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Archive for the ‘Francofagias’ Category

Por Francófago

Soy consciente que al incluir el gentilicio en el título condeno este texto, si no al olvido, a la marginación. A muy pocos lectores puertorriqueños les interesa su literatura y, fuera de esta ínsula con delirios de grandeza, eso que llamamos literatura puertorriqueña es una ficción insolvente e invisible. Asumo, pues, el desprecio del extranjero, descarto su lectura. Asumo también el raquítico público puertorriqueño que leerá con algún interés estas líneas. Ahora sí, entre nos, sin la ansiedad por la no-mirada del resto del planeta, se impone comentar con algún rigor el artículo “Frente a frente: los escritores y su obra” de Carmen Dolores Hernández (CDH), publicado en La Revista de El Nuevo Día, en su edición electrónica del 4 de noviembre de 2007. En particular, intentaré deslindar un puñado de ficciones (en su sentido de cosa fingida, de impostura) que tachan con encono el deseo de leer en puertorriqueño.

En “Frente a frente: los escritores y su obra” CDH re-crea el intercambio de ideas entre seis escritores puertorriqueños que fueron reunidos en la Universidad del Turabo a principios de septiembre. Al decir de la autora, “reunieron frente a frente” a Edgardo Rodríguez Juliá, Magali García Ramis, Juan Antonio Ramos, Luis López Nieves, Rafael Franco y Juan Carlos Quiñones. La repetición del sintagma “frente a frente” del título en la primera oración del texto me hizo pensar en un fructífero intercambio de ideas, en un debate serio sobre asuntos que atañen a la literatura puertorriqueña. No puedo afirmar categóricamente que haya o no haya ocurrido, pues no asistí a la actividad en la Universidad del Turabo, pero si juzgo por lo que se lee en el artículo no me perdí de mucho. El artículo en sí es poco más que una colección de banalidades que bien podría publicarse en una revista de farándula. Preguntas como ¿cuándo, dónde y cómo empezaron a escribir? que abre el texto y la pregunta que lo cierra –¿cómo llevan a cabo el oficio?— son penosos lugares comunes del periodismo “cultural” más chato, formas de incitar la idiotez exhibicionista de los escritores. Importa poco si las preguntas las hizo CDH; aun si su tarea se limitó a compilar lo dicho en la actividad, la estructura frívola del texto tiene su firma.

De todas formas, no es esta ficción T.V. Guía la peor. Es sólo la envoltura de ficciones aún más tachables. Veamos algunas.

El discipulado literario. Al recordar sus comienzos como escritor, Edgardo Rodríguez Juliá, el otrora cronista de la crisis del muñocismo, establece que en su tiempo se buscaba, “si no la aprobación, por lo menos la lectura de escritores como René Marqués, José Luis González, José Luis Vivas Maldonado, Luis Rafael Sánchez”. Más que la descripción de una tradición perdida, la del discipulado literario, entreveo en sus declaraciones la nostalgia y acaso un reprimido resentimiento por el hecho de que los escritores más jóvenes no lo reconozcan como maestro ni pidan su consejo literario. No está de más aclarar que el discipulado literario –para lo poco que éste en realidad pueda servir– no ha dejado de existir; simplemente ha tomado otras formas y son otros los “maestros” aclamados. Por otro lado, cuando el discipulado literario se confunde con la pedagogía, hay que leer con humor la afirmación de Luis López Nieves en cuanto a que sus estudiantes de creación literaria son “nietos” de René Marqués, puesto que él se considera hijo del autor de La Carreta. Además del gesto de Papa literario que bautiza la cepa de escritores del futuro, el chiste de López Nieves presupone una genealogía literaria unívoca, como si para hacerse escritor en Puerto Rico hubiera que afiliarse a una tradición literaria bastante insufrible. Insisto que debe tratarse de una broma del autor de Seva: René Marqués, el que Manuel Ramos Otero en El libro de la muerte denostara por la cobardía de no asumir su homosexualidad, es el abuelito de todos nosotros. Es como para desternillarnos de la risa.

La tara histórica. ¿Hasta cuándo tendremos que escuchar sobre la pasión histórica de los narradores del setenta? ¿Cuál es la pertinencia de sus resultados literarios? ¿Qué nos dicen hoy los delicados juegos de ingenio para impostar una épica que nunca hubo, para rellenar el fracaso, o las mitificaciones de un remoto siglo dieciocho? Si una historia urge apalabrar es la actual, la del fracaso profundo, la de la crisis abismal. Lo demás, además de leerse como reconstrucciones de anticuario o, en el mejor de los casos, como historia entretenida, no vibra de actualidad y, por ende, va perdiendo su pertinencia.

El mini-Boom o la grandilocuencia. Llamarle mini-Boom a la literatura puertorriqueña de los setenta, como hace CDH, porque “su impacto fue más restringido” que el Boom latinoamericano, raya penosamente en el delirio. Aparte de la obvia diferencia en calidad, la narrativa de los setenta no admite siquiera el mendicante mini ya que su impacto fuera de la ínsula es nula y su difusión casi inexistente. Además, vender miles de copias allá afuera no es consolidar una literatura de valor. Para vender libros existe el mercadeo y la publicidad en la industria editorial. Una literatura de impacto y valor tendría que generar textos, esto es, obras que sirvan de referencia en nuestra geografía y allende los mares, libros cuya impronta en la memoria cultural sea duradera, más allá del paso efímero por los escaparates de las librerías. Y si bien esto se procura cumplir aquí en forma de lectura escolar obligada –esa consabida técnica para asesinar la literatura–, no es así fuera de la ínsula. Pocos lo han dicho de forma más descarnada que Eduardo Lalo en donde: “Taras del colonialismo: una literatura llena de libros que no han llegado a ser, en ninguna parte, textos.” Antes de quejarnos sobre la incompetencia editorial en Puerto Rico y hablar de la cuestionable “suerte” que ha significado el establecimiento en la ínsula de editoriales como Santillana y Norma, hay que reflexionar con más seriedad sobre la ansiedad adolescente de algunos escritores por ganar un premio literario de renombre y vender un puñado de libros fuera de aquí. Como si ello bastara para validar una obra literaria.

La infantilización de la literatura. Pero la grandilocuencia tarde o temprano revela su impostura. En “Frente a frente: los escritores y su obra” las quejas de la mayoría de los escritores por la dificultad para lograr una difusión internacional, cancelan la afirmación de CDH en cuanto a que nuestras letras “están comenzando a resonar fuera de la Isla”. Las quejas son los refritos de siempre: apenas se exporta la literatura de aquí porque somos una colonia, porque somos gente marginada, por la incompetencia editorial, etcétera. Sólo Juan Antonio Ramos ofrece una solución para superar el impasse y ganar el favor de mercados internacionales: escribir literatura infantil y juvenil. Vale la pena citarlo: “En este sentido veo que cada vez es más necesario que los escritores pensemos también en este tipo de literatura por la manera en que está avanzando y copando mercados”. Escribir literatura juvenil o infantil, por lo tanto, no tiene que responder a una inclinación artística, sino a una estrategia para vender más en más mercados. Esta ficción es sin duda la más tachable de todas, pues equivale a infantilizar la literatura en menoscabo de una obra “adulta” que se presume menos rentable. De la frivolidad adolescente pasamos a la jaibería pueril de reorientar una obra a base de efímeros criterios de mercado.

Más ficciones tachables se encuentran en “Frente a frente: los escritores y su obra”, pero algunas son de tal frivolidad que no merecen siquiera mencionarse. A manera de conclusión a este comentario, quisiera citar a Juan Carlos Quiñones, cuyas intervenciones tuvieron la virtud de no caer en la tautología ni en la cómoda cultura de la queja. Al explicar el desdén hacia la historia y la nación como motivos literarios entre los escritores más jóvenes, dice: “Una forma benévola de ver ese problema sería decir que hay una especie de división del trabajo: ya eso se hizo, lo hizo la generación del 70, ya no hay que hacerlo. Es una posición cómoda. Otra forma de verlo es desde una saludable pugna generacional que implica un distanciamiento: esta gente escribe así, pero yo no quiero escribir así. Es muy productivo a nivel literario; la literatura surge por polémicas así.” De la cita me interesa rescatar el valor que Quiñones atribuye a la polémica en la literatura, en contraposición a los posicionamientos blandengues y benévolos. Si aplicamos estas categorías al artículo de CDH, habría que concluir que estamos ante una literatura que en su conjunto le falta garra, una literatura quejosa, dispuesta a transar benévolamente por las migajas de un mercado internacional cada vez más frívolo y culturalmente equívoco. Una literatura, salvo pocas excepciones, fácilmente tachable.

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El escatológico arte de opinar

Por Francófago
Opinions are like asses: everybody has one. Con esa sentencia a quemarropa, Dirty Harry, interpretado por Clint Eastwood, desautorizó los reparos a sus modos extremos de combatir el crimen en la ciudad de San Francisco a principio de los 70. Es cierto que la cita apunta a un relativismo facilón con que desautorizar cualquier forma de debate y, en ocasiones, legitimar acciones unilaterales. Pero a mí, francofágicamente, me sigue gustando, por mi debilidad por el uso y abuso de oraciones elípticas, es decir, por un efecto estilístico, y porque diariamente corroboro en los medios del país lo que la cita sugiere: que opinar es un ejercicio excrementicio.
No siempre. Existen opiniones inteligentes, bien fundamentadas, dignas de ser ponderadas, pero en los medios son excepción. La mayoría de las opiniones difundidas en Puerto Rico sirven para armar el diálogo de una comedia de errores. Opinar en este país es un derroche, un ejemplo de incontinencia verbal, un penoso ejercicio de regurgitar lugares comunes, blasonados por palabras, como diría Delillo, sin saturación de realidad, palabras como “pueblo”, “nación”, “sociedad civil” y “democracia”. El menú es amplio y variopinto. Para los más incautos, los que gustan de mantener íntegras sus convicciones y no pensar, pueden leer las consabidas columnas de politólogos a sueldo en los rotativos del país. Para aquellos que son menos pasivos, más temperamentales o que gustan como yo del kitsch con sabor a alcapurria, pueden sintonizar emisoras como WKAQ o RadioIsla a casi cualquier hora y darse un banquete. Estos programas son de formato más abierto y dialógico, pues, además del sancocho de opiniones del comentarista o periodista de turno, permiten la participación del público radioescucha. Un manjar soberano. Con lo que opina don Culantro y doña Cilantrillo se sofríe lo que oportunamente los directores de noticias llamarán la “opinión pública”, una especie de mojito que se unta fácilmente a casi cualquier boletín de última hora.
Aunque con la radio y la prensa se crea una ilusión participativa y, con ello, se fanfarronea sobre la democratización de los medios, ninguno de éstos se acerca a las posibilidades de la Internet. Por más masivo que sea el medio, por más grande que sea su difusión, estructuralmente es unidireccional: hay un emisor y muchos receptores. Salvo por conductos muy limitados (micrófonos abiertos a radioescuchas y a televidentes, una columna de cartas del lector), la participación de quien ojea u oreja opiniones transmitidas por los medios masivos es casi nula. En cambio, los soportes cibernéticos configuran redes en las que se difumina la dicotomía emisor/receptor, dando lugar a formas de intercomunicación instantáneas en que la realimentación a veces es tan o más interesante que el texto original. Suena lindo, pseudoposmo, in, pero en realidad: Internet 101. Baba teórica, en todo caso, pues el medio no se mide por su potencial ni por su estructura, sino por sus contenidos y sus usuarios. He aquí que al examinar unos y otros, hay que decir que si bien los nuevos soportes cibernéticos fundamentan la idea de la democratización de la información, en Puerto Rico muchas veces se usan para añadir un matiz diarreico al ya excrementicio ejercicio de opinar. Es como si los espacios virtuales tuvieran un efecto de laxante. Veamos un puñado de ejemplos.

Endi.com, versión electrónica del diario El Nuevo Día, supera la versión impresa porque permite a los usuarios comentar los textos publicados. Gracias al éxito de esta herramienta interactiva, endi.com tiene en su portada una columna de notas más leídas y otra de notas más comentadas, que sirven de gancho para opiniólogos (especialistas en dar opiniones) y opiniófagos (especialistas en consumirlas) de toda calaña. En la edición de hoy descubro que una breve noticia sobre la moneda machetera, esto es, sobre la edición limitada de una moneda con el rostro de Filiberto Ojeda Ríos, ha provocado hasta esta hora de la mañana (escribo a las 6:15 a.m.) 404 comentarios. Si la cantidad no abruma, basta con leer par de reacciones para confirmar lo masivamente diarreico que en Puerto Rico puede ser opinar. Dice el JibaritoAguzao (pseudónimo, obvio): “Que Dios bendiga las manos del minero que sacó el plomo que fue forjado en forma de bala que volo [sic] a alta velocidad y penetro [sic] la carne putrefacta del asesino filiberto [sic]…” Incendiario y fascista, pero ahí está: un bolo de mierda encadenado con 403 más.

A una nota del 2 de septiembre sobre el hallazgo de un cadáver del chupacabras en Texas, comentaron más de cien personas, una de las cuales dijo lo siguiente: “al Chupacabras Chemo lo adoptó y ahora trbaja [sic] en el Capitolio le puso Lorna”. Material para leyenda urbana.

El anuncio de la publicación de la última novela de Luis Rafael Sánchez fue comentada por un tal José Luis que no tiene empacho en publicar su temeraria ignorancia al decir: “A la verdad que en este país no hay cerebros para escribir. Con ese título no vende nada. Y como siempre, tienen que meter el odio que le tienen a los americanos, estos acomplejados llamdos [sic] escritores puertorriqueños. Es como el llamado cine de aqui.[sic] Lo único que producen es basura.” Con crítica literaria así se pueden suprimir las pocas páginas que El Nuevo Día todavía dedica a las reseñas de libros.

Dejando a un lado a endi.com, ofrezco como último ejemplo de diarrea opiniológica (la palabra no existe, pero se entiende) un post reciente de Legión Miope. Mucho más interesante que el post Breve crónica de un desencuentro, un texto mustio y medio tarado, son los comentarios de los lectores, en particular la esgrima verbal entre Pancho y Juan Carlos, dos escritores implicados por el post. El balance final es una ingeniosa e idiota tiraera de fango que comprueba que una cadena de reacciones, aunque presuma de culta, no deja de ser excrementicia. Otro ejemplo que parece sustentar aquel juicio de Julio Ortega sobre el carácter fratricida de la literatura puertorriqueña.

En suma: sea usted opiniólogo o opiniófago, o ambos (como yo), creo que en materia de opiniones seguimos en pañales. O como diría Dirty Harry en estos días: cada cual anda con su propio embarre.

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Transfat Land

Por Francófago

Antes, mucho antes de convertirse en Transfat Land, las playas de Puerto Rico eran espacios desolados y, en lenguaje turístico, paraísos edénicos. Al menos así lo percibían los pocos turistas gringos que, a principios del siglo XX, llegaban a Porto Rico y descubrían que tenían para ellos solos las playas del Condado. Ir a la playa no era costumbre católica y cuando los susodichos turistas, rojos como camarones, comenzaron a bañarse a orillas del mar, se les tildó de degenerados. ¡Cómo era posible que un hombre –peor aún, una mujer—se exhibiera en paños menores sobre la arena de la playa y, luego, como un chillo colorao, se bañara en el agua salada! Era perverso, una afrenta moral contra las costumbres de la época. A nadie debe extrañar que los boricuas poco a poco hicieran suya esta forma de ocio: fue parte de las bondades de la americanización. Lo que sorprende es que, después de cien años de aquella primera invasión de camarones gringos, estemos experimentando una segunda invasión playera, esta vez de manatíes –o como dirían los cronistas españoles del siglo XVI—de sirenas boricuas.
Corroborarlo es fácil. Basta con que haya un día feriado nacional o federal para que medio país aterrice de nalgas en la playa. Una vez en el balneario de su preferencia, el observador atento hallará carne de gimnasio dispersa en un puñado de slips masculinos y bikinis a reventar, pero en su conjunto los fit freaks constituyen una especie en peligro de extinción, un atavismo que nos recuerda una estética ya superada. En cambio, cualquier observador, por más distraído que sea, notará la proliferación de sirenas que lenta y mórbidamente van transformando nuestras playas en Transfat Land.
Así lo constaté el 4 de julio, día de la independencia de Estados Unidos, cuando fui a la playa del Escambrón junto a mi familia. Me ahorro la aburrida descripción de las costumbres playeras y la denuncia ambientalista: para eso lea una crónica de Rodríguez Juliá o un comment dominical de la Montero. En realidad, de todo el barroquismo consumista que presencié sólo me interesó lo que más llenaba la vista: las sirenas. Cámara en mano me dispuse a documentar el fenómeno. A continuación comparto con ustedes algunos de mis hallazgos.

Es cierto que a distancia es poco lo que podemos apreciar de la sirena de la foto. Podría fácilmente ser confundida con una dama “llenita” o “gordita” en el lenguaje eufemístico del que tanto afectamos los boricuas. Un acercamiento mayor como en la foto siguiente

nos da mayor perspectiva. El desplazamiento físico, la tijera de sus piernas, la acumulación de transfat allí y el gracioso arrastre de sus pies nos lo confirma: es una sirena. Mediana y algo tímida, eso sí, la sirena de la foto todavía no es dueña de sus encantos y se muestra con bastante pudor. En una escala de 0 a 10, su autoestima está en 6. Podría decirse que estamos ante la típica sirena melancólica, en plena transición hacia la estética BIG pero todavía añorando –tontamente—su antiguo cuerpo de mujer flaca.

Esta sirena fue el acabóse del 4 de julio. Disculpen la falta de foco: no pude controlar la emoción de tenerla tan cerca. Se trata de la Sirena in your face, la Super Sirena, la que dice Soy sirena y qué pajó? Esta digna embajadora de Transfat Land lo mismo puede modelar en la pasarela arenosa que hacer pareja en un combate de lucha libre:

La autoestima de esta diva playera rompe nuestra escala: es un 10 agrandado. En ella no existen tontas añoranzas por el waif look de los 90 ni por el fat no more de Richard Simmons. La Super Sirena no tiene empachos en gozársela entera:

La foto no revela mucho, pero lo que siguió poco después de ese momento mereció eternizarse en un videoclip. La Super Sirena bailando reggueatón.
No debe pensarse que la invasión de sirenas en nuestras playas es un fenómeno exclusivamente femenino. Nada que ver. Hay sirenos (perdonen el neologismo estrafalario) como puede apreciarse en la foto siguiente:

Aparte de la ternura que podemos apreciar en la escena –nada raro en la especie–, el sireno de la foto pertenece a la categoría de los tristes. En nada compara con la Super Sirena, ni siquiera con la sirena melancólica. El sireno de la foto siente vergüenza de su panza y la esconde. Vive en perpetua depresión porque está desconectado visualmente de su sexo; si no es con la ayuda de un espejo, el sireno sólo puede orinar de oído. Su autoestima es bajo cero. Le consuela, sin embargo, sentirse rodeado de otras sirenas, por lo que se reproduce con cierta facilidad y tiende a ser gregario:

Como último ejemplo de esta especie les presento la Sirena Next Generation o simplemente NG. Se trata de una sirena adolescente, deslenguada, exhibicionista y, como toda sirena que se precie como tal, dietéticamente incorrecta. Está plenamente consciente de sus encantos y no tiene tapujos en reclamar su superioridad estética. Otro detalle que la destaca: su ánimo de seducción es tan fuerte como su apetito. Fíjense en la coquetería con que exhibe sus rollitos de transfat:

He aquí cuando mi documental fotográfico toma visos de fotonovela. Sucede que Bluekini –la del bikini azul—, carcomida por la envidia, decide retar a NG. Error: estamos en Transfat Land, paraíso de sirenas, nena, aquí los huesos son para los perros. Lo digo yo, no NG que es una sirena de armas tomar y no pierde el tiempo en decir ñoñerías. Por esto, sin encomendarse a nadie, se dispuso a caerle arriba a la temeraria Bluekini:

Si no es por la oportuna intervención del papi chulo de ambas, seguramente Bluekini hubiera terminado enterrada en la arena:

El final, si no fue feliz, al menos fue pacífico y bien sincronizado:

Bluekini, sensata, acepta que sobra en la playa y se marcha de buen ánimo, al tiempo que NG hace su entrada triunfal en el agua.
Pulseos de poder como el que se desató entre Bluekini y NG son cada vez más frecuentes y siempre terminan de la misma forma: con el desalojo de huesos y el asentamiento de más transfat. Hay quienes afirman que el impacto de estos careos sobre el paisaje playero ya es irreversible. Yo lo creo así. Que sirva este fotodocumental como un humilde testimonio de ello. Y que conste: el 4 de julio la playa del Escambrón se convirtió en Transfat Land.

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Por Francófago

Durante cinco años trabajé como oficinista en varias compañías de servicio. Fueron empleos poco diestros, bastante rutinarios, pero sobre todo de gran reto intelectual. Esto último lo escribo sin ironía: en todos debía abstraerme mentalmente para retener algo de cordura en medio de ambientes cordialmente insensatos. El salario era risible, la rutina era un blando pero incesante sabotaje contra la creatividad, los supervisores tenían el coeficiente intelectual de un caculo patas arriba y, para desgracia mía, yo era un impostor. Un impostor a medias, en realidad. Por un lado, era pusilánime y miope, cualidades que me impedían ver las cosas a largo plazo y me mataban las ambiciones “profesionales”; por el otro, tenía aspiraciones literarias. Una mitad de mí me cualificaba óptimamente para amarrarme a perpetuidad a las patas de un escritorio; la otra mitad me forzaba a imaginar “otro” futuro. Estas dualidades hicieron de mí un ser esencialmente escindido, en ocasiones un tipo hecho trizas. Que en la actualidad, mal que bien, prevalezca el escritor sobre el oficinista, no es porque yo haya convertido un sueño en realidad: mi existencia no da cabida a esas estupideces hollywoodenses. Si todavía escribo es porque me deshice de mis corbatas.

Si algo marcó esos años de mediocridad oficinesca fue el uso de las corbatas. Nunca fue una elección propia, como es de esperar de una persona sensata en el Caribe. Era una imposición corporativa, parte de un absurdo código de vestimenta, para uniformar a los empleados –sin distinciones jerárquicas—como alumnos de colegio. Las pocas veces que me aventuré a llegar a la oficina sin el colorido nudo en la garganta, me reprendieron y amenazaron con un memo. Me avine al estúpido código por necesidad, pero dentro de mí guardé un profundo disgusto. La corbata se convirtió así en el símbolo de un mundo que me ahorcaba económicamente y frenaba cualquier atisbo de creatividad.
Por desanudarme el nudo en la garganta, comencé a escribir ficción. Terminé de escribir mi primer libro mientras todavía tenía que ir a trabajar con corbata, por lo que el texto salió algo trinco y almidonado. Quien se haya tomado la molestia de leerlo –tarea fatigosa e inconsecuente– sabrá de las múltiples referencias que se hacen al mundo de las oficinas y las corbatas, en particular en Bondades de una corbata. De ese infortunado relato, tal vez lo único meritorio –más como documento sociológico que literario—es el comienzo que transcribiré a continuación. (Perdonen el estilo; era todavía novato y rígido como las corbatas que vestía en aquel tiempo.)

Sería demasiado fácil y trillado pensar en la corbata como una metáfora del pene, aunque no deja de ser plausible. Al igual que el pene, la corbata cuelga de los hombres, salvo en los casos excepcionales de mujeres que lucen una corbata entre los senos, acaso con voluntad democrática, pese a que esa moda (andrógina) no hace más que remedar una fantasía masculina. No obstante, la corbata connota también impotencia sexual: por lo general es fláccida y delinea un protuberante vientre para señalar con fingida inocencia la pinguita de un hombre que mea de oído.

La corbata puede verse, además, como un estribo o collar, la corbata como freno a la creatividad y símbolo de subordinación (y esclavitud) a la economía en función de una convención corporativa impuesta por no se sabe quién y a la cual todos, sin distinciones jerárquicas, están sujetos.

Imposible sería pasar por alto la más siniestra de todas las definiciones de la corbata: como instrumento para cometer suicidio. En caso de extrema desesperación el usuario resentirá la presión de la tela contra el cuello y, en lugar de desanudarse la corbata, atará el cabo de ésta para guindarse como un pernil en una carnicería.

El narrador, en síntesis, apunta a tres significaciones de la corbata: como símbolo fálico –vigoroso o apocado–, como convención corporativa que frena la creatividad, y como instrumento de suicidio. Como decir: anúdese una corbata y escoja su forma de ser imbécil.

Cuál sería mi sorpresa al leer Corbatas del periodista y escritor Vicente Verdú en el blog boomeran(g). Para aquellos que hayan leído El estilo del mundo del mismo autor saben que hay cierta teatralidad en algunos de sus juicios, cierta afectación dramática, pero son manierismos de estilo que no hacen gran mella a su reflexión y hacen entretenida la lectura. En Corbatas, sin embargo, la afectación del periodista es grave; nos parece estar leyendo un manual de buenos modales burgueses con sentencias como “las corbatas son lo sustantivo y no al revés”. Después de esta joya intelectual que sobrevalora el maldito pedazo de tela, ya no me extrañó leer su juicio sobre los que decidimos no ahorcarnos voluntariamente. Según Verdú, aquellos que no llevan corbata son “[f]lojos, indeterminados, vacilantes, su informalidad es aquí la marca de una fuga. La ausencia de la corbata coincide con la ausencia de determinación y personalidad. Exactamente una claudicación del gusto y una pública confesión de que tras esa falta pueden aparecer muchas faltas importantes más”. Es decir, no llevar puesta una corbata, además de mal gusto, revela una deficiencia moral. Ni Alfred, el mayordomo de Batman, podría expresarlo mejor. ¿De dónde sale esta taquicardia por la formalidad acorbatada si Verdú mismo no la lleva puesta –véase su foto en el boomeran(g)? ¿Por qué este endoso fanático al nudo en la garganta?

Posibles respuestas a estas preguntas se hallan entre los comentarios a Corbatas. Uno en particular llamó mi atención, de un sujeto que firma como “ejemplo”. Dice así:

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Sin quitarle mérito a la originalidad de su presentación, su elogio, en clave de poema concreto, ofende por lo fálico y por el trazo en X. Ambos detalles nos sugieren que el texto de Verdú debe entenderse en el mismo nivel de una película XXX. Como entretenimiento onanista.

Dos reacciones, en sentido contrario, me previnieron de despotricar contra “ejemplo”, el pornógrafo. Una fue una lúcida reacción de El Miope Mayor (quien, de hecho, llamó mi atención sobre el texto de Verdú) y la otra, la de una mujer que se hace llamar “escarola”. Según ésta “hay mujeres a las que no nos gustan con corbata. Los únicos hombres que nos gustan con corbata son los hombres a los que estamos deseando quitarles la corbata. […] Pero yo nunca me he enamorado de un hombre mientras llevaba la corbata. Es una barrera psicológica, la corbata”.

La corbata como barrera psicológica. Mejor que las mías, estas palabras de “escarola” nos sugieren el meollo de la flojera del texto de Verdú, falta que esconde “muchas faltas importantes más”. Mi consejo más sincero para el señor periodista: haga el amor, no el nudo en la garganta. Sea cual fuere su problema, amarrarse a una corbata no es la solución.

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Una blogfemia

Por Francófago


Esta semana el periódico Claridad publica un fragmento del ensayo “La literatura puertorriqueña en la Internet” firmado por René Pérez Martínez, un profesor de la U.P.R. de Mayagüez. La primera parte del ensayo hace un recuento sucinto sobre la emergencia de la literatura puertorriqueña en el espacio virtual, una minihistoria que sin duda merece el esfuerzo. El sólo hecho de que Pérez Martínez le preste atención a ese apartado de la literatura da algún mérito a su ensayo; es mucho más de lo que hacen los regentes de la kurtura institucional y gran parte de la aka-demia, para quienes esa producción literaria no merece adjetivo tan culto.

En la segunda parte el autor cuestiona lo que llama en una perífrasis irritante “las consecuencias nocivas no-(necesariamente)-intencionadas” de los proyectos literarios en la red. Lo que hasta ese punto del ensayo podía leerse como un esfuerzo de compilación de la producción literaria puertorriqueña en la red, se desinfla en un cuestionamiento de los soportes tecnológicos que la hacen posible y en una especie de ansiedad nostálgica por la presunta pérdida de ritos sociales de validación literaria como las tertulias, las lecturas literarias, los micrófonos abiertos y las noches de poesía. Yo no sé en qué mundillo literario se mueva el autor del ensayo, pero ciertamente esos ritos no están disminuyendo paulatinamente, y menos a consecuencia de boletines, blogs o webpages literarios. Además, esos ritos que tanto atesora Pérez Martínez muchas veces no pasan de ser una colección de aplausos entre amigos, un get together inconsecuente. Lo más frívolo del quehacer literario.

Pero más allá de la nostalgia desinflada por el performance social de lo literario, a Pérez Martínez le preocupa que la acogida de tecnologías como el blog, junto a otras tecnologías masificadas –como los móviles, los juegos de vídeo y la televisión—, sean factores determinantes en “la fragmentación de la familia y la comunidad, en la pérdida de espacios públicos dignos de visitar, en la merma acelerada del sentido de la democracia”. El ensayo, créanme, detalla más el efecto perverso de las tecnologías cibernéticas en una especie de olla podrida modernista que el hastío me impide discutir. En su lugar, y con el permiso del Miope Mayor, prefiero ceder la palabra a F.F.A. para que exponga una visión menos anacrónica sobre la relación entre literatura y ciberespacio.

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