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Archive for 5 mayo 2009

para-muertevela

Por Pancho

 Como una pulsión impostergable, en cuanto supe por la prensa que había muerto y que lo expondrían en la funeraria Ehret, me dije que iría a rendir mis respetos al poeta José María Lima. No lo había conocido como persona, pero sí había leído con admiración gran parte de su obra publicada. Sin duda, podría honrarlo releyendo su obra o escribiendo sobre ésta, pero la humanidad de su poesía había calado a tal punto en mí –y en algunos de mis propios papeles—que el aprecio estético e intelectual me parecía poco. No soy dado a las elegías ni a los ritos fúnebres fuera de mi familia más cercana, pero en el caso de Lima haría la excepción. Había muerto un gran poeta puertorriqueño y quería expresarle, siquiera de forma modesta, como un deudo más, mi agradecimiento a su sílaba en mi piel.

Como lector de Vallejo, Lima debía conocer el poema Masa, las transacciones de la muerte con la memoria colectiva, aunque probablemente, por su conocida humildad, el poeta no vislumbrara para sí el homenaje multitudinario que el poema adjudica épicamente al “combatiente”. Además, Lima, como nos dice Mayra Santos Febres en un texto de su blog Lugarmanigua, era consciente de la amnesia cultural de la colonia, esa estática que fractura las cristalizaciones simbólicas que crean y recrean la memoria colectiva. Acaso por conocer esta precariedad, el destino de su obra después de la muerte no fuera tema importante para Lima como pudiera haber sido para cualquier otro poeta de su estatura.

El destino de la obra no, pero el tema de la muerte sí se inscribe en su poesía. La muerte aparece como un fantasma con varios rostros en La sílaba en la piel, editado rigurosamente por Joserramón “Che” Melendes en 1982. El mismo Che nos lo recordó en el homenaje artístico que se le hiciera al poeta en la capilla F de la funeraria Ehret. Leyó dos textos del libro. El primero, fragmento de un poema en prosa más extenso, dice:

“Te vas a joder” me entró al cartílago. Lo dice un nueve de diamantes que ocurre ahora completo en el tapete. “Que me joda” contesto imaginándome rey de espadas. Concluimos que la muerte ronda a este saco de huesos que echo a andar a diario. Intercambiamos monedas, retratos, pasadas experiencias de gatas histéricas, risas con sangre, un saludo cordial y más pocillos. (198)

En la cita advertimos la actitud aguerrida del poeta ante la muerte que ya lo ronda. Te vas a joder, te vas a morir, advierte el nueve de diamantes, con la violencia de una sentencia inapelable, como si advertírselo fuera a intimidar al poeta y con ello forzar alguna capitulación. Pero el poeta acepta su destino con entereza y desafío: que me joda. Y convenido el pacto futuro con la muerte, el duelo de cartas muta en camaradería.

En el segundo texto que leyera el Che, el hablante poético habla desde la muerte. Pasa balance sobre la memoria y desmemoria que se cierne sobre su tumba. Lo hace con austeridad, sin reproches ni amargura. Por esta razón no le inquieta que en ocasiones su tumba sea “inconspicua”, “una piedra más” o “un gran muro, negro y liso, infranqueable, por tanto insignificante”. No sabe si duerme o si a veces se despierta; sabe que está solo, inescapablemente solo, pero sueña un sueño único, igual e igualitario, donde todo significa, incluso “los héroes duros, fríos, amarillos”. Desde ese ambiguo interludio entre la vigilia y el sueño, el poeta nos devela la prolijidad de su visión filtrada por el silencio, que por fuerza excede la palabra y se resuelve en exclamación final:

Pasan flotando restos de cráneos de desterrados

con grandes letras brillantes en el lugar de la frente.

Faroles de sílabas que estuvieron siempre presentes,

pero que yo nunca advertí antes.

Mis ojos abiertos al silencio

me dicen muchas cosas.

¡Tantas cosas! (132)

Si en el primer poema, la inminencia de la muerte es confrontada por el poeta con cierto desafío conciliador, en el segundo, ya en su tumba, acoge la muerte con imperturbabilidad. Su muerte, pétrea como su tumba, le depara el descubrimiento de las bondades del silencio que le dirá “tantas cosas” estremecedoras.

Estremecimiento análogo provoca la muerte física de José María Lima. Desde su aparente silencio, la cálida madera de sus libros gana realce. Para el que sepa leerlos no les dejará de decir una y otra vez esos “[f]aroles de sílabas que estuvieron siempre presentes”, pero que tal vez no advertimos antes.

Así me ha ocurrido, me ocurre y me seguirá ocurriendo, en especial con los primeros treinta años de obra poética contenidos en La sílaba en la piel. Lo intuí desde la primera lectura, cuando se me impuso un fragmento de poema que coloqué como epígrafe de mi primer libro:

Recuerdo una distancia

ajena a los caminos

resistente al atisbo y los cansancios

tan densa en direcciones

que es preciso olvidarla

cuando anhelo burlar a los abismos

tan escueta que es fuerza abandonarla

si persigo

encuentros eficaces

tropiezos fidedignos

construcciones exactas

ciudades ordenadas que me alberguen. (126-127)

Un poema que es ars poético, pero lo suficientemente hospitalario para que alguien como yo, que sólo sabe narrar, lo atesore como abismo y brújula de su propio enfrentamiento con la creación.

Tuve la oportunidad de expresárselo al poeta hará unos cuatro años en las inmediaciones de Radio Universidad. Lima caminaba por allí lentamente, encorvado, calzando las sandalias que eran típicas de su indumentaria. Al verlo superé mi habitual timidez y me le acerqué. El encuentro fue brevísimo, pero significativo para mí. Quise que supiera que un lector silvestre lo había leído con gratitud; que supiera además que alguien por ahí lo reconocía orgullosamente como poeta. Sus palabras y su gesto fueron una oportuna lección de humildad.

Años después inserté en algunos relatos de mi segundo libro un puñado de líneas suyas que trababan mejor que yo algunas soluciones narrativas. Y en un futuro, si llega a buen término, completaré un libro de ensayos que lleva por título otro de sus versos, síntesis perfecta de mis exabruptos de escritor.

Ahora que lo pienso y escribo, ante tanta deuda contraída y por contraer con la obra del poeta, no extraña la urgencia que sintiera de hacerle un pequeño tributo en la funeraria Ehret. 

***

Llegué a la capilla F a eso de las seis y cuarto de la tarde del lunes, víspera del entierro. En el recinto climatizado había sólo un puñado de familiares y amigos. Aproveché la relativa soledad para acercarme al féretro e intimar con el silencio del cadáver. Tarea de entrada difícil, en breve imposible. El cadáver, con los ojos cerrados, borroneaba al poeta que conocí con los ojos abiertos. Le habían afeitado el característico bigote que lo distingue en las pocas fotografías que circulan de él en el Internet, el mismo que luciera cuando le hablé cerca de Radio Universidad y  que todavía lucía en un homenaje a Pietri y Corretjer que se organizara en el Café Seda en mayo de 2007. Peor aún, encima del féretro, adosada a la pared, había una imagen de un cristo rubio (“Aquel a quien AQUEL enviara”), ése que Lima llamara en un poema “espantapájaros universal”. Una metáfora mordaz que tachaba el icono religioso para indagar sobre la historia puertorriqueña desde el materialismo histórico. Aquella imagen, parte de la decoración estándar de las capillas de Ehret, se me antojaba como la antípoda del compromiso político del poeta, quien por autoproclamarse marxista-leninista  de vuelta de un viaje a Cuba a principios de los sesenta, había sufrido una encarnizada persecución política en la U.P.R. de Río Piedras, maliciada por casi todos los medios de comunicación de la época. Por último, vi junto al rostro del cadáver un crucifijo. Entendí entonces lo obvio: que ése que tenía ante mí ya no era AQUEL, el poeta a quien quería rendir un callado tributo, y que el símbolo religioso era probablemente una concesión a la familia. AQUEL, suspendido en la muertevela, aguardaba por ser sepultado. Una vez en su tumba, nos lo había anunciado en La sílaba en la piel,  abriría sus ojos al silencio para seguir viendo tantas cosas.

 ***

Si como dijera Ernesto Sábato un hombre dormido es un simulacro de cadáver, ¿podría un cadáver ser un simulacro de hombre dormido? Sólo para la trascendencia de la fe religiosa, con la que sabía que Lima no comulgaba y yo tampoco. Aun así, sabiéndolo en la muertevela, decidí quedarme un rato en la capilla. Ocupé una silla zaguera, lejos del puñado de familiares y amigos que de vez en cuando hacían referencia a Lima, el compañero, el profesor, el padre, el ser humano que nunca conocí más allá de un encuentro efímero. La mayor parte del tiempo hablaban sobre otras cosas, cualquier cosa que entretuviera la espera. Sentado como un deudo más, taciturno, me ocupaba en pasear la vista del féretro a las coronas de flores, de un arreglo con la bandera de Puerto Rico al puñado de gente allí congregada, del cristo rubio al perfil mulato del cadáver. Entretenido en esa calistenia de la mirada, entreoí que habría un homenaje artístico a Lima a partir de las siete de la noche. Un amigo me lo confirmó en el vestíbulo de la funeraria

El homenaje comenzó casi una hora más tarde de lo programado. Poco antes, Aurelio, el hijo de Lima, había descorrido el velo del ataúd para mover a un lado el crucifijo y colocar un cuadro de Albizu, un símbolo más caro a los afectos del poeta. La capilla, que había estado prácticamente vacía, de pronto se abarrotó. Se ocuparon todas las sillas, muchos quedaron de pie, otros se sentaron en el piso, con la trepidación de un público que acude al teatro. Era en efecto teatro, como tantas cosas de la vida, un drama para celebrar el arte del fenecido poeta. Así lo estableció de entrada Aurelio, hombre de teatro al fin, quien agradeció la presencia de todos e inmediatamente nos hizo escuchar la última grabación de la voz de su padre. De la grabadora volvía a escuchar al poeta leyendo su poesía en el Café Seda. Aquella voz ocurría en dos tiempos y en dos espacios diferentes: veíamos con dificultad su breve figura leyendo sentado mientras Aurelio le sostenía el micrófono casi dos años antes, al tiempo que acá, en la capilla F, seguíamos la caída paracaidista de su voz fañosa, al decir de Yván Silén en un poema recién publicado en Claridad. Cuerpo y voz decaían, pero el poema no. El poema encadenaba una hermosa cosmogonía de diosas tutelares, fraguada a partir de expresiones boricuas, donde  cotidianidad y mito confluían. El texto largo y parsimonioso, de cadencias exactas a la voz del poeta, sostuvo el interés casi unánime de todos, tanto de los que asistimos al Café Seda como de los que escuchábamos en la capilla F. En fin, imaginería mítica y humor provocaron la admiración y la risa en dos espacio-tiempos desfasados, señal de la vitalidad de la última poesía de Lima.

Luego de escuchar la grabación, Eric Landrón leyó un poema-homenaje. Acto seguido, Aurelio junto a dos amigos tocaron un emotivo güiro que poco tenía que ver con el cristo rubio de la pared. Otro leyó un poema luctuoso de La sílaba en la piel (“Una oreja desprendida cae”). Mientras el Che Melendes leía, un hombre canoso, pequeño, con aliento de ron, se acomodó entre la silla de la mujer que lo acompañaba y mi silla. A ese punto del homenaje, la incomodidad no era molestia. Todos estábamos de paso por el lugar, en la muertevela de Lima, incluyendo el cadáver del ataúd, en tránsito a la tumba. Allí me hubiera quedado de buena gana si otras obligaciones no hubieran precipitado mi partida. Aun así, tuve ocasión de escuchar de boca de Aurelio otro poema de su padre (“estoy unido a la extensión del cielo”), poema que me retrotrajo al lugar donde lo leí por primera vez: en un banco ya inexistente frente al Burger King de la avenida Gándara de Río Piedras. Atardecía y aquellos versos me parecían desdoblarse fuera de la página. Era como si la voz del poeta atada “a la extensión del cielo / como por un cordón umbilical” adoptara los colores de aquel lejano crepúsculo y, a través de un prolijo manifiesto humano, me sintonizara con el entorno donde transcurría el estremecimiento de mi primera lectura. Devuelto así a mi encuentro primigenio con la poesía de Lima, ya podía marcharme en paz.

 ***

Partí lacio y tranquilo. En el tren a Santurce seguí releyendo La sílaba en la piel. Allá, en la capilla F, otros mejor que yo honraban su obra, daban señales promisorias de que ésta persistiría. Si así fuera, la partida física de José María Lima no sería más que otro tributo, el de la muerte tardía, como antes, muchos años antes, lo había reclamado el poeta: “y de la muerte quiero / lo que tiene de paz”. Que en paz, sin la violencia del olvido, sigamos leyéndolo. Así, desde el silencio de su tumba y con los ojos bien abiertos, el poeta seguirá diciéndonos los faroles de sílabas que en su poesía siempre han estado presentes. 

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