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Archive for the ‘Fontografías’ Category

Flores sin luz

Por Fontógrafo

Luz nunca se inyectó Botox ni gastó miles de dólares en implantes. Nunca se hizo una cirugía plástica para tersar las estrías de sus tres embarazos, ni visitó un spa para hacerse exfoliar la piel y colocarse rajitas de pepinillo en los ojos. La vida no le permitió esos lujos, aunque es muy probable que tampoco los hubiera aprovechado de haber tenido la oportunidad. Su vanidad se satisfacía con mucho menos. Recurría a las consabidas mañas de las mujeres que pasan de los 35: pintarse el pelo y untarse suficiente maquillaje para disimular las primeras grietas de la piel. Tuvo suerte que la genética en su rostro no le exigió mucho más. Fue, de hecho, una de las pocas partidas que le ganó a la vida: vencer la vejez, aunque para lograrlo tuviera que morirse a los 49 años.

Luz nunca fue feliz con un hombre. Coleccionó cuatro fracasos matrimoniales, indicio de su vocación romántica, en particular su empecinamiento en creer en el amor. Nunca tuvo un amante menor que ella. Tuvo tres hijos –todos del primer marido– que le dieron al mismo tiempo brújula y desequilibrio a su existencia, una existencia mal balanceada entre efímeras alegrías y largos infortunios.

Luz nunca pudo terminar sus estudios posgraduados y convertirse en profesora de literatura. Nunca escribió un libro de cuentos, ni siquiera un amago de memoria; de su pluma sólo queda un puñado de cartas poco literarias. Nunca pudo viajar a Buenos Aires y tomarse un café en Santos Lugares con Sábato, su escritor favorito. Nunca leyó a Toni Morrison, a quien habría releído con fruición.

Luz no vivió para ver la salida de la Marina de Vieques. No supo del asesinato de Filiberto por agentes del F.B.I. No pudo estremecerse con la actuación de Teófilo Torres en El Maestro de Nelson Rivera. Tampoco pudo leer en el desclasificado Family Jewels la burda infamia de la inteligencia gringa en América Latina. Tuvo, eso sí, la buena suerte de no conocer el chiste en que se ha convertido la palabra patria.

Luz no conoció a tres de sus cuatro nietos, dos de los cuales son hijos de El Miope Mayor. Nunca leyó un cuento de Francisco Font Acevedo en Claridad ni escuchó una reseña de libros de F.F.A. en la radio. No pudo celebrar la mustia publicación de Caleidoscopio ni beber una taza de café negro al tiempo que leía en pantalla un post en Legión Miope.

Luz nunca conoció la obra de André Kertész, el maestro húngaro de la fotografía moderna, cuyas imágenes concitan como pocas la melancolía. Jamás vio la fotografía Flores para Elizabeth de 1976, con la cual el fotógrafo rinde un homenaje a su fallecida compañera de toda la vida.

Luz se hubiera conmovido por la foto y, de seguro, no habría escuchado los reparos de Francófago a la inclusión del libro y los espejuelos en la composición, elementos manieristas y superfluos. Y de haberlos escuchado, habría dicho: para qué hablar de composición si las flores y la camisa en la silla lo dicen todo.

Luz sabía que Pancho era incapaz de hacer un homenaje fotográfico. Tal vez por esto, el día de su entierro, le dejó dicho, por medio de un familiar, que todo en la vida –bueno o malo, sublime o pedestre, ridículo o serio—todo, absolutamente todo es susceptible de convertirse en literatura. Una idea romántica, una bella utopía que hace tiempo Pancho dejó de creer, pero que, no obstante, anima su desmesurado afán de apalabramiento.

En fin, por lo antes escrito y lo mucho omitido, yo, Fontógrafo, en ocasión de cumplirse once años sin ella, le regalo éstas

mis Flores sin Luz.
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La decapitación

Por Fontógrafo

Lo reconocí por su cara de reverendo con corbata, las venas brotadas en el cuello, las donas de sudor que de seguro le arruinarían la camisa, otra más. Nada raro en él: estaba iracundo y parecía que ladraba barbaridades a diestra y siniestra. Venía en una S.U.V. negra, flanqueada por otros tres vehículos oscuros, cuando ordenó a su chofer detenerse bajo el puente de la calle Canals. Bajó el cristal y miró a vuelo de pájaro los grafittis que coloreaban de arriba abajo ambos lados del puente.

–¡Adalberto! –rugió–. No quiero ver ni uno más, ¿me entiendes? ¡Ni uno más!
–Sí, señor –contestó Mercado con la sumisión de un perro acostumbrado al maltrato del amo.
Mercado, director de Seguridad Pública, conocía bien los exabruptos del Jefe como para no tomarlo al pie de la letra. Había que esperar que se le enfriaran los cascos antes de inquirir sobre su voluntad firme y final.
Otro día, otra actitud. En su despacho, con camisa nueva, sin sudar, y con el fijador intacto en el pelo, el Jefe conferenció con Mercado. Éste, a su vez, convocó una reunión fuera de la oficina, en el estacionamiento soterrado de la plaza de Río Piedras. Fue allí, en ese espacio claustrofóbico, caluroso e impregnado de monóxido de carbono, donde se ultimaron los detalles del plan. Ni Mercado ni el Jefe asistieron a la reunión. Yo tampoco. Lo que sé lo supe por la televisión. El diálogo fue como sigue:
CORBATA CON ESPEJUELOS: Pensé que era por las tostadoras de Ismo o por los Filiberto Vive de Río Piedras.

CORBATA DE ESPALDAS: Río Piedras es zona cero. Un cúmulo de escombros para sabandijas. No importa por ahora. El problema es éste. Mira.

CORBATA SIN ESPEJUELOS: Sí, sí. La tecata. La del puente de la calle Canals.

CORBATA DE ESPALDAS: Esa misma. Tecata y puta, a todo color y en tamaño real. Es inadmisible. Hay que desaparecerla.

CORBATA CON ESPEJUELOS: Si no la veo, no existe. ¿Es ésa la orden?

CORBATA DE ESPALDAS: No. La orden es

Durante el día las brigadas de pintores del municipio tomaban por asalto los puentes de la ciudad; de noche las brigadas de vigilancia acechaban a los grafiteros. La persecución estimuló el clandestinaje, dio respiración artificial a la noción de arte de guerrilla. Y más importante aún, de la noche a la mañana nacieron obras maestras en aerosol. En algunas de éstas se lograron sincretismos interesantes entre la subcultura del hip hop y la imaginería cristiana, entre la criminalización del grafitero y el martirio de Cristo. Un ejemplo magistral es el siguiente grafitti pintado en el puente de la Canals:

Pero con la nueva política pública de la capital, los grafittis apenas duraban una mañana en los puentes de la ciudad. Ya no eran obras efímeras que, a pesar de los accidentes de la intemperie, podían durar varios meses. Ahora eran obras prácticamente invisibles que duraban a lo sumo una mañana, tras lo cual eran desaparecidas por una brigada de pintores municipales.

Supe que se acercaba el fin cuando las brigadas de vigilantes hicieron su primer arresto en el Condado. El Art. 209 del Código Penal les proveyó el apoyo legal para criminalizar a los grafiteros y justificar otra jugosa iguala en la compra de cientos de galones de pintura grisácea con que repintar todos los puentes de la ciudad. Por temor a ser prendidos por las brigadas nocturnas, mermó grandemente la cantidad de grafiteros en la calle. Y sin grafiteros, se sabe, no hay arte público en aerosol. La decapitación del grafitti en San Juan se había consumado.

Yo, por cierto, no vi todo el proceso. Sólo presencié lo que alcanzaba mi vista: el puente de la calle Canals. Así, pintado en espantoso azul grisáceo, quedó mi puente:

Y así quedé yo:

[Fotos por Leonaya]

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Por Fontógrafo

Viste pantalón, t-shirt y camisa del mismo color, de un azul teñido de gris. De lejos parece un obrero de una compañía de carga o un mecánico. Pero no. Ningún mecánico llevaría un sombrero de paja; si acaso, una gorra. Su rostro es cetrino, de una edad indeterminada entre los 40 y 55 años. Sus manos parecen puños, sus dedos embutidos. Las chancletas que nunca se quita nos dicen que su oficio principal es caminar por la calle como si fuera su casa. Nunca anda solo, siempre se acompaña de tres bultos, una o dos bolsas plásticas y un palo de escoba. A media cuadra de distancia lo reconocemos por la peste. Hiede a orines y sudor añejo, a falta de baño en meses. Es un monstruo y se llama Yiyo.

En el Burger King de la calle San Francisco (1985) escribe Eduardo Lalo: “El monstruo es libre y verdadero. No posee las pantallas de la apariencia o del camuflaje. No puede ocultarse porque los jirones de ropa rara vez dan abasto para cubrirlo apropiadamente y porque la calle y los interiores públicos, su hábitat forzoso, sólo tienen falsas paredes. El monstruo se mueve sin horarios. No deja atrás propiedades. Su cuerpo es su sala, cualquier acera su mesa, un umbral vacío su dormitorio. He aquí la razón de su monstruosidad: el monstruo es monstruo porque no tiene las posibilidades materiales o psicológicas para ocultar su intimidad.”

Yiyo, un apodo, es lo que queda de la biografía original del monstruo de la foto. No vale la pena inquirir sobre su pasado. No tiene. Yiyo desdeña la ficción del pasado, la presunción de una existencia eslabonada por la causalidad. De aquél, del otro que fue, queda sólo el apodo. Con el fracaso y la caída perdió lo demás: el nombre, los dos apellidos, la familia, la mujer y el techo. No tiene reloj y si lo tuviera estaría detenido marcando las ocho en punto.

A esa hora de la mañana, dondequiera que se encuentre, Yiyo ofrece el espectáculo de su único ritual higiénico: lavarse los dientes. Hace unos días lo hizo en la calle Wilson. Escogió para la ocasión una casona con el techo a dos aguas. Aunque hay días que la estructura parece abandonada, me consta que la habita un abogado que insiste en combatir la edad tiñéndose el pelo de rojo. Tal vez la fachada ruinosa de la casona atrajo a Yiyo, lo hizo sentir en casa. Allí apiló los tres bultos, una bolsa plástica y un palo de escoba a la manera de un viajero que hace escala en algún aeropuerto. Entonces se sentó con medio galón de agua a cepillarse los dientes.

Que Yiyo defeque u orine a la vista de todos, no nos extrañaría, puesto que la impudicia y el desdén a la higiene son proverbiales entre los monstruos. Pero que se lave los dientes, sí. No sólo pasa por alto el concepto de intimidad de nos-otros, los “no monstruos”, al hacerlo en público, sino que, además, rompe los esquemas de inmundicia de ellos, los monstruos. La paradoja de Yiyo es clara: aunque los humores rancios impregnados en su piel y su ropa ofendan el olfato menos susceptible, sus dientes están perfectamente limpios. Limpios no, inmaculados, a juzgar por los más de diez minutos que en la Wilson dedicó a su aseo.

Este último detalle no lo comprobé yo, sino mi socia, Leonaya, que a petición mía tomó la foto de Yiyo desde el balcón de su apartamento. Yo acababa de descubrir al monstruo en su faena. No me detuve a observarlo, pues ya eran las ocho de la mañana y me dirigía a mi trabajo, aunque seguramente de no haber tenido prisa, tampoco lo hubiera hecho. He aquí otra característica de los monstruos: ser invisibles. A pesar de que proliferan por toda la isla, nada más notar su presencia la borramos de nuestro campo de visión, a no ser, como en el caso de Yiyo, que se distinga por alguna rareza. Sólo entonces, entre el asco y la fascinación, ligamos al monstruo, es decir, lo miramos de reojo. Una representación elocuente de esto es la perspectiva aérea de la foto que reproduzco aquí. Se trata de una mirada camuflada por la copa de un árbol, de una mirada fisgona y rapaz como la de un vulgar paparazzi.

Por todo lo anterior, el balance de la foto es cuando menos contradictorio. Expone la no intimidad de Yiyo, el monstruo de los dientes inmaculados, al tiempo que camufla el disimulado morbo de ésta, mi primera fontografía.

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