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Archive for 19 enero 2009

portadacasquillos1Por F.F.A.

Casquillos (Aventis, 2008) de J.D. Capiello Ortiz, alias el Copista Calisténico, ejerció una doble seducción para el severo lector que habitualmente soy. Mi primera lectura, por fuerza superficial, desarmó la seriedad cetácea que generalmente asumo ante el discurso poético. Para mi desconcierto y gozo, aprecié el tono de desparpajo, su decir ocurrente y maleducado (sin pleitesías con nadie ni consigo mismo) y la fluida legibilidad de su discurso. Mi segunda lectura, más detenida y concienzuda, no pudo menos que admirarse de la inteligencia de su estructura y de la coherencia de su propuesta poética. Así gozo y aprecio intelectual se fundieron para trabar una grata y sustantiva experiencia de lectura. Esta razón me ha bastado para querer compartir algunos apuntes de lectura que, aunque el texto a continuación lo desdiga, tuvo un matiz primordialmente gastronómico.

Al que lea, buen provecho.  Y al que abandone el texto, puede mirarse en el siguiente “Espejo”: “La arrogancia de unos / no es más que un reflejo al negativo / donde se proyectan las miserias / y el ego herido de otros” (pág. 55). Una cortesía del Copista Calisténico.

 

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En el prólogo de Casquillos, Federico Irizarry Natal señala con acierto que en su conjunto los textos de este poemario pueden leerse como “una suerte de bitácora de viaje”. El tropo del viaje,  común en la poesía y la literatura en general, en Casquillos toma la forma de una bitácora integrada por textos cortos, tributarios de la poesía minimalista. Lo particular es que en ésta no se consigna el gesto de un hablante poético que busca fundar su voz y su experiencia, propio del diarismo o la poesía lírica. El viaje no es introspectivo, sino desenfadadamente extrovertido, a lo largo del cual el hablante poético denominado como el Copista Calisténico (CC), cual un bufón deslenguado, consigna su lectura, casi siempre burlona, de diversos textos culturales. Las escalas de este viaje transtextual  son: el Parnaso de ciertas tradiciones literarias (la sección denominada “Homenajes”); la utilería poética y cultural (denominada “Gadgets”), y cierto mausoleo honorable (“A for Ismos”), donde se asumen paródicamente algunos metarrelatos culturales que sobreviven en la actualidad.

Estas tres escalas del viaje del CC están antecedidas por un prolegómeno titulado “Tríp(tico)” conformado por tres poemas.  En éstos el hablante poético sintetiza lo que leo como un contrato de lectura que anuncia al lector los motivos medulares y más recurrentes en las siguientes etapas del viaje. En “[   ]oda a la crítica”, el CC, con ademán irrespetuoso, no canta a la crítica, sino que la infantiliza al recordarle los criterios caprichosos del gusto (“malo y feo”) aprendidos en la niñez. Con esto, como bien destaca Irizarry Natal, la oda  se transmuta en joda y se desincentiva la pereza crítica que se arrima demasiado a las veleidades de un presunto “buen gusto”. En “Homo ludens”, el CC explicita su voluntad lúdica y, discursivamente, mediante la inversión de un dicho popular (ponerle el cascabel al gato), anuncia la intención carnavalesca de arrugar la almidonada gravedad adscrita a los discursos culturales. El último texto “Aforismo”, mediante el paralelismo del “a –” (“Normal, a normal”) anuncia lo que prospectivamente será la culminación del texto, esto es, la diseminación paródica y entrópica de varias ideologías culturales y cualquier asomo de estética vanguardista. Leo, pues, los textos de “Tríp(tico)” como una metonimia del resto del poemario. Basta leerlos para cerrar el libro o para entusiasmarse a proseguir. Con esta  degustación inicial, especie de aperitivo del buffet que le sigue, se previene al lector, sucesivamente, del desdén del CC por la honorabilidad que presuntamente otorga la crítica veleidosa, del tono lúdico que anima su viaje de lectura y del afán, bajo la máscara de bufón, de decir  “impropiedades” sobre varios discursos culturales anquilosados.

 

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“Homenajes”, la segunda sección de Casquillos, está construido como un diálogo con varias tradiciones literarias. El lector puede dar por seguro que no hallará en estos homenajes placas conmemorativas ni arreglos florales. Decididamente intertextual, la estrategia del CC es la del saqueador impune. Los textos están animados por el juego, el chiste bufo, muchas veces la pulla alevosa. Baste como ejemplo, para quienes conocen el ícono riopedrense del Che Meléndez y su consabido antiacademicismo, el texto “The(saurus) Rex”: “¡Che! / Qué chiquita / te queda la academia” (pág. 24). O esta desaturación etílica del gravoso Vallejo de “Los heraldos negros” titulado “Black Labels”: “Hay lunes en la vida, tan fuertes… / Yo no sé” (pág. 25). Sin eludir la autoparodia, el CC rinde otros sabrosos y equívocos homenajes a sus partners in crime (los escritores surgidos de la revista El Sótano 00931), así como a las figuras de Iván Silén, Nicanor Parra, Vicente Huidobro, Luis Palés Matos, Kobayashi Issa, José Luis González, entre otros. De esta forma, el CC produce una relectura desoxidada de las diversas tradiciones representadas por éstos y, hasta cierto punto, anuncia el fin de su aprendizaje poético. Esto último lo leo particularmente en los micropoemas “Selección Múltiple” y “Selección Múltiple II”, en los cuales el texto adopta la estructura de ese ejercicio de examen y el hablante poético, invariablemente, selecciona “todas las anteriores”.

 

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En “Gadgets” el CC apunta y dispara su verbo contra la utilería literaria que activa los resortes del sistema literario y el contexto cultural en que se produce. Como en “Homenajes”, domina un tono desenfadado. Sin melindres, lo mismo subraya el carácter mercantil del libro -“aquí sólo vendemos literatura / el prestigio / se lo dejamos a la academia” (pág. 35)- que ridiculiza la intelectualidad académica como un hallazgo arqueológico en “Carbono 14”. En esta parte se discierne, además, un gusto por desarticular nociones neorrománticas de la poesía mediante la interposición de imágenes prosaicas. De ahí que la poesía sea una “rasuradora eléctrica / de quien intenta cortarse las venas” (pág. 36) o que, en respuesta a los versos líricos de Julio César Pol (“Tus senos son la poesía / todo lo demás es cuento”), sugiera explorar “las posibilidades / de ponernos prosaicos” (pág. 50), versos que se leen como burdo convite erótico y resignificación del poema lírico como artefacto antipoético. Cónsono con este “despropósito”, el CC disemina un puñado de textos donde revela una actitud escéptica hacia el amor (como crianza de cuervos en “Te sacarán los ojos”, pág. 44) que se cristaliza en cinismo erótico, como en el poema “Vitae Mortem Ludens”: “Por ti muero / en ti me entierro / para ti… / todo un sementerio” (pág. 46). Así el discurso intimista, propio de la lírica, se desarticula y deviene artificio lúdico en manos del hablante poético, cuya subjetividad es una especie de trompe d’oeil de cartón piedra, el escenario para activar un maleducado decir ventrílocuo. Si, como indica en el poema “¡Pst…! ¡Poetas!” las alternativas son “ser un pequeño dios” a lo Huidobro “o un grandísimo demonio” que todo lo subvierte, ya sabemos que el CC no anda armado con un revólver, como sugiere el título Casquillos, sino con un tridente.

 

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 “A for Ismos”, la última sección del poemario, constituye el destino último del viaje de lectura del CC. Habiendo pasado por los homenajes paródicos y la desacralización antipoética de la literatura, el arte y sus mecanismos de significación, el CC apunta su tridente hacia las ruinas de ciertas vanguardias culturales e ideológicas. Materialismo histórico, feminismo, posmodernismo, capitalismo, idealismo, todo lo que huela a solemnidad y grandilocuencia es desflecado por el travestismo jodedor del hablante poético. Ningún muñeco queda con cabeza, ni siquiera el mismo CC. Así lo leo en “MinimalIsmo”, donde parodia su propio discurso e ironiza sobre el posible destino de Casquillos: “Un texto / que es tan pequeño / que cabe en cualquier zafacón” (pág. 73). Es justamente en esta última sección donde muestra con mayor claridad su ars poética: “Un gatillero no es / quien deja casquillos sobre el suelo, / sino quien entiende / que sólo se aprieta el gatillo” (pág. 74). En esta metáfora del poeta como gatillero, el CC hace patente que la poesía, como todo texto literario, es en realidad una coproducción de significados en connivencia con el lector. El poeta dispara y el lector traza y significa la dirección del proyectil. Pero incluso este tácito contrato de todo texto se subvierte con el final abierto del libro: una invitación al lector a escribir sus propios “casquillos”. Si se acepta o no esta invitación, en el libro quedará el resto de los casquillos como evidencia de una conspiración significante.

 

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Al óxido tradicionalmente solemne del discurso poético, Casquillos opone el valor lúdico como instrumento crítico de la poesía. Invita a una relectura desinhibida de la tradición, un saqueo de ésta, como si el hablante poético -y por extensión, el lector- fueran depredadores dispuestos a comer con las manos (sin modales ni modelos autoritarios) del buffet de la literatura y sus irradiaciones culturales. Esto se logra mediante el uso guiñolesco del hablante poético, el Copista Calisténico, cuya creación tuvo origen en la bitácora Aventis (www.aventispr. blogspot.com). Se trata de un ventrílocuo poético cuya “voz” quisquillosa, jodedora, a un tiempo paródica y autoparódica, desata una cruzada gatillera contra la seriedad y las convenciones artísticas que agravan y almidonan la poesía, la literatura y el quehacer cultural en general. De ahí que lea al Copista Calisténico como un exquisito bufón que hace de la apropiación textual (su dimensión de copista) un juego para regurgitar, como “estudiante” maleducado, un deportivo (y calisténico) itinerario deconstructivo. Casquillos, la cristalización de este gesto, consolida  contundentemente un decir poético desalmidonado, desinhibido y gozoso. Así, J.D. Capiello Ortiz (sin la oprobiosa tachadura en la portada del libro) logra que la poesía como arma o el poema como casquillo, aun en su oquedad, siga haciendo fuego.

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Contra listas e inventarios

Por Francisco Font Acevedo

I

El pasado domingo 28 de diciembre, Carmen Dolores Hernández publicó en La Revista de El Nuevo Día su lista de los diez libros del año en Puerto Rico. La reseñadora única del diario hace la salvedad de que los diez “escogidos” responden a sus “preferencias” y que los seleccionó entre los reseñados en el periódico durante el 2008. A esta lista añadió otros textos que entendía merecen mención en los géneros de novela, poesía, libros biográficos y autobiográficos, así como otros libros de categorías poco elucidadas como “ediciones importantes” y la coda sobre el tomo conmemorativo dedicado a Jaime Benítez.

En respuesta a esta lista, el amigo y colega escritor Alberto Martínez Márquez escribió e hizo circular por correo electrónico un texto que tituló “Reacción a ‘Los diez libros del año’ de Carmen Dolores Hernández de Trelles en La Revista, suplemento del diario El Nuevo Día, domingo 28 de diciembre de 2008″. En él AMM expone que la lista de CDH le causó “estupor” porque era “demasiado parcial y demasiado personal” y mostraba “mezquindad” hacia los libros de autores puertorriqueños que no se reseñan en el diario. Acto seguido, como remedio a esta omisión, suscribe un prolijo inventario (una lista más extensa) de otros textos publicados en el 2008 que “merecen ser consumidos por el público lector del país y fuera del país”. Los agrupó en las categorías “Revistas” y “Libros por Editorial”.

Para ir al grano, diré que ni la lista de CDH ni el inventario de AMM me convencen. A continuación expongo por qué.

  

II

Confeccionar listas de mejores libros del año, de la década o del siglo me parece una práctica periodística superflua y banal. Funcionan a lo sumo, como indica sobre la suya AMM, como “guía bastante comprensiva de las publicaciones del año”. Este buen propósito, sin embargo, es cuestionable cuando tomamos en cuenta la proliferación de libros publicados dondequiera, inabarcables aun en suplementos como el New York Times Book Review en que intervienen varios reseñadores, mucho más en el caso de El Nuevo Día que, como apunta AMM, responden a las reseñas de una sola persona. En uno y otro caso -aunque en El Nuevo Día la situación es de una precariedad penosa–, colocar libros en un top 10 (top 40, top 100 o cualquier cifra que se quiera manejar), libros que merecida e inmerecidamente han ganado la atención de reseñadores, presupone siempre la exclusión abrumadora de decenas de otros que por razones de mercado, por abundancia de títulos, o por desdén, pereza o impericia crítica (sin excluir riñas personalistas) nunca ganan la vitrina efímera de los diarios. Para tratar de salvar esta inevitable arbitrariedad, CDH hace hincapié en que su lista responde a sus “preferencias” y que es “personal y subjetiva”. No obstante, el título en el suplemento se refiere a secas a “Los libros del año”, algo así como una suerte de premiación a los valores del año en una graduación. Y todos sabemos que por la irradiación mediática de El Nuevo Día, para la mayoría de los lectores constituye La Lista. La consecuencia, pese a los atenuantes que interpone CDH, es que sus “preferencias” son tenidas como la autoridad crítica en materia de libros, una atribución –buscada o no– exagerada e irreal, que nadie que sepa algo del inabarcable mundo del libro puede arrogarse. Este efecto de la lista de CDH, no necesariamente la intención de ésta, es a lo que reacciona con visceralidad AMM.

Aunque comprensible, creo que la reacción de AMM se excede al atribuirle mezquindad a la lista de CDH. En este sentido, vale la pena delimitar lo que es la crítica literaria (o la lectura discriminante, que es lo mismo) porque ha sido el punto de partida para confeccionar la controvertible lista. La crítica literaria, por más solvente que sea quien la practique, no es más que la racionalización más o menos inteligente, más o menos informada, de un gusto personal. Con esto no quiero desdeñar la importancia de su función, pero quien haya reseñado libros, si es honesto, sabe que este elemento de subjetividad es consustancial al quehacer. Leer es interpretar y hacerlo conlleva el compromiso afectivo e intelectual de quien lo realiza; es imposible escapar de las arbitrariedades del gusto. En este sentido, no existe crítica ni lectura que se precie que sea politically correct. Por lo cual, hay que conceder que en este aspecto turbio del quehacer, CDH no oculta de su lista la marca de su subjetividad.

Pero más allá de lo antes escrito, a mí las listas de libros me importan un comino. Tienen ese tufo de graduación, de premiación a niños escuchas, de tonta página social e insípido desfile de moda. Es una práctica periodística que desaliento, que no me valida como escritor ni tiene pertinencia para mi ego tránsfuga. De todas formas, quienes se desviven por este oropel literario -muchas veces, paraliterario– deberían saber que a lo sumo significa que la obra tal gustó a algún crítico. Nada más. Otorgarle un prestigio mayor es el desatino de quienes miran la literatura como farándula, como probablemente ocurre entre muchos lectores de diarios y no pocos escritores egocósmicos que aprovechan cualquier ocasión para construirse un prestigio parroquial o mediáticamente kitsch. Puede, como ha ocurrido coyunturalmente con mi libro La belleza bruta, generar cierta irradiación mediática, pero poco más. Si hubiera sido excluido de la lista de CDH no le quitaría el valor literario que pueda tener.

De forma análoga, el inventario de AMM me deja indiferente. Entre otras cosas, parece sugerir que todos los textos inventariados merecen atención crítica, una empresa no sólo difícil, sino indeseable. ¿Qué es la crítica literaria sino un ejercicio de discriminación, cualesquiera que sean los criterios de quien la ejerza? Entiendo que AMM critique con todo su empeño los criterios utilizados por CDH, algo fructífero para la siempre escuálida interlocución literaria en el país. Igualmente, coincido con él en que es deseable ampliar los espacios de crítica literaria en El Nuevo Día;  algo que por cierto se intentara por un tiempo antes de que La Revista fuera nuevamente rediseñada en su actual forma, culturalmente anoréxica. Sin embargo, en lugar de ofrecer otros parámetros críticos, AMM se limita a inventariar “lo producido en el año y que merece ser consumido por el público lector del país y fuera del país”. Por la prolijidad del inventario, no parece haber mediado una selección crítica, y salvo algunos comentarios a un puñado de textos, la mayoría de éstos parecen tener el mérito único de haber sido producidos en la “verruga del Caribe” -al decir sin melindres de Canales. Y con esta carencia, sin duda una de las trampas de proponer listas tan largas, el inventario de AMM no remedia gran cosa la “mezquindad” de la lista de CDH.

Se me acusará de alevoso, tal vez con razón, pero no puedo dejar de leer en el prolijo inventario y el afán de AMM “de contribuir a la difusión del libro puertorriqueño” una proclama altisonante sobre el mérito de la literatura producida en Puerto Rico. Si es o no es así, que Dios la bendiga y el Instituto de Cultura la cobije en su “Biblioteca Nacional”. A mí el asunto me remite a las trincheras de la lucha del canon, el contracanon y la ya envejecida categoría de “literatura alternativa”, categorías que me hacen bostezar. Lo he dicho antes y lo recalco ahora: no me interesa esa filiación a la historia de la literatura puertorriqueña. La pertinencia de ésta, si alguna, es primordialmente pedagógica, y yo ni leo ni escribo con gentilicios. Si un libro me parece meritorio -no por los criterios de fulano o sutano, ni porque sea de mi país o no, sino por mi discernimiento y gusto personal- lo leo. Si me parece malo, lo abandono. Es lo que usualmente hace cualquier lector que no tiene la tara de leer bancaria o curricularmente, o por disciplina, o por tantos otros subterfugios lectivos que rara vez se cuestionan.

 

 III

Por último, aprovecho para llamar la atención sobre un detalle del texto arriba. Fíjense que no he rehuido usar la primera persona del singular. Aunque cada cual leerá en ello lo que quiera, permítanme dejar constancia, aunque importe poco, cuál ha sido mi intención. Con ello he pretendido subrayar que se trata de mi particular visión de los asuntos tratados, sin afanes de pontificar ni de convencer a nadie: para evangelios infames basta y sobra otro Font que por Carolina hizo su nido. Tampoco he escrito con afán dialéctico sino dialógico. No busco una síntesis, un punto medio, un convenio. Sólo he querido suscribir una posición contraria que se conforma con mantener su tensión antagónica. Pues ya deberíamos saberlo: igual que ocurre con la lectura crítica, no existe una escritura que se precie que sea políticamente correcta.

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