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Archive for the ‘Miopes invitados’ Category

Por José “Pepe” Liboy

El descubrimiento de la poesía comprometida de José Guerra supuso un cambio sin precedentes en la crítica literaria local. El reseñador Pancho Font, en uno de sus sprees a la Plaza del Mercado de Santurce, descubrió la obra de Chepo, apodo con el que se conoce a este poeta, en una venta especial de plátanos. Fue raro, según me cuenta Pancho, que el vendedor de viandas voceara la venta recitando algunos de los contundentes epigramas del escritor. Interesado en la recitación, Font le preguntó quién los había escrito, tras lo cual el quincallero le pidió su dirección de correo electrónico, y así, de la misma forma en que conocimos la obra secreta de John Torres, nos llegaron algunos epigramas de resuelta calidad.

Cierto es que una obra tan exigua como la de José Guerra no puede comentarse con la misma profundidad con la que nos acercamos a la obra de Torres en la revista Noctámbulo, pero a pedido del reseñador he decidido hacer algunos comentarios de raíz profundamente personal, y que en modo alguno suponen las profundas enseñanzas que recibo en la escuela. Como no son muchos los epigramas, voy a reproducirlos inmediatamente. La posibilidad de que se trate de una obra apócrifa escrita por el propio reseñador para ridiculizar mis indudables aptitudes como crítico de literatura, no me amilanan a la hora de actuar. Hasta la fecha, Pancho ha recibido paga por su trabajo, y a mí Noctámbulo no me ha mandado los cincuenta pesos por la reseña de John. Pero así resentido y todo, procederé a hacer lo que me pide mi amigo.

IIII IIIIII
43601 88041
Huevos: a frescura del País, Inc.
Su docena de grandes empresas.

IIII IIIIII
89522 01412
Isla Cerrera, los soles truncos
Del hombre víspera [son de] la llamarada

IIII IIIIII
24068 12786
Rica costa garantizado
sin 100% de vencimiento

IIII IIIIII
11756 15899
Obra extra prohibida de Bristol
Para la continua publicación 2005

IIII IIIIII
61028 42497
Extracto hidrofóbico de ácaros
ornamentales hongos no elimina

IIII IIIIII
89522 01412
Cuando sea necesario
no tomar dos sueños con tableta


Como se ve, son seis epigramas que resumen lo que en mi opinión es la postura principal de la crítica literaria de Puerto Rico que podríamos leer en la revista Índice de Pedreira. Especialmente el primer epigrama, el de los huevos, nos recuerda la embriología. Como Guerra es un poeta comprometido, la crítica a la vida va dirigida a la crítica del mundo empresarial. Yo puedo dar fe de que el comentario no es falso. Que los huevos humanos estén repartidos entre una docena de empresas no es necesariamente falso. En realidad, quien trabaje en proyecciones promocionales podrá constatar que hay más de doce empresas que anuncian sus hijos para dentro de veinte o cuarenta años. Guerra imita a John en un aspecto esencial, y es en la idea de que la adicción es una etapa previa para la conciencia de la embriología humana. Vean el penúltimo epigrama para constatar esa metonimia de drogas y aborto. Seguiría con este comentario si dispusiera de más datos sobre el autor, pero en ausencia de ellos, baste lo que digo.


Carta de Pancho Font sobre el descubrimiento de Guerra

Pepe: ahí te envío los únicos poemas que he logrado compilar de la rasgada libreta de Chepo. Su nombre de pila es José Guerra. Su otro alias es el Che y el Compañero Guerra. Publicó un poemario hace unos diez años. Algunos dicen que es un libro underground, por aquello de que sus copias son devoradas por la polilla del sótano de alguna editorial desaparecida o por desaparecer. De su única edición, de doscientos cincuenta ejemplares, sólo he visto uno entre los libros usados de Librería Mágica. Su poesía publicada no se parece en nada a estos últimos poemas de barras. Lee y juzga tú.

Recuerdo el cuento de Albaladejo. Era de lo mejor de El rostro y la máscara. Mi ex esposa, Ingrid Cruz, publicó con ustedes ahí. Entonces te dejabas la barba Guevara.

Editorial S.M. es la competencia de Santillana. Buena oportunidad de trabajo para escritores financieros, góticos y cómicos. La tristeza ya no paga. Hay que sonreír. Guarda centavos en una media. Luego la vacías para comprar bonos al E.L.A. y acciones del Banco Popular. Voy a hacerlo. Quiero retirarme a escribir a los cincuenta.

Hablamos, Pepe. Y gracias por comentar a Chepo. El pobre se va a molestar conmigo cuando sepa que estamos escribiendo crítica de su poesía de barras, pero en el fondo sé que se sentirá homenajeado.

Cuídate,

Pancho


Carta de José Liboy Erba aceptando la invitación de Pancho Font

Pancho:

Está bien. Escribiré algunos comentarios críticos a la obra de Chepo. Si quieres, súbelos por este medio y me dices a dónde mandarlos. Mi amigo Luis Raúl Albaladejo se ha comunicado conmigo luego de varios años de silencio. Albaladejo publicó “La cuarta esquina del triángulo”, cuento bien bueno, en la antología de cuentos El rostro y la máscara. Me gustaría que lo conocieras, puesto que es una persona muy amable como tú. Y en cuanto a los personajes escritores que escriben tristes cuentos infantiles para una editorial boba, resulta que acabo de recibir una invitación de una para esta noche.

Gracias

Pepe

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El tatuaje

Por Etnairis Rivera

La primera vez que me fijé en el tatuaje de mi vecino era muy de mañana. No era fácil distinguir la forma exacta de tal marcadura en la piel del lado izquierdo de la espalda. Su terraza frente al mar, aunque relativamente cerca, no estaba tan próxima de la ventana en el dormitorio de mi pequeño apartamento en el sexto piso. La curiosidad me hizo buscar los preciados binoculares, regalo de mi padre para que mirara los cráteres de la luna, sus rojizos eclipses, y alguna estrella lejana. El oficio primario de tales binoculares había sido el de seguir las carreras de caballos. Así, ascendió a navegante de astros y se mostró aliado como instrumento de la erótica.

Lo miraba tomar el sol en su ajustado traje de baño, que delataba cada pliego de su trasero, y la proa aparentemente descomunal, a pesar de su baja estatura. Lo miraba ejercitarse, estirar sus manos al cielo hasta bajar a tocar maravillosamente sus pies. Sentado, abría sus piernas y se inclinaba hacia cada lado de ellas. Podía ver su boca cuando tocaba su piel, lástima que no fuera la mía. Podía admirar sus fornidos muslos cuando trotaba en un mismo punto. Levantaba pesas mientras el sudor corría por su cuerpo brilloso y apetecible. Con razón tenía una espalda tan ancha, seguramente capaz de abrazar la desnudez del mundo entero. Su sesión terminaba siempre con ejercicios respiratorios, y era evidente la felicidad en su rostro mientras inhalaba el aire puro que venía del mar, amineralado y revitalizante. Su cabello era oscuro y mostraba una prematura e incipiente calvicie que no desmerecía la gracia de su rostro. En su rostro, sonreían unos treintaitrés o tal vez treinta y seis años; nunca he sabido calcular la edad de las gentes con exactitud. Era el tiempo de su misión en mi vida, incitar a esta mujer que volvería diariamente a esa ventana con fiel apostolado. Al paso de las mañanas, mi vecino se bronceaba más y más gracias al poderoso sol veraniego de las Antillas que abraza con el ardor de un amante que repite cada día.
Desconocía hasta su nombre, y él ya me era familiar como un amigo a quien le prestas secretamente la visita matutina. Me preocupó que los lentes sólo magnificaran la realidad de mi fantasía, y comencé a sentir la inquietud y el llamado para acercarme. Pero, cómo acercarme a tal vecino, hablarle de no se qué, hacerlo sin desplegar tanta imprudencia. Decidí esperar por un golpe de suerte. Pensé, que si el encuentro se lograba espontáneamente, sería prueba del trillado refrancito si es tuyo vendrá a ti.
Sé por experiencia que el alba es el mejor momento para ir a la playa a meditar, a estar recogida, contigo misma, libre frente al rumor embriagante de las olas. La inmensidad está ahí sola para ti. Respiras energía de vida y descansas de la agobiante rutina. Sin duda, esta visita especial es preferible en días laborables en la ciudad, mientras todos se dirigen a sus centros de trabajo, atrapados sin remedio en el tránsito enloquecedor. Ahora bien, el mejor día para disfrutar del punto de encuentro de amigos y la fiesta social en la playa es el domingo, muy bien llamado día del dios. Aquel domingo, tendida al sol con mi bikini azulverdoso que no me sentaba mal, leía poemas de mujeres suicidas latinoamericanas. Me impactaba su vivencia adolorida, su golpeada sensibilidad, y el desamor que las empujó al precipicio.
Ya casi comenzaba a entristecerme peligrosamente cuando sentí el olor y los ladridos de cuatro perros que con frecuencia veía acompañando al mismo bañista como guardianes de su amable soledad. Poseía una amplia sonrisa que le hacía abrir las puertas de la amistad sin demora. Luego del saludo entusiasta que le caracterizaba, me invitó a unirme a otros de sus conocidos que celebraban a unos pasos de mi lugar un brindis por estar vivos. Semejante motivo me pareció ineludible y mudé las escasas pertenencias playeras, una silla plegable y un libro, al cercano e inesperado lugar de mi destino. Los gozosos integrantes de esta tribu bebían cervezas extranjeras y el tono de sus risas aumentaba a medida que al pie se juntaban las latas vacías en una bolsa. Reían burlándose de uno de ellos que relataba cierta obsesión justo cuando me acerqué al grupo. Llegué a escucharle decir claramente que prefería no interrumpir sus planes. Rodeado de sus perros que a todos lamían, el simpático benefactor de animales avanzó a presentarme cortésmente a sus amigos. Y añadió, él es Marcelo. Marcelo…qué bien sabía su nombre, y tan cerca del mar. Su mirada se fijó en la mía. Tenía los ojos ambarinos y olía a sargazo. Se inclinó con natural flexibilidad y tomó curiosamente mi libro que se encontraba en la arena. ¡Vi que en el lado izquierdo de su espalda se posaba una mariposa tatuada! Al incorporarse, me dijo rozando su boca en mi oreja que le gustaban los poetas, que suelen vivir ensimismados, que poco les importa que les llamen excéntricos.
Tal final no sucedió. Ni contó su real obsesión ni se llamaba Marcelo ni leía poesía. Mi bikini sí le gustó y no tardó en arrojarme su boleto a la seducción, su terraza frente al mar. Aquel espacio era sobrado, tres pisos para un hombre solterísimo, con techos altos adornados de grandes lámparas de lágrimas. El dormitorio estaba en el último piso. La ampliación de su retrato ocupaba la pared principal. Encendió su cine en las noticias de la guerra tan pronto entró a su fuerte. Y le pareció bien, en nombre del santo dólar. Y se encargó de hablar y hablar sin pausa, de su itinerario de gimnasia, de su carro deportivo, de su harley, de sus proyectos de construir edificios y edificios en nombre del progreso (que privarían del paisaje), de todas sus amigas que allí disfrutaban en grande, se soleaban con los pechos descubiertos al aire y se sentían como en su casa, cena gourmet, ricos vinos…Y quién sabe qué cama. No me quedé para averiguarlo.
Los binoculares regresaron a su noble tarea de auscultar el cielo en luna llena. Las cortinas de mi ventana se cerraron al tema. La mariposa extinguió su consabido breve tiempo de vida y el fetiche del tatuaje se borró sin consecuencia alguna.
Reproducido con permiso de la editorial. Derechos reservados de Etnairis Rivera para Terranova Editores, Memoria de un poema y su manzana, segunda edición, 2007

Imagen: L. Waite en www.osage.net/~lwaite

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Dos lanzamientos

Por José “Pepe” Liboy

Para la mayoría de la gente que estaba allí esa noche, el incidente pasó desapercibido. Yo había llegado a la liga de Sagrado Corazón con dos amigos, uno que en mi vecindario pasaba por bobo y otro que no tenía vida tratando de eludir un compromiso matrimonial que la madre quería imponerle. El primero se apuntó en el equipo rojo y pronto dejé de verlo. Por separado, jugando con uno cerca de casa, y luego con el otro en la escuela, habíamos practicado bastante y podíamos hacerlo en otros vecindarios. El que pasaba por bobo empezó a hacer promedio de bateo enseguida, pero yo empecé a fallar en las prácticas del equipo verde y el dirigente, con dos entradas que me dio, me puso a jugar con arena. El amigo que ya estaba comprometido, y que luchaba con ese asunto, se apuntó conmigo en el equipo verde, pero se puso nervioso y empezó a discutir con uno de los lanzadores del equipo. No había empezado la temporada, cuando ya él se había ido. Me dijo que no podía seguir y se fue. La cosa es que yo no hacía promedio y seguía jugando con arena, bastante tranquilo, por cierto, cuando una noche, en la primera de las dos entradas que me tocaban, apareció en el montículo del equipo rojo un tipo bastante amenazante y corpulento. Yo estaba acostumbrado a poncharme y no me preocupó su aparición en el montículo. La cuestión es que a pesar de su cara amenazante, me puso dos rectas fáciles de batear. Di un sencillo y anoté en la primera entrada, y luego conecté una línea que cogieron. Nadie se dio cuenta del incidente, que como se ve, no tiene nada de especial. El equipo verde ganó el campeonato, pero el dirigente me pidió que algunas semanas antes de terminar la temporada, dejara de ir a los juegos. Me invitaba, por otra parte, a una gran fiesta en su casa. Le agradecí que me dejara jugar y no volví a pasar por allí.

Tiempo después, el lanzador del equipo rojo, el corpulento y amenazante personaje, me encontró en la universidad. Sin mencionar el incidente, hablamos de literatura. Me dijo que se estaba familiarizando con las novelas, con los cuentos y los poemas de un curso de honor de español. Otras veces, hablamos de matemáticas y solo ocasionalmente hablamos de las chicas. En una ocasión, me presentó a su novia y a una amiga, y nos fuimos los cuatro a la playa a conversar. Convenimos en que su novia estudiaría conmigo y otras chicas de lejos. Seguimos hablando, en tardes espaciadas, junto a los bancos, hasta que por fin abordamos el incidente. “Bueno”, le dije. “Tú me pusiste esas dos rectas y el único sencillo que di en la temporada te lo debo”. Lo noté nervioso, cuando abordé el tema, y no mencioné el asunto más. La explicación que me dio es la corriente en la pelota juvenil. “Tú sabes que la curva es un lanzamiento que agota el brazo de un lanzador en ciernes y que el dirigente le pide que tire rectas. Es decir, yo tenía que practicar con rectas, aunque fueran fáciles de batear. No podía evitar alguno que otro sencillo”. Acepté esa explicación, pero entonces vino el verano y él me dijo que estudiara verano, que él lo iba a hacer. Le pregunté de nuevo por el incidente. “Bueno”, me dijo. “Es verdad que te las puse. Pero eso no es nada, porque tú no eres pelotero”. Me dio gracia su seriedad. “¿Crees que alguien más lo haya notado?”, le pregunte. “No sé”, me dijo.
Fuimos a un juego de pelota invernal y continuamos conversando sobre la pelota. “Este deporte empieza a declinar”, me dijo. “Antes los parques estaban llenos de gente, pero ya no se ve un alma. Puede ser que te quiera entusiasmar. La cosa ya no entusiasma, se usa con otros propósitos. Considera el ejemplo de mi padre. Brega con epidemias y es asunto corriente para él discutir con hechiceros. La isla regresa a una etapa más antigua, al parecer. ¿Cuánto tiempo más crees que dure la vida tal y como la conocemos, con parques de pelota y grandes reflectores, pizarras electrónicas y toda esa sofisticación?”. Asentí a sus observaciones, pero yo estaba más pendiente al asunto original. “Sí, Parece que la pelota declina y ya nadie quiere jugarla. Sin embargo, me invitaste a jugar. Tú eres bueno en esto, y yo no soy tan bueno. Alguien tiene que haber notado eso”. Miramos los jugadores solitarios en el parque, con sus uniformes. “Está bien”, me dijo. “Quienquiera que sea debe haberlo notado. Eso no debe preocuparte. Seguramente te quiere tanto como yo”.

Pasó lo mismo que con mi dirigente. Le di las gracias por los dos lanzamientos y nos despedimos en un curso de física. Recuerdo que le sonreí, le dije: “Nos vemos”. Luego me levanté y me fui a estudiar literatura. Ocasionalmente vino a verme a un vestíbulo, donde me preguntó por qué me fui del curso de física. “Bueno, es que yo quiero ser escritor. Me interesa la literatura y estoy decidido a hacer una carrera literaria”. No hablamos en muchos años, por lo menos. Supe que su novia lo había dejado y que había sufrido una operación de la mandíbula, que le quitaba el aspecto amenazante y ceñudo que tenía. Me lo encontré cuando yo estaba por casarme con una muchacha. Se había graduado de dentista. Recuerdo que yo estaba caminando por Río Piedras, pensando en la muchacha que ahora era mi novia, cuando decidí bajar por el subterráneo de la Plaza de Convalecencia. Surgiendo de lo profundo del subterráneo, con una mirada algo absorta, mi amigo se sorprendió al verme. Estaba vestido de blanco y negro, como un cadete nacionalista. Lo que me extrañaba, porque no parecía persona de hacer política. Le dije que estaba envuelto en un asunto amoroso y le describí a la chica. “Sin embargo, ésa se reía mucho, siempre estaba riéndose”. Usó un tono de persona mayor, agobiada por la existencia. Le dije en donde estaba viviendo y lo acompañé hasta una oficina de dentista en donde se iba a entrevistar para trabajar. Me dijo: “Espérame en la salida, voy a llevarte a tu casa cuando salga”. Sin embargo, después de un rato de espera, salió al balcón un chino alto, de enigmática mirada. Sencillamente se quedó un rato mirándome desde el balcón de la consulta. Me sentí muy triste y me fui caminando hasta mi casa.

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Es con beneplácito que Legión Miope le invita a leer a nuestro primer miope invitado: José “Pepe” Liboy, autor del imprescindible Cada vez te despides mejor (Isla Negra, 2003). Buen provecho.

Por Pepe Liboy

La muchacha había sido becada por la Fundación Norat Archilla, de la que yo tengo vagas ideas aún hoy en día. Norat Archilla era un crítico literario y poeta que entretuvo su juventud probando las fuentes de varios escritores famosos. Alguno que otro ensayo sobre la obra de Norat Archilla puede encontrarse en un libro de crítica reciente, pero no es la obra de Norat lo que me interesa sino su fantasmal fundación, en la que se perdió la muchacha de la que voy a escribir ahora. Más o menos al graduarse de sexto grado en una escuela pública de la isla, la fundación de Norat se le acercó a sus padres y le ofreció una extraña beca que le exigía a la muchacha mudar de casa y de identidad. Sin mucha pena dejó la casa de sus padres naturales, con los humildes apellidos, para venir a mi escuela matriculada con el nombre de la heredera de la fundación, Margot Seibo Archilla, con quien tengo íntimo trato. Desde sexto grado la niña dio pruebas de gran viveza intelectual. Era líder del grupo de los estudiantes más aventajados económicamente, aunque ello no la alejara de los menos adinerados. Yo le interesaba porque la heredera de la fundación, que también era una nena, le había dicho que yo tenía más de una mamá. Cuando en noveno grado nos enseñaron los esquejes, ella se me acercó cariñosamente. La escuela se había mudado de local a Cupey. En un pasillo ella se me acercó tímidamente y me dijo que tuviera cuidado con las muchachas.

-¿Por qué lo dices?- le pregunté.

-Tú mismo tienes dos mamás. Seguramente te lo han explicado- me dijo.

Pero ella no sabía que era la primera persona que me hablaba de ese tema. Tan profundo fue el efecto de la conversación, que no dejaba de pensar en ella un solo instante, aunque sabía que era una muchacha humilde que vivía becada por la extraña fundación Norat. Entre las cosas que sabía era que tenía que residir con los padres de la heredera de la fundación, que eran los dos profesores. Todo ello me tenía intrigado, por supuesto. Ella misma me contaba algunos detalles interesantes.

-Estoy comprometida con un doctor. Si no fuera por eso, me casaría contigo- me dijo en alguna ocasión.

No sé lo que pasó con la fundación y el compromiso, que poco antes de llegar al año final de la escuela, ella reorganizó al grupo de adinerados y se los llevó a una huelga universitaria. Desde ese momento, no sé nada de ella. Me entero de algunas cosas indirectamente. Por ejemplo, sé cuál es su nombre humilde. Cuando entré a la universidad el año posterior a la huelga, encontré a la heredera de la fundación Norat en el Departamento de Matemáticas. La heredera usaba el nombre de la muchacha humilde y estudiaba en la escuela pública de la humilde. Yo sabía que ella era la heredera de la fundación Norat y que estudiaba en la escuela pública haciendo una especie de trabajo de campo.
-¿Y cómo te llamas tú?- le pregunté bromista.
-Me llamo Natividad- me dijo llorosa.

-¿Por qué lloras?- le pregunté. –Todos nosotros sabemos que tú eres la heredera de Norat Archilla. La nena Seibó es la becada.

-Sí, es por eso que lloro. Es que Natividad dejó la beca. Cuando se fue a la huelga, quedó embarazada de un huelguista y dejó de estudiar.

No sé por qué dejé el Departamento de Matemáticas. Dejé a la heredera de la fundación llorando en los pasillos de la Universidad y me fui a estudiar otra cosa que no fuera matemática. Al año de este incidente, mi prima hermana me hizo una broma algo pesada y fue que me mandó a una muchacha matriculada con su nombre. No quería que me pasara nada, pero la muchacha me insistió en que me casara con ella aunque usara el nombre de mi prima. Por cortesía, decidí irme con ella a un apartamento y buscar trabajo en una librería. Cuando estábamos juntos, hablábamos del profesor con el que ella había vivido antes de mudarse conmigo. Al parecer, mi prima tenía un acuerdo parecido al de la becada de la fundación Norat.
-Nosotros sabemos que la muchacha becada por la fundación Norat te agradó y fue cariñosa contigo- me dijo. –Sólo que ella no cumplió el compromiso con el doctor y quedó encinta.

-Sí, yo sé que perdió la beca- le dije.

-No pienso estar toda la vida contigo- me dijo. –Un año a lo sumo, pero nos vamos a casar y vas a tener un hijo.

-Está bien- le dije.

II

Como tres años después de divorciarme de la amiga de mi prima, me llamaron por teléfono. La voz era desconocida, pero firme.

-Soy Natividad Fuentes. Quisiera salir contigo- me dijo la voz.

-Eso es imposible- le dije. –Además, tú no suenas como Naty. No creo que ella quiera salir conmigo. Es madre de familia. Yo estoy divorciado. En fin, me parece imposible que Naty quiera verme.

La voz colgó. Tres días después volvió a llamar otra persona que quería hablar con mi madre a nombre de Natividad Fuentes. Mi madre me dijo que la atendiera cuando llamara, pero la persona que vino a verme fue mi ex esposa. Me pidió que volviera a mudarme con ella y cuando fui al nuevo apartamento encontré a mi prima hermana.

-No la olvidaremos- me dijo. –Siempre la recordaremos.

El apartamento era un desorden de cuentas bancarias a nombre de Naty y de álbumes familiares dejados por la muchacha. Por qué quería mi prima verme en el apartamento que Naty ocupaba, realmente no lo sé. La cuestión es que en ese mismo apartamento mi prima hermana tuvo a mi hijo. Tuvimos un hijo porque mi prima seguía insistiéndome en que me casara con la hija de Natividad. Yo creo que preferí tener un hijo con mi prima porque me asusta la fundación Norat. Escribí una primera versión de este cuento y la vierto aquí.

III

Cuento de la Fundación

La Fundación Norat Archilla la había becado en sexto grado para estudiar en la ciudad. Vivía con un profesor que hacía las veces de su padre, y con la esposa del profesor, que hacía las veces de su madre. Aparentemente se le quería dar una oportunidad en la vida, y para ello usaba el nombre de la hija de los profesores, que era la heredera de la Fundación. Se me acercó cuando llegamos a noveno grado y me hizo algunas preguntas relativas al alumbramiento de los niños de mi familia. Como yo era todavía un niño, no sabía contestarle muchas de sus preguntas. Por ejemplo, me preguntó si era verdad que tenía dos madres. Me enseñó varias fotos de su madre verdadera y otras de sus padres de crianza. Como usaba el nombre de la heredera, nadie quiso salir con ella en la adolescencia, pero cuando se fue a graduar de escuela superior nos invitó a una huelga universitaria. No la acompañamos a la huelga y un año después, cuando entré a estudiar en la universidad, supe que había quedado embarazada de un huelguista.

En el Departamento de Matemáticas, al que entré a estudiar, se encontraba la heredera de la Fundación usando el nombre de ella. Se llamaba Natividad. Le decían Naty en su pueblo de origen. La heredera estaba desconsolada porque la muchacha había dejado la beca a un lado, aunque seguía usando el nombre de la Fundación. Algo apenado por el desconsuelo de la heredera, me cambié de facultad. Me seguían rondando sus palabras en la sombra. “Tienes dos madres, ten cuidado. Tienes dos madres”.

Poco tiempo después, una prima mía me mandó a una muchacha que usaba su nombre y me casé con ella. La muchacha me heredó una cepa, y un poco después mi prima se envalentonó y decidió alumbrar a un niño. Extrañamente, mi prima estaba conmigo usando el nombre completo de Natividad. Hacía tiempo que no la veía, pero evidentemente no quería olvidarme. Con el huelguista había tenido una hija, y si no me hubiera casado con la muchacha que envió mi prima, seguramente estaría casado con la hija de Natividad.

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