara a la dictadura del automóvil y siguiera siendo un destino comercial importante. 600 estacionamientos no podían competir con los 11,000 de Plaza Las Américas. Hoy la Fernández Juncos subsiste comercialmente: bares, salones de estilismo, talleres de mecánica y un puñado de negocios de mediano calibre se esparcen entre estructuras deterioradas o completamente derruidas. Pero es sólo eso, negocios subsistentes, los residuos que quedaron de la fuga de capital hacia las zonas suburbanas de la ciudad.

 Venía pensando en todo esto en la A9, cuando la voz de una señora me devolvió bruscamente a la convivencia pública de la guagua. La voz procedía del último asiento; como casi todos los pasajeros no me volteé y me limité a escucharla.

 –¿Qué hora es? –preguntó preguntándose a sí misma–. Déjame ver mi celular. Lo escrutó pero no pudo leer la hora.

–Mira a ver lo que dice -le pide a un hombre presumiblemente sentado al lado suyo. El hombre, algo sobresaltado, contestó:

–Yo no sé. Es que yo no entiendo de letras.

–¡Ahhh! -reaccionó la señora. Enseguida, con otro guión que abría un nuevo parlamento y la apartaba radicalmente del analfabeto a su lado, dijo:

–Yo soy una profesional. Lo que pasa es que sin espejuelos no puedo ver nada.

Coincido con ella. Sin anteojos no puede ver siquiera la violencia contenida en su alarde de educación. Otro pasajero, sentado frente mí, tuvo el tacto de callar su despropósito indicándole la hora con voz firme. Las ocho y cuarto.

 La guagua salía de Miramar. Después de bordear el distrito del Centro de Convenciones, cruzar  por debajo del elevado que conecta con el expreso Muñoz Rivera, se alineó con el tráfico que cruzaba el puente Esteves en dirección a Puerta de Tierra. El analfabeto entonces se acercó a la compuerta de salida. Yo hice lo mismo. Aproveché el corto intervalo antes de llegar a la parada del Millennium para observar al hombre. Es blanco, más bien bajo, robusto y delgado. Viste pantalón de mezclilla, camisa de mangas cortas con diseño de listas y zapatos negros. Exhibe un recorte de cabello reciente; por las entradas que ya dejan ver algo de cuero cabelludo, calculo que debe tener de treinta y cinco a treinta y ocho años. Al echarse a la boca una pastilla de chicle, noto que tiene manos de obrero.

 Me bajo de la guagua justo detrás de él. Le sigo a poca distancia. Cruzamos casi al mismo tiempo la Ponce de León, un islote de tierra y el carril exclusivo de la AMA. Al llegar a la acera que bordea la parte trasera del Tribunal Supremo, el hombre se voltea brevemente y me sonríe. ¿Cómo estás?, contesto su saludo. Seguimos caminando. Al final de la acera, flanqueada a la izquierda por enormes almendros plantados dentro y fuera de los terrenos del Tribunal, se levanta el hotel Normandie. Sin detenerse el hombre me pregunta si estoy casado. No distingo en su cara expectante la intención detrás de la pregunta, pero para ahorrar cualquier equívoco le respondo que sí. Como si mi respuesta fuera un instantáneo voto de confianza, el hombre se detiene para confiarme su cuita de amor. Me confiesa que hay una muchacha, una mujer que está enchulá de mí, pero yo no creo que deba estar con ella. Yo estuve enamorado de ella, pero ella se casó con otro. Ahora  que se divorció del tipo, quiere estar conmigo… El relato me sorprende más por la ansiedad de la voz que por su contenido. Ahora que lo tengo frente a mí, observo que sus cinco pies y siete pulgadas, su recorte y aspecto pulcros, así como su figura delgada y fuerte, me han engañado sobre su verdadera edad. Las arrugas en torno a los ojos dicen de un hombre que ha rebasado los cuarenta años. La expresión laxa de su boca me dicen que tiene quince, tal vez menos. La suspicacia que este desfase me provoca no amilana el ímpetu de mi interlocutor que ahora subraya el recelo que siente hacia la mujer que quiere estar con él y hacia las féminas en general, pues yo no confío en ninguna mujer. Ella quiere estar conmigo, pero yo tengo la respuesta que es no. Si le digo que sí, el tipo, su ex, que estuvo en la cárcel, puede entonces querer limpiarme. Yo he visto muchas películas de acción, mucha película de mafia en que la mujer embauca a un tipo para que otro lo mate. Y ella puede querer hacer eso conmigo. Yo he visto muchas películas de acción y eso pasa así en la realidad…

Su desesperada convicción en la verosimilitud de las películas de acción me sobrecoge. Su analfabetismo cobra la forma de una bofetada que me despierta a un tiempo al cretinismo mental del hombre y a la futilidad de mis letras. En aquel momento pensé que para mi interlocutor, Scarface no es Al Pacino en la camiseta de un aficionado al gagsta rap, sino una enciclopedia de la vida. Recrear la escena mediante la escritura, me permite desoír las muletillas, las inútiles reiteraciones para revisitar un pasaje de Comentarios sobre la sociedad del espectáculo. En éste Debord apunta -en un tono que en la primera lectura me pareció extremoso- que “[n]o sorprende, pues, que los escolares empiecen con facilidad y entusiasmo, desde la infancia, por el Saber Absoluto de la informática, mientras ignoran cada vez más el arte de leer, que requiere a cada línea un verdadero juicio y que es, por lo demás, lo único que puede abrirles el acceso a la vasta experiencia humana anterior al espectáculo”. La cita, por cierto, esclarece poco la situación en que me encuentro. Ni el hombre ante mí es un escolar, ni su incultura es producto del uso fetichista de la informática. Es peor y lo ha dicho en la guagua: no sabe de letras, ni el mínimo necesario para manipular un ordenador. El juicio de Debord palidece ante el hombre frente a mí. Mi interlocutor es el grado cero de la incomunicación simbólica. El balance es grotesco: un hombre que modela su vida amorosa según las películas de acción, ese detrito del espectáculo hollywoodense.

De golpe descubro la razón por la que el hombre me ha interpelado. Hacia el final de su relato flaquea su resolución de decir no a la mujer que requiere su amor. Me confiesa entonces que está confundido y necesita un consejo. ¿Qué tú crees que debo hacer? Debido a mi experiencia matrimonial el hombre ha supuesto que tengo talento como Doctor Corazón. Por no contrariarlo le sigo el juego. Ya tú has dado con la respuesta, le digo. Me mira entonces con cara de desconcierto, con cara de que no le hable chino. Le recuerdo: dijiste que la respuesta la tenías tú y era no. No es suficiente; el estilo indirecto lo confunde. Sintetizo: me dijiste que no. ¿Qué debo hacer entonces?, insiste. Soy yo el que ahora debe tener cara de desconcierto total. Le contesto: si yo fuera tú, no me metía con ella, me evitaba problemas. Además, hay más mujeres en el mundo. No estoy seguro de que la respuesta le satisface o si la incomunicación ya le abruma como a mí. El hecho es que no me pregunta más.

Aprovecho el silencio para decirle que debo irme. Él también debe marchase. Va para el Normandie a solicitar trabajo. Yo voy a la cafetería frente al Caribe Hilton. Aunque sé que a estas alturas los nombres importan poco, le pregunto el suyo: Moisés. Francisco, le digo estrechándole la mano. Gracias, me dice y sigue su camino. Mientras cruzo la Muñoz Rivera apenas entreveo un lado del desencuentro y pienso que dejo atrás a Moisés, el hombre de las letras perdidas. Ahora que lo escribo sé que no es tan sencillo y que cuando Moisés cruzó la Muñoz Rivera, Francisco, el de los consejos chinos, fue otro también.

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