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Archive for the ‘Panchería’ Category

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Por Pancho

 Como una pulsión impostergable, en cuanto supe por la prensa que había muerto y que lo expondrían en la funeraria Ehret, me dije que iría a rendir mis respetos al poeta José María Lima. No lo había conocido como persona, pero sí había leído con admiración gran parte de su obra publicada. Sin duda, podría honrarlo releyendo su obra o escribiendo sobre ésta, pero la humanidad de su poesía había calado a tal punto en mí –y en algunos de mis propios papeles—que el aprecio estético e intelectual me parecía poco. No soy dado a las elegías ni a los ritos fúnebres fuera de mi familia más cercana, pero en el caso de Lima haría la excepción. Había muerto un gran poeta puertorriqueño y quería expresarle, siquiera de forma modesta, como un deudo más, mi agradecimiento a su sílaba en mi piel.

Como lector de Vallejo, Lima debía conocer el poema Masa, las transacciones de la muerte con la memoria colectiva, aunque probablemente, por su conocida humildad, el poeta no vislumbrara para sí el homenaje multitudinario que el poema adjudica épicamente al “combatiente”. Además, Lima, como nos dice Mayra Santos Febres en un texto de su blog Lugarmanigua, era consciente de la amnesia cultural de la colonia, esa estática que fractura las cristalizaciones simbólicas que crean y recrean la memoria colectiva. Acaso por conocer esta precariedad, el destino de su obra después de la muerte no fuera tema importante para Lima como pudiera haber sido para cualquier otro poeta de su estatura.

El destino de la obra no, pero el tema de la muerte sí se inscribe en su poesía. La muerte aparece como un fantasma con varios rostros en La sílaba en la piel, editado rigurosamente por Joserramón “Che” Melendes en 1982. El mismo Che nos lo recordó en el homenaje artístico que se le hiciera al poeta en la capilla F de la funeraria Ehret. Leyó dos textos del libro. El primero, fragmento de un poema en prosa más extenso, dice:

“Te vas a joder” me entró al cartílago. Lo dice un nueve de diamantes que ocurre ahora completo en el tapete. “Que me joda” contesto imaginándome rey de espadas. Concluimos que la muerte ronda a este saco de huesos que echo a andar a diario. Intercambiamos monedas, retratos, pasadas experiencias de gatas histéricas, risas con sangre, un saludo cordial y más pocillos. (198)

En la cita advertimos la actitud aguerrida del poeta ante la muerte que ya lo ronda. Te vas a joder, te vas a morir, advierte el nueve de diamantes, con la violencia de una sentencia inapelable, como si advertírselo fuera a intimidar al poeta y con ello forzar alguna capitulación. Pero el poeta acepta su destino con entereza y desafío: que me joda. Y convenido el pacto futuro con la muerte, el duelo de cartas muta en camaradería.

En el segundo texto que leyera el Che, el hablante poético habla desde la muerte. Pasa balance sobre la memoria y desmemoria que se cierne sobre su tumba. Lo hace con austeridad, sin reproches ni amargura. Por esta razón no le inquieta que en ocasiones su tumba sea “inconspicua”, “una piedra más” o “un gran muro, negro y liso, infranqueable, por tanto insignificante”. No sabe si duerme o si a veces se despierta; sabe que está solo, inescapablemente solo, pero sueña un sueño único, igual e igualitario, donde todo significa, incluso “los héroes duros, fríos, amarillos”. Desde ese ambiguo interludio entre la vigilia y el sueño, el poeta nos devela la prolijidad de su visión filtrada por el silencio, que por fuerza excede la palabra y se resuelve en exclamación final:

Pasan flotando restos de cráneos de desterrados

con grandes letras brillantes en el lugar de la frente.

Faroles de sílabas que estuvieron siempre presentes,

pero que yo nunca advertí antes.

Mis ojos abiertos al silencio

me dicen muchas cosas.

¡Tantas cosas! (132)

Si en el primer poema, la inminencia de la muerte es confrontada por el poeta con cierto desafío conciliador, en el segundo, ya en su tumba, acoge la muerte con imperturbabilidad. Su muerte, pétrea como su tumba, le depara el descubrimiento de las bondades del silencio que le dirá “tantas cosas” estremecedoras.

Estremecimiento análogo provoca la muerte física de José María Lima. Desde su aparente silencio, la cálida madera de sus libros gana realce. Para el que sepa leerlos no les dejará de decir una y otra vez esos “[f]aroles de sílabas que estuvieron siempre presentes”, pero que tal vez no advertimos antes.

Así me ha ocurrido, me ocurre y me seguirá ocurriendo, en especial con los primeros treinta años de obra poética contenidos en La sílaba en la piel. Lo intuí desde la primera lectura, cuando se me impuso un fragmento de poema que coloqué como epígrafe de mi primer libro:

Recuerdo una distancia

ajena a los caminos

resistente al atisbo y los cansancios

tan densa en direcciones

que es preciso olvidarla

cuando anhelo burlar a los abismos

tan escueta que es fuerza abandonarla

si persigo

encuentros eficaces

tropiezos fidedignos

construcciones exactas

ciudades ordenadas que me alberguen. (126-127)

Un poema que es ars poético, pero lo suficientemente hospitalario para que alguien como yo, que sólo sabe narrar, lo atesore como abismo y brújula de su propio enfrentamiento con la creación.

Tuve la oportunidad de expresárselo al poeta hará unos cuatro años en las inmediaciones de Radio Universidad. Lima caminaba por allí lentamente, encorvado, calzando las sandalias que eran típicas de su indumentaria. Al verlo superé mi habitual timidez y me le acerqué. El encuentro fue brevísimo, pero significativo para mí. Quise que supiera que un lector silvestre lo había leído con gratitud; que supiera además que alguien por ahí lo reconocía orgullosamente como poeta. Sus palabras y su gesto fueron una oportuna lección de humildad.

Años después inserté en algunos relatos de mi segundo libro un puñado de líneas suyas que trababan mejor que yo algunas soluciones narrativas. Y en un futuro, si llega a buen término, completaré un libro de ensayos que lleva por título otro de sus versos, síntesis perfecta de mis exabruptos de escritor.

Ahora que lo pienso y escribo, ante tanta deuda contraída y por contraer con la obra del poeta, no extraña la urgencia que sintiera de hacerle un pequeño tributo en la funeraria Ehret. 

***

Llegué a la capilla F a eso de las seis y cuarto de la tarde del lunes, víspera del entierro. En el recinto climatizado había sólo un puñado de familiares y amigos. Aproveché la relativa soledad para acercarme al féretro e intimar con el silencio del cadáver. Tarea de entrada difícil, en breve imposible. El cadáver, con los ojos cerrados, borroneaba al poeta que conocí con los ojos abiertos. Le habían afeitado el característico bigote que lo distingue en las pocas fotografías que circulan de él en el Internet, el mismo que luciera cuando le hablé cerca de Radio Universidad y  que todavía lucía en un homenaje a Pietri y Corretjer que se organizara en el Café Seda en mayo de 2007. Peor aún, encima del féretro, adosada a la pared, había una imagen de un cristo rubio (“Aquel a quien AQUEL enviara”), ése que Lima llamara en un poema “espantapájaros universal”. Una metáfora mordaz que tachaba el icono religioso para indagar sobre la historia puertorriqueña desde el materialismo histórico. Aquella imagen, parte de la decoración estándar de las capillas de Ehret, se me antojaba como la antípoda del compromiso político del poeta, quien por autoproclamarse marxista-leninista  de vuelta de un viaje a Cuba a principios de los sesenta, había sufrido una encarnizada persecución política en la U.P.R. de Río Piedras, maliciada por casi todos los medios de comunicación de la época. Por último, vi junto al rostro del cadáver un crucifijo. Entendí entonces lo obvio: que ése que tenía ante mí ya no era AQUEL, el poeta a quien quería rendir un callado tributo, y que el símbolo religioso era probablemente una concesión a la familia. AQUEL, suspendido en la muertevela, aguardaba por ser sepultado. Una vez en su tumba, nos lo había anunciado en La sílaba en la piel,  abriría sus ojos al silencio para seguir viendo tantas cosas.

 ***

Si como dijera Ernesto Sábato un hombre dormido es un simulacro de cadáver, ¿podría un cadáver ser un simulacro de hombre dormido? Sólo para la trascendencia de la fe religiosa, con la que sabía que Lima no comulgaba y yo tampoco. Aun así, sabiéndolo en la muertevela, decidí quedarme un rato en la capilla. Ocupé una silla zaguera, lejos del puñado de familiares y amigos que de vez en cuando hacían referencia a Lima, el compañero, el profesor, el padre, el ser humano que nunca conocí más allá de un encuentro efímero. La mayor parte del tiempo hablaban sobre otras cosas, cualquier cosa que entretuviera la espera. Sentado como un deudo más, taciturno, me ocupaba en pasear la vista del féretro a las coronas de flores, de un arreglo con la bandera de Puerto Rico al puñado de gente allí congregada, del cristo rubio al perfil mulato del cadáver. Entretenido en esa calistenia de la mirada, entreoí que habría un homenaje artístico a Lima a partir de las siete de la noche. Un amigo me lo confirmó en el vestíbulo de la funeraria

El homenaje comenzó casi una hora más tarde de lo programado. Poco antes, Aurelio, el hijo de Lima, había descorrido el velo del ataúd para mover a un lado el crucifijo y colocar un cuadro de Albizu, un símbolo más caro a los afectos del poeta. La capilla, que había estado prácticamente vacía, de pronto se abarrotó. Se ocuparon todas las sillas, muchos quedaron de pie, otros se sentaron en el piso, con la trepidación de un público que acude al teatro. Era en efecto teatro, como tantas cosas de la vida, un drama para celebrar el arte del fenecido poeta. Así lo estableció de entrada Aurelio, hombre de teatro al fin, quien agradeció la presencia de todos e inmediatamente nos hizo escuchar la última grabación de la voz de su padre. De la grabadora volvía a escuchar al poeta leyendo su poesía en el Café Seda. Aquella voz ocurría en dos tiempos y en dos espacios diferentes: veíamos con dificultad su breve figura leyendo sentado mientras Aurelio le sostenía el micrófono casi dos años antes, al tiempo que acá, en la capilla F, seguíamos la caída paracaidista de su voz fañosa, al decir de Yván Silén en un poema recién publicado en Claridad. Cuerpo y voz decaían, pero el poema no. El poema encadenaba una hermosa cosmogonía de diosas tutelares, fraguada a partir de expresiones boricuas, donde  cotidianidad y mito confluían. El texto largo y parsimonioso, de cadencias exactas a la voz del poeta, sostuvo el interés casi unánime de todos, tanto de los que asistimos al Café Seda como de los que escuchábamos en la capilla F. En fin, imaginería mítica y humor provocaron la admiración y la risa en dos espacio-tiempos desfasados, señal de la vitalidad de la última poesía de Lima.

Luego de escuchar la grabación, Eric Landrón leyó un poema-homenaje. Acto seguido, Aurelio junto a dos amigos tocaron un emotivo güiro que poco tenía que ver con el cristo rubio de la pared. Otro leyó un poema luctuoso de La sílaba en la piel (“Una oreja desprendida cae”). Mientras el Che Melendes leía, un hombre canoso, pequeño, con aliento de ron, se acomodó entre la silla de la mujer que lo acompañaba y mi silla. A ese punto del homenaje, la incomodidad no era molestia. Todos estábamos de paso por el lugar, en la muertevela de Lima, incluyendo el cadáver del ataúd, en tránsito a la tumba. Allí me hubiera quedado de buena gana si otras obligaciones no hubieran precipitado mi partida. Aun así, tuve ocasión de escuchar de boca de Aurelio otro poema de su padre (“estoy unido a la extensión del cielo”), poema que me retrotrajo al lugar donde lo leí por primera vez: en un banco ya inexistente frente al Burger King de la avenida Gándara de Río Piedras. Atardecía y aquellos versos me parecían desdoblarse fuera de la página. Era como si la voz del poeta atada “a la extensión del cielo / como por un cordón umbilical” adoptara los colores de aquel lejano crepúsculo y, a través de un prolijo manifiesto humano, me sintonizara con el entorno donde transcurría el estremecimiento de mi primera lectura. Devuelto así a mi encuentro primigenio con la poesía de Lima, ya podía marcharme en paz.

 ***

Partí lacio y tranquilo. En el tren a Santurce seguí releyendo La sílaba en la piel. Allá, en la capilla F, otros mejor que yo honraban su obra, daban señales promisorias de que ésta persistiría. Si así fuera, la partida física de José María Lima no sería más que otro tributo, el de la muerte tardía, como antes, muchos años antes, lo había reclamado el poeta: “y de la muerte quiero / lo que tiene de paz”. Que en paz, sin la violencia del olvido, sigamos leyéndolo. Así, desde el silencio de su tumba y con los ojos bien abiertos, el poeta seguirá diciéndonos los faroles de sílabas que en su poesía siempre han estado presentes. 

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Por Pancho

 

I  .00025%

Diez y diez de la mañana, día de elecciones: comenzó el carnaval político, el movimiento fanático de muchos electores y el ejercicio del sufragio concienzudo de unos pocos. Otra vez el país se monta en el carrusel de las emociones deportivas para votar y apoyar a los partidos políticos. Otra vez vuelvo a quedarme en casa para asumir mi papel de paria políticamente remiso. No puedo, nunca he podido suspender mi apatía hacia la democracia colonial. La ficción participativa y la bancarrota ideológica del partidismo político cancelan mi interés. El circo eleccionario me parece un convite a la euforia, una distracción de feria que en nada altera la estructura jurídica del país. No puedo sustraerme de la impresión (casi una convicción) de que las elecciones en Puerto Rico son una golosina, un premio de consolación ante la agridulce fortuna de ser una colonia bien comida. Pasada la borrachera de los comicios, adviene la resaca de corroborar que todo en esencia sigue igual.

No pretendo con esta crónica defender mi apatía electoral. En mí no está pretender superioridad moral frente a la mayoría de mis compatriotas. Votar o no hace poca diferencia. Mi opción de abstenerme de votar tampoco tiene el prestigio heroico de conformar una minoría. Más de 400,000 puertorriqueños hábiles tampoco están inscritos ni votan. De éstos yo soy simplemente una cienmilésima fracción del uno por ciento.

En gran medida se trata de una discreción deportiva. Antes que la política colonial puertorriqueña, prefiero otros deportes como el béisbol, el baloncesto, el balompié y el tennis.

 

II  El paria del tren

El domingo 2 de noviembre, a las ocho y cuarenta y cinco de la mañana, dejé a mi hijo con su madre en la estación Jardines de Bayamón, y me dispuse a volver a Santurce. Al abordar el tren me sorprendió el sarampión de seguidores del Partido Popular Democrático. El vagón estaba atestado y todos estaban vestidos de rojo, algunos con banderas y otros abalorios con la insignia de la pava. La sensación de descolocación fue abrumadora. Yo vestía un pantalón corto de mezclilla y una camiseta verde olivo; apenas pude situarme en un asiento aislado de los demás, junto a la compuerta de salida. Mi posición excéntrica era similar a la de un escolar que es aislado del grupo como castigo por haber hecho algo impropio en clase.

Una de las bondades de ser paria es sin duda la impunidad que confiere pasar inadvertido, ser invisible para los demás. No era ésa mi circunstancia en el vagón del tren. Por mi falta de insignias políticas, por la heterodoxia cromática y percudida de mi vestimenta, saltaba a la vista de todos que yo era una excrecencia que había que tolerar en el trayecto hasta la estación Sagrado Corazón.

Nadie se metió conmigo, lo cual agradecí en silencio, pero en ningún momento dejé de sentir mi desubicación radical. No podía disfrutar mi condición tránsfuga pues no había manera de obliterar la pulsación política a mi alrededor. Consideré por un momento colocarme tapones en los oídos e intentar leer a Einstein, pero el pudor me previno de hacerlo. Aquel sarampión masivo habría con razón interpretado mis modales esquivos como un acto de displicencia. Era mejor dejarlos hacer sin levantar ronchas.

En cada parada del tren, y mediaron doce antes de llegar a Sagrado Corazón, subieron más y más populares para el júbilo de los pasajeros, quienes enseguida aplaudían, coreaban estribillos partidistas o repasaban animadamente los lugares comunes a favor de su partido y en contra del partido azul. Incapaz de aislarme de aquel furor político, sazonado aquí y allá por la estridencia de las “cornetas”, me agencié de una táctica del protagonista de un texto narrativo que escribo  en la actualidad. Me removí mis lentes de miope con la intención de descansar de la prolijidad de lo real. Así, con los lentes en mi regazo, viajé con la mirada desenfocada entre los populares hasta llegar a Sagrado Corazón. Allí volví a colocármelos para emprender una caminata hasta la Parada 18.

 

III  Villa Graffiti

Sobra decir que el estacionamiento frente a la estación del tren, donde se llevaba a cabo el cierre de campaña del Partido Popular Democrático, ya estaba casi repleto de sus seguidores rojos. Un sarampión endémico.

No me detuve a observar el lugar y enseguida, tras pasar el torno de la estación, comencé a caminar en dirección hacia la avenida Fernández Juncos. Las primeras cuadras de la avenida, aquellas más cercanas a la estación del tren, estaban ocupadas por el tráfico de automóviles, la mayoría de los cuales eran de seguidores del P.P.D. que asistirían al cierre de campaña. Los gritos, los vítores de los fanáticos, el sonido discontinuo de los cláxones, me confirmaron la pertinencia de la música irritante del griego Xenakis. Aquel detrito áspero de sonidos eufóricos conformaba con espontaneidad una extraña y discontinua polifonía de ruido.

Una vez traspuse aquel primer tramo, acogí la intermitente soledad de la avenida Fernández Juncos con fruición de peatón expulsado de la masa política. Cada cierto tiempo, un automóvil con banderas partidistas transitaba por la avenida en dirección contraria a la mía. A veces, asomada desde el segundo piso de algunos edificios residenciales, de por sí bastante maltrechos, ondeaba una que otra bandera anunciando al barrio la filiación política de su residente. En aquel contexto yermo y derruido, las insignias políticas parecían una broma de mal gusto o, peor aún, una automutilación simbólica de algunos residentes que han visto y seguirán viendo sus ilusiones de progreso frustradas por la clase política del país.

En una calle pequeña y mal rotulada -como casi todas las calles de San Juan, en particular las de sus barrios pobres- me detuvo una pintada vetusta que he leído en otras paredes y en otros tiempos de la ciudad:

¡Los Politicos nos chavarón! 

El desgarbo del trazo junto a sus errores ortográficos me dicen de su origen lumpen. Los signos de exclamación y la tilde rabiosa de “chavarón” le confieren un pathos cercano al grito. No se trata de un pronunciamiento cínico, como el que podría proferir yo, sino de una ralladura desesperada, de la cicatriz de una herida que cada cuatro años vuelve a supurar. Leerlo en este día de euforia político-partidista me conmueve, por lo que querría en esta crónica honrar a su anónimo autor.

Junto a la pintada, inscrita en una pared que hace esquina con la Fernández Juncos, hay un pequeño parque con árboles y bancos llenos de otras pintadas impúblicas. Pensé sentarme bajo la sombra de uno de aquellos árboles para fumar y sintonizarme con el área, pero desistí de la idea. No quería dilatar demasiado mi caminata por la avenida. En su lugar, me interné por la calle paralela para leer el letrero que la nombraba. Media cuadra más abajo discerní con toda claridad el rótulo en diagonal de Calle Cataluña, nombre de una región española que poco tiene que ver con las estructuras de concreto crudo y madera apolillada del sector. Desde allí observé también la fachada de uno de tantos edificios abandonados de Santurce. En ésta se leía con un orgullo rayano en el desafío barrial: Bienvenidos a Villa Graffiti. En las paredes de la estructura, así como en otras superficies aledañas, se podía apreciar la eclosión cromática de diversos grafitis artísticos. Aquellas obras eran, como estas crónicas, manifestaciones de estética y subjetividad tránsfugas.

Poco más tarde, a lo largo de una de las aceras de la Fernández Juncos, me topé con varios seres ruinosos. El primero fue un señor de más de cuarenta años, de facciones adustas, que se hallaba sentado frente al portal de un edificio. Trajinaba a esa hora de la mañana con una jeringuilla. Al verme tuvo la cortesía de darme los buenos días. El segundo fue una mujer alta, de ropas escuetas y carnes algo fláccidas. Vestía pantaloncitos cortos que pronunciaban la oferta de sus piernas ya celulíticas, pero que en la noche bien podían pasar como suculento convite prostibulario. Hablaba por celular sobre el pedestal de sus tacos, indiferente a su entorno, entre un comercio abierto y un viejo zafio que al verme me pidió dinero. Le dije que no tenía y seguí caminando. A pocos metros de él, probablemente habrá dicho alguna gracia fecal contra mi progenitora.

 

IV  Final a dos tiempos

El resto del trayecto por la avenida Fernández Juncos, desde la estación postal hasta la calle Hipódromo, donde interrumpí mi caminata, no cautivó suficientemente mi atención como para detallarlo aquí. Así, sin pena ni gloria, mi mirada volvió a sus hábitos de ceguera.

Pero hoy, día de elecciones, el resto del país hace lo mismo. Desde la ventana de mi apartamento se escucha la algarabía, los cláxones incendiarios, los vítores triunfalistas. La misma polifonía de ruido. La misma fanfarria colonial. 

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Por Pancho

 No viajo en la guagua aérea. Aquí, en la guagua A9, no se contrabandean esperanzas, ni transitan los puertorriqueños que aman la risa sobre cualquier cosa. Esta guagua no inspira metáforas aladas, ni folclorismos trasnochados. Es terrestre, ruidosa y bamboleante, demasiado real para cantar, en clave barroca, las bondades de la identidad nacional –con la diáspora incluida. Tal vez por no estar suspendida a 31,000 pies sobre el nivel del mar, la A9 no columpia utopías reivindicadoras.

 Era jueves, ocho y diez de la mañana, y la A9 cruzaba la avenida Fernández Juncos. Mostraba a esa hora, con el sol todavía mustio, la trastienda del Santurce que en otro tiempo, hasta finales de los sesenta, fue la zona comercial más importante de San Juan. Ni siquiera el edificio de estacionamiento de la Roberto H. Todd fue suficiente para que Santurce se ajustara a la dictadura del automóvil y siguiera siendo un destino comercial importante. 600 estacionamientos no podían competir con los 11,000 de Plaza Las Américas. Hoy la Fernández Juncos subsiste comercialmente: bares, salones de estilismo, talleres de mecánica y un puñado de negocios de mediano calibre se esparcen entre estructuras deterioradas o completamente derruidas. Pero es sólo eso, negocios subsistentes, los residuos que quedaron de la fuga de capital hacia las zonas suburbanas de la ciudad.

 Venía pensando en todo esto en la A9, cuando la voz de una señora me devolvió bruscamente a la convivencia pública de la guagua. La voz procedía del último asiento; como casi todos los pasajeros no me volteé y me limité a escucharla.

 –¿Qué hora es? –preguntó preguntándose a sí misma–. Déjame ver mi celular. Lo escrutó pero no pudo leer la hora.

–Mira a ver lo que dice -le pide a un hombre presumiblemente sentado al lado suyo. El hombre, algo sobresaltado, contestó:

–Yo no sé. Es que yo no entiendo de letras.

–¡Ahhh! -reaccionó la señora. Enseguida, con otro guión que abría un nuevo parlamento y la apartaba radicalmente del analfabeto a su lado, dijo:

–Yo soy una profesional. Lo que pasa es que sin espejuelos no puedo ver nada.

Coincido con ella. Sin anteojos no puede ver siquiera la violencia contenida en su alarde de educación. Otro pasajero, sentado frente mí, tuvo el tacto de callar su despropósito indicándole la hora con voz firme. Las ocho y cuarto.

 La guagua salía de Miramar. Después de bordear el distrito del Centro de Convenciones, cruzar  por debajo del elevado que conecta con el expreso Muñoz Rivera, se alineó con el tráfico que cruzaba el puente Esteves en dirección a Puerta de Tierra. El analfabeto entonces se acercó a la compuerta de salida. Yo hice lo mismo. Aproveché el corto intervalo antes de llegar a la parada del Millennium para observar al hombre. Es blanco, más bien bajo, robusto y delgado. Viste pantalón de mezclilla, camisa de mangas cortas con diseño de listas y zapatos negros. Exhibe un recorte de cabello reciente; por las entradas que ya dejan ver algo de cuero cabelludo, calculo que debe tener de treinta y cinco a treinta y ocho años. Al echarse a la boca una pastilla de chicle, noto que tiene manos de obrero.

 Me bajo de la guagua justo detrás de él. Le sigo a poca distancia. Cruzamos casi al mismo tiempo la Ponce de León, un islote de tierra y el carril exclusivo de la AMA. Al llegar a la acera que bordea la parte trasera del Tribunal Supremo, el hombre se voltea brevemente y me sonríe. ¿Cómo estás?, contesto su saludo. Seguimos caminando. Al final de la acera, flanqueada a la izquierda por enormes almendros plantados dentro y fuera de los terrenos del Tribunal, se levanta el hotel Normandie. Sin detenerse el hombre me pregunta si estoy casado. No distingo en su cara expectante la intención detrás de la pregunta, pero para ahorrar cualquier equívoco le respondo que sí. Como si mi respuesta fuera un instantáneo voto de confianza, el hombre se detiene para confiarme su cuita de amor. Me confiesa que hay una muchacha, una mujer que está enchulá de mí, pero yo no creo que deba estar con ella. Yo estuve enamorado de ella, pero ella se casó con otro. Ahora  que se divorció del tipo, quiere estar conmigo… El relato me sorprende más por la ansiedad de la voz que por su contenido. Ahora que lo tengo frente a mí, observo que sus cinco pies y siete pulgadas, su recorte y aspecto pulcros, así como su figura delgada y fuerte, me han engañado sobre su verdadera edad. Las arrugas en torno a los ojos dicen de un hombre que ha rebasado los cuarenta años. La expresión laxa de su boca me dicen que tiene quince, tal vez menos. La suspicacia que este desfase me provoca no amilana el ímpetu de mi interlocutor que ahora subraya el recelo que siente hacia la mujer que quiere estar con él y hacia las féminas en general, pues yo no confío en ninguna mujer. Ella quiere estar conmigo, pero yo tengo la respuesta que es no. Si le digo que sí, el tipo, su ex, que estuvo en la cárcel, puede entonces querer limpiarme. Yo he visto muchas películas de acción, mucha película de mafia en que la mujer embauca a un tipo para que otro lo mate. Y ella puede querer hacer eso conmigo. Yo he visto muchas películas de acción y eso pasa así en la realidad…

Su desesperada convicción en la verosimilitud de las películas de acción me sobrecoge. Su analfabetismo cobra la forma de una bofetada que me despierta a un tiempo al cretinismo mental del hombre y a la futilidad de mis letras. En aquel momento pensé que para mi interlocutor, Scarface no es Al Pacino en la camiseta de un aficionado al gagsta rap, sino una enciclopedia de la vida. Recrear la escena mediante la escritura, me permite desoír las muletillas, las inútiles reiteraciones para revisitar un pasaje de Comentarios sobre la sociedad del espectáculo. En éste Debord apunta -en un tono que en la primera lectura me pareció extremoso- que “[n]o sorprende, pues, que los escolares empiecen con facilidad y entusiasmo, desde la infancia, por el Saber Absoluto de la informática, mientras ignoran cada vez más el arte de leer, que requiere a cada línea un verdadero juicio y que es, por lo demás, lo único que puede abrirles el acceso a la vasta experiencia humana anterior al espectáculo”. La cita, por cierto, esclarece poco la situación en que me encuentro. Ni el hombre ante mí es un escolar, ni su incultura es producto del uso fetichista de la informática. Es peor y lo ha dicho en la guagua: no sabe de letras, ni el mínimo necesario para manipular un ordenador. El juicio de Debord palidece ante el hombre frente a mí. Mi interlocutor es el grado cero de la incomunicación simbólica. El balance es grotesco: un hombre que modela su vida amorosa según las películas de acción, ese detrito del espectáculo hollywoodense.

De golpe descubro la razón por la que el hombre me ha interpelado. Hacia el final de su relato flaquea su resolución de decir no a la mujer que requiere su amor. Me confiesa entonces que está confundido y necesita un consejo. ¿Qué tú crees que debo hacer? Debido a mi experiencia matrimonial el hombre ha supuesto que tengo talento como Doctor Corazón. Por no contrariarlo le sigo el juego. Ya tú has dado con la respuesta, le digo. Me mira entonces con cara de desconcierto, con cara de que no le hable chino. Le recuerdo: dijiste que la respuesta la tenías tú y era no. No es suficiente; el estilo indirecto lo confunde. Sintetizo: me dijiste que no. ¿Qué debo hacer entonces?, insiste. Soy yo el que ahora debe tener cara de desconcierto total. Le contesto: si yo fuera tú, no me metía con ella, me evitaba problemas. Además, hay más mujeres en el mundo. No estoy seguro de que la respuesta le satisface o si la incomunicación ya le abruma como a mí. El hecho es que no me pregunta más.

Aprovecho el silencio para decirle que debo irme. Él también debe marchase. Va para el Normandie a solicitar trabajo. Yo voy a la cafetería frente al Caribe Hilton. Aunque sé que a estas alturas los nombres importan poco, le pregunto el suyo: Moisés. Francisco, le digo estrechándole la mano. Gracias, me dice y sigue su camino. Mientras cruzo la Muñoz Rivera apenas entreveo un lado del desencuentro y pienso que dejo atrás a Moisés, el hombre de las letras perdidas. Ahora que lo escribo sé que no es tan sencillo y que cuando Moisés cruzó la Muñoz Rivera, Francisco, el de los consejos chinos, fue otro también.

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Por Pancho

I.

¿Cuántas veces no lo habré visto? Diez, doce veces. Tal vez más. Al igual que cientos de clientes que a diario entran y salen del supermercado Pueblo de la calle De Diego en Santurce, durante meses no noté siquiera su presencia. Estaba ciego como los demás. Dejaba mi antiguo carro en el estacionamiento, pero entraba y salía del comercio con los ojos vendados por la velocidad. Alguna noche, de pasada, se habrá fijado en mi memoria inconsciente su austera silueta de vendedor de lotería. Sin embargo, no fue hasta que vi su foto en un semanario de izquierda cuando mi imagen de él comenzó a ganar espesor. De la foto recuerdo un nonagenario, vestido de negro y sombrero oscuro; de su rostro se destacaba una barba blanca que le llegaba al pecho. Por el artículo que acompañaba la foto supe que era nacionalista y que había sobrevivido a la Masacre de Ponce. Su nombre: Gilberto Serrano Vélez.

El artículo, por lo demás, decía poco del viejo. Su infortunio -haber tenido que ceder su casa de la calle Antonsanti– era el pretexto para protestar contra la expropiación de viejas viviendas de Santurce. Se sabía que la intención final del gobierno era “revitalizar la zona” a la medida del Miami Dream de la Ciudad Mayor. En este contexto, Don Gilberto era el exhibit patético de una sociología de la pobreza.

Con estos escasos apuntes sobre su biografía, comencé a fijarme en él cada vez que iba de noche al supermercado. Siempre lo hallaba sentado en una pequeña silla plegable, al lado izquierdo de la entrada al comercio. Siempre estaba serio, casi hierático; en la falda exponía los billetes y en su mano derecha, contra el costado de su traje invariablemente negro, sostenía un radio sintonizado en programas de opinión. Lucía severo como corresponde a la imagen de un nacionalista de la vieja guardia. Sólo en par de ocasiones en que lo vi durmiendo o dormitando, aquellos rasgos impenetrables se desdibujaban para mostrar una humanidad más blanda, la de un viejo cuyo cuerpo cede a los bochornos de la edad.

Aun viéndolo con frecuencia, poco, casi nada, sabía de él. Poco a poco aquella barba blanca bajo el sombrero oscuro, aquella humanidad desafiando la edad dentro de un cerrado traje negro, se me impuso como una imagen opaca, como el ovillo de una historia que debía contar. Pero las malas costumbres de cuentista no me servirían de nada. El espesor de don Gilberto no admitía las fáciles trasposiciones de la ficción.

Antes de decidirme a abordarlo, lo imaginé. Un hombre que había sobrevivido la Masacre de Ponce en 1937, un nacionalista probablemente de armas tomar, que había figurado una revolución, y que setenta años después de aquel Domingo de Ramos seguía vivo, no podía tener estatura humana. Con esta pereza mental, convertí a don Gilberto en un monumento bastardo del país, un testamento viviente de cien años de historia nacional. En una palabra, mi imagen de él lo desaturaba de humanidad.

Esta imagen grandilocuente comenzó a desflecarse la noche en que por fin le hablé. Mi compañera, tan intrigada como yo por el viejo, aprovechó que éste escuchaba en la radio una vieja canción, probablemente un seis chorreao, para comentarle sobre su gusto por la música jíbara. Hallaron en aquella nostalgia telúrica una comunidad de afectos y una geografía común. Mi compañera es de Jayuya y don Gilberto nos reveló que era oriundo de Utuado. A partir de ese momento el vendedor de lotería desatendió su negocio para decirnos -con el estrépito propio de un viejo que rara vez encuentra un interlocutor- parte de su biografía. En ella, efectivamente, se entrecruzaban en sintaxis proustiana su vida personal con algunos de los sucesos que la historia tradicionalmente ha privilegiado en su relato oficial. Ni un ápice de chochera había en su discurso, ni un cabo suelto. Quisimos agradecer su relato con el gesto filantrópico de comprarle cinco dólares de lotería. Nos dio el doble de los billetes por el dinero que a duras penas aceptó. A las once y media de la noche, luego de hora y media de estar escuchándolo, ofrecimos llevarlo hasta su casa en Alto al Cabro. En ningún momento, ni siquiera en el trayecto en carro, apagó el radio. Antes de dejarlo en la calle Rocabado, frente al portón de su propiedad, intercambiamos números de celulares. Le anticipé entonces que habría de telefonearlo para citarnos otro día y seguir hablando. Don Gilberto, contento, aceptó hacerlo cualquier día, siempre y cuando no fuera entre seis de la tarde y la medianoche de los seis días a la semana que se dedica a vender lotería.

Desde esa noche me dije que escribiría una crónica de don Gilberto. Pasaron meses durante los cuales seguí yendo ocasionalmente al supermercado Pueblo y siempre que lo veía me detenía a saludarlo. Cierta callada discreción me previno de no precipitar la cita. Fue lo mejor, pues antes experimenté cambios afortunados en mi propia biografía. La economía tambaleante del país me sumió en la penuria económica y gracias a ésta entregué mi carro. Este infortunio feliz posibilitó mi encuentro con la calle y una nueva identidad: la del peatón. Aprender a caminar la ciudad a los treinta y siete años forzó la desaceleración de mi mirada y con ello la posibilidad de otra visión, más densa, de mi entorno y de mí mismo. De este punto de partida surgió el experimento literario de estas crónicas tránsfugas. Habiendo vivido y escrito algunas, entendí que ya era tiempo de arriesgarme a vivir ésta. A vivirla, no necesariamente a escribirla. Nada garantizaba que podría hacerlo. Nada garantiza que aun ahora su escritura no resulte un fiasco.

II.

La noche del jueves 13 de febrero fui al supermercado Pueblo y acordé con don Gilberto encontrarnos el domingo 17. Consciente de que no sería ésta una crónica “espontánea” como las que había escrito hasta ahora, me equipé como un vulgar periodista con una grabadora de mano y una cámara fotográfica. El deseo de registrar todo cuanto pudiera ocurrir en el encuentro me llevó a esos extremos. Pervivía en mí un afán de establecer una suerte de imperio de la escritura, con toda la carga de saqueo que esta voluntad presupone.

Como un expedicionario anglosajón salí del apartamento de mi compañera en la calle Wilson el domingo a las once y treinta y cinco de la mañana. En ese momento cayó un aguacero que me hizo retroceder para buscar un paraguas. Sin embargo, nada más comenzar a caminar por la calle Canals, en el cruce con la calle Aldea, dejó repentinamente de llover y sobre Santurce cayeron haces de luz blanca. Empuñando el paraguas cerrado como un cayado y sintiéndome ridículo al hacerlo, proseguí mi caminata hacia Alto al Cabro. En la Ponce de León, esquina calle Villamil, observé una grúa que ocupaba la mitad de la avenida y trajinaba en la construcción del Metro Plaza Towers. Más adelante, en la frontera de Miramar, se construía el Miramar Cosmopolitan Towers. Ambas edificaciones se erigen como paréntesis monumentales dentro del cual subsiste el barrio ruinoso de Alto al Cabro. Ambas edificaciones mostraban en toda su grandilocuencia el lado siniestro y banal de la soñada Ciudad Mayor. No hablaría con don Gilberto sobre la expropiación de su antigua casa en Antonsanti. Las grúas gigantescas explicaban ruidosamente esa parte de su historia.

Al doblar en la calle Rocabado, unas casas más adelante, encontré la de don Gilberto. Frente al portón se hallaba una señora delgada y robusta, doña Lucy, que había venido a limpiar la casa. Su presencia se me antojó inoportuna; entendí que entorpecería la fluidez de la conversación que deseaba entablar con don Gilberto. Avisado por los ladridos de Jenny, una perra sata amarrada frente a la casa, éste se asomó al balcón, nos vio y enseguida salió a recibirnos. A plena luz del día noté con minuciosidad los descalabros de su vejez, no en su cuerpo -admirablemente enérgico y fuerte- sino en su indumentaria. No vestía su habitual saco negro, pero sí una camisa de mangas largas. En ésta saltaban a la vista tres manchas de moho a la altura del hombro derecho; en el cuello cerrado por una corbata era notable el cúmulo de sucio que delataba su viudez de casi treinta años. Tenía como siempre su sombrero oscuro y unos zapatos marrones agrietados por el uso. Por encima de estos detalles accesorios, sobre la tupida barba blanca, don Gilberto dejó asomar una breve sonrisa de bienvenida.

La casa era pequeña. El polvo, omnipresente, no era volátil, sino que se adhería a todo como una segunda piel. Además del exiguo balcón atiborrado de cajas de insecticida Black Jack y otras que no pude descrifrar, el interior de la casa lucía como un almacén de artículos olvidados. La sala y el comedor convivían en una suerte de simbiosis incestuosa, aunque dominaba el espacio la primera. Ésta contaba con dos sofás amarillos -con un matiz crema por el polvo adherido- y una butaca reclinable negra donde se sentó el vendedor de lotería. Tenía, como siempre, el radio portátil a su lado, encendido en un volumen que impedía la conversación. En la pared opuesta a la butaca, en diagonal, tenía un televisor de diecinueve pulgadas. Detrás del sofá donde me acomodé con mochila y paraguas, estaba la mesa del comedor, convertida en alacena. Al fondo, en el estrecho rectángulo que le sirve de cocina sólo tenía espacio para la estufa. La nevera estaba al lado derecho de la puerta de entrada.

Doña Lucy enseguida se adhirió a la atmósfera cansina de los muebles de la casa. Se sentó en el otro sofá amarillo, el que quedaba justo al frente de la butaca de don Gilberto. Dijo que había venido a limpiar la casa, pero ahora que la veía, le parecía que no había que limpiar nada. Esta ceguera me aclaró que pese a lo robusto de su físico, era una anciana. Mucho más joven que don Gilberto -que tiene noventa y ocho años cumplidos- pero anciana de todas formas.

En una libreta había anotado algunos temas que me interesaba conversar con don Gilberto, pero ante la presencia de doña Lucy no me animaba a comenzar. El viejo, por fortuna, no esperaba de mí una entrevista; le bastaba con tener un público cautivo para poder hablar de cualquier cosa, en especial con doña Lucy. Apenas comenzaron a discurrir sobre la salud y las medicinas que cada cual tomaba, los interrumpí para pedirle a don Gilberto que por favor bajara el volumen del radio. Lo apagó y prosiguió haciendo el inventario de sus medicamentos, todos naturales, pues, según él, los medicamentos recetados, aunque más baratos, no llegan al hueso. Se levantó para mostrarme la mesita al lado del televisor que le sirve de botiquín. Frascos grandes de Arthi-Lite y Megazyme-Ultra, entre otros, se exhiben allí como pendones contra la enfermedad. Con éstos el viejo se declara saludable y protegido de dolamas.

La conversación luego derivó hacia la religión. En este renglón don Gilberto es el retrato fiel del nacionalismo albizuista. Dirigió nuestra atención a una mediana Virgen del Pozo colocada al lado izquierdo de la puerta de entrada y a los tres velones blancos que tiene detrás de la figura de yeso. Nos dice que dondequiera que ha vivido, siempre he llevado mis santos y siempre tengo tres velones encendidos. Este icono, así como los cuadros laminados que cuelgan de las paredes -todos con motivos católicos-, no son apreciados por doña Lucy. Ésta mira al viejo con tolerancia pero con un dejo de ironía. Las diferencias religiosas entre ambos afloran cuando don Gilberto, en tono exclamatorio, declara ser católico apostólico y romano. La doña, con una sonrisa esquiva, le dice que no, que en todo caso él es católico apostólico y puertorriqueño. El viejo, enérgico, insiste en defender su trinchera religiosa: romano, dice, porque los católicos de verdad pertenecemos a Roma. Doña Lucy se abstiene de contradecirlo, pero planta su bandera disidente: yo soy evangélica pentecostal. Entretanto, yo permanezco invisible en la conversación.

Extraigo entonces de mi mochila la cámara y la grabadora de mano con la ambición de registrar la conversación. Al ver los implementos, doña Lucy manifiesta su descreimiento hacia mí. Defiende con celo su privacidad: no me retrates que esas fotos después las alteran y hacen con ellas cualquier cosa. Aprovecho la coyuntura para hacer una suerte de declaración de propósito. Soy escritor, le digo, no periodista y he venido aquí para conversar con don Gilberto. Si usted no quiere, no la voy a retratar: hacerlo sería una falta de respeto. Ella sigue descreída y me mira como si fuera una de las cosas que más abomino: un manipulador de los medios. Me desentiendo de ella y tomo par de fotos al viejo. Doña Lucy entonces dice que está cansada y que mejor se va, pero no lo hace. En su lugar, se reacomoda en el sofá para asumir la posición pasiva de oyente. Por ahora, esa capitulación me basta.

Me excuso un momento para ir al baño. Para llegar a él tengo que cruzar uno de los dormitorios. Éste, semioscuro, sirve de almacén a cachivaches que apenas logro discernir. Contra una de las paredes está recostado un cuadro laminado de Albizu, todavía joven, con la boca abierta en protesta contra alguna iniquidad colonial. No distingo otra iconografía nacionalista y prosigo al baño. En contraste con el barroquismo religioso de la sala y el comedor, el baño parece dilapidado. Es en este rincón, el más recóndito de la casa, donde mejor se retrata la precariedad de don Gilberto, la sordidez de su vejez. Las paredes desnudas tienen un empañetado desigual y manchas viejas de humedad. Un inodoro probablemente sin limpiar hace meses, una ducha con el piso en cemento crudo y un lavamanos verduzco con un minúsculo resto de jabón constituye todo el inventario del cuarto. No hay siquiera una toalla y la única ventana, por estar muy baja y faltarle algunos listones, está cubierta por un plástico sucio. En conjunto se tiene la sensación de que la estructura está a punto de colapsar.

Al volver a la sala, don Gilberto hablaba de su vida. Nació en 1910 en Utuado y fue criado por su abuela hasta los nueve años. Su escolaridad fue mínima, hasta el cuarto o quinto grado. En 1919 la abuela lo manda en tren al viejo San Juan. Llegó a la Plaza Colón a las nueve y media de la noche cuando las puertas de la zona colonial ya estaban cerradas. No pudo, pues, llegar al Hotel Central, propiedad de una hermana de su abuela, quien a partir del día siguiente le dio techo y comida. No volvió a la escuela y se dedicó a trabajar en lo que pudiera ser útil en el hotel. Allí permanecí, nos dice, hasta que me hice hombre.

Ya adulto se dedicó a trabajar como maestro de obras de la construcción en San Juan, Nueva York, Filadelfia y Chicago. En esta parte de su relato comienza a asomar el orgullo de don Gilberto. No dice colaboré ni participé en tal o cual proyecto de construcción. Su memoria y su discurso se tornan subjetivos, totalizadores. No es de hombres como él, curtidos en el nacionalismo de armas tomar, andarse con melindres. Dice yo construí la plataforma del Caribe Hilton y la Plaza de Armas de San Juan. Construí muchas de las casas de El Condado, puse toda la caoba de La Fortaleza en los tiempos de Muñoz y en Santurce, en la calle Las Flores -mi calle, interpone doña Lucy- hice en cemento todas las casas de madera que había. Ahora que escribo estas líneas, opto por desatender la voz grabada en casete para buscar una imagen que aquilate la estatura que don Gilberto representa de sí mismo. Mientras explica con prolijidad la manera cómo construía las casas de cemento en la calle Las Flores, viene a mi memoria un cuadro enorme de un obrero, pintado si no me equivoco por Augusto Marín. Es un homenaje grandioso en que el espectador del cuadro se ve forzado a mirar hacia arriba, a un andamio donde el obrero, una figura masiva, muestra su colosal orgullo proletario. Reconozco de inmediato que no es ésta la imagen correspondiente a don Gilberto que de socialista no tiene nada. Su discurso no reconoce la lucha de clases. Su heroísmo es menos gregario.

III.

Vuelvo a escuchar la voz de don Gilberto cuando fractura el relato de sus tiempos de maestro de la construcción. Incorpora una digresión sobre sus problemas con unos obreros dominicanos que trabajaban en una estructura al lado de su casa. Según el viejo, los dominicanos tiraban escombros en su propiedad. Cuando se percató de lo que hacían, salió de la casa a enfrentarlos. En este punto su discurso abandona el estilo indirecto. Sin levantarse de la butaca, su gestualidad deviene teatral, con movimientos enérgicos de torso, brazos y cabeza. Su voz atronadora denuncia el abuso. Me recuerda a Teófilo Torres en el monólogo El Maestro de Nelson Rivera. Igual de vivaz, igual de apasionado. Se distingue del Albizu de Teófilo en que su discurso es más montuno y violento. Explaya entonces por primera vez su grito de guerra, un leitmotiv que repetirá a lo largo de la conversación. Cada vez que exige la enmienda a algún agravio termina con la siguiente amenaza: si no dejas de hacer tal o cual cosa, salgo ahora mismo y te pico como el que pica carne pa pasteles. El estrépito despierta a Doña Lucy de su modorra. Aprovecha la coyuntura para relatar sus problemas con algunos dominicanos que viven en su calle. La conversación degenera en lo peor del nacionalismo: el chauvinismo y la xenofobia. De los dominicanos dicen que son la gente más puerca del mundo; de los americanos, que son más malos que los judíos. Aquí don Gilberto inserta una disquisición sobre los criminales más grandes del mundo: Estados Unidos. Han destruido dos naciones: Afganistán e Irak. Quemaron a Irak porque el barbudo había tumbado las torres. Pero fueron ellos mismos. Fíjate –continúa con una voz a punto de romperse por la indignación– que con las bombas matan todo: mueren niños, personas mayores, animales. Hasta esa iguana. Y eso es una vida. Cuenta entonces que a veces lo visita un lagartijo al que le da pan. Aunque lo hace, dice que no le gusta poner pega a los arrieritos. Preferiría conseguirse un gato que esté dentro de la casa, porque con un gato los ratones no se acercan. Su sensibilidad hacia los animales se cruza con la ternura al hablar del perro que tuvo antes de Jenny: Saltarín. Convivió con el perro en la casa de Antonsanti y se lo trajo con la mudanza a la casa donde conversamos. Un día Saltarín -fiel a su nombre– saltó por encima del portón y se lo mató un carro.

Decido salir de mi pasividad para dirigir el relato hacia su quehacer político. En este aspecto de su biografía se destaca su relato sobre la Masacre de Ponce en 1937. Desde el año antes entrenaba cadetes con rifles de palo en Guavate. En ese tiempo Albizu había dicho en Humacao que Puerto Rico no tenía bandera, que la que tenía era cubana y que la de Lares era la de Santo Domingo. Para llenar esta carencia simbólica se diseñó y confeccionó la bandera de Puerto Rico. Enseguida don Gilberto interrumpe la narración y busca en su cuarto la bandera. Es un momento solemne para él. Con una mano aguanta el asta y con la otra extiende la tela. Es una bandera minimalista: un rectángulo de tela negra con una sola estrella blanca. Henchido de orgullo patriótico, no le importa sostenerla un momento en lo que busco la cámara para retratarlo.

En su cuerpo está cicatrizada la Masacre por las dos balas que recibiera, una en el costado izquierdo y la otra en el brazo derecho. Tuvo mejor suerte que dos de los muchachos que entrenaba en Guavate y que murieron en el tiroteo. Se salvó de la muerte, pero no de la cárcel La Princesa, donde fue condenado a cumplir diez años. Cumplió cuatro en prisión y los restantes seis en probatoria. En La Princesa, en un área que se conocía como la placita, se reunía con los demás presos nacionalistas, Albizu y Corretjer. En la cárcel confirmó lo que un año antes le había dicho a Albizu: la revolución no se puede hacer con la lengua, hay que usar las armas. Si uno habla, con la lengua no hace nada. Si usted tiene corazón puede morir en un tiroteo, pero si usted no tiene corazón no muere en ningún sitio. Muere en su casa debajo de una cama.

Al preguntarle sobre la razón del fracaso de la insurrección nacionalista explica con sencillez: no había verdadera unión en el Partido. Ni la hay todavía. Cuando Lolita Lebrón, prima hermana de su madre, asaltó la Casa Blair, no le dijeron nada. Él, que vivía entonces en Estados Unidos, hubiera participado. Tampoco le avisaron cuando la revuelta de Jayuya en 1950. Por la falta de unión, añade, no se dio el plan de tomar por asalto, no sólo a Jayuya, sino también a Ponce, Lares, Adjuntas, Utuado, San Juan y Río Piedras.

Doña Lucy, que lleva un rato dormitando, de pronto comenta que la conversación está muy interesante, pero que tiene que irse. Pero no se va y enseguida vuelve a adormilarse en el sofá.

Anticipo que el resto de la conversación será un recorrido por los lugares comunes del nacionalismo albizuista. Aun así formulo las preguntas de rigor como quien cumple una penitencia, simplemente porque ya hemos tocado fondo en las ruinas de una utopía fracasada. Para que el relato no se vuelva mustio y recupere al menos la dignidad del coraje, le pregunto cómo fue su interacción, si alguna, con Luis Muñoz Marín cuando trabajó en la remodelación de La Fortaleza. Su relato sobre el patriarca popular me consternó. En lugar de la diatriba izquierdista que esperaba, don Gilberto afirmó que Muñoz Marín siempre fue independentista. Independentista de la secreta, comentó en un momento de vigilia doña Lucy. Cuando le cuestiono sobre la abdicación del ideal independentista por parte de Muñoz Marín, don Gilberto me explica un extraño esquema de soborno en que el gobierno de Washington tenía sometido al fundador del P.P.D. Sintetiza: si Muñoz se declara independentista, muere preso como don Pedro. Contrarresto diciéndole capciosamente que entonces no era de los valientes como usted y Albizu. No, no era igual, me dice, pero Muñoz tenía su rabascá. Mientras me cuenta un incidente entre Augusto Álvarez, entonces alcalde de Río Piedras, y Muñoz Marín, me parece entender la secreta admiración de don Gilberto. A sus noventa y ocho años, muy pocas cosas fuera de los gestos individuales siguen teniendo valor. Los gestos patrióticos devienen barriales. El hecho de que Muñoz Marín tuviera rabascá, es decir, que en público mostrara gestos de guapetón con Augusto Álvarez, equivale en valor a la amenaza machetera del viejo nacionalista de cortar al que lo agravie como se corta la carne pa pasteles.

En las disquisiciones políticas de don Gilberto hay nostalgia por el caudillo, por el líder fuerte que rija los destinos del país, pero más aún manifiesta un trastoque en su escala heroica, en su protagonismo histórico. Lo observo sentado en la butaca gesticulando, gritando amenazas a fantasmas, insultando a un doctor con quien tuviera una desavenencia, y veo el tamaño de su miseria. Parece un Principito envejecido y sin capa, sentado en su butaca como si fuera un trono, aprovechando la casual audiencia para proclamar su heroísmo doméstico. No deja de soñar un escenario más amplio, pero con el fin, no de cambiar el país, sino de fijar en el calendario nacional la fecha del Domingo de Ramos como el día en que se conmemore la Masacre de Ponce. La mutilación del nacionalismo reducido a efeméride. El sueño no deja de ser espectacular: desea organizar una caravana-marcha –enarbolando la bandera negra– que recorra algunos pueblos del centro de la isla y termine en Ponce. Así, asegura don Gilberto, la gente sabrá que una persona estuvo en la Masacre de Ponce y todavía lo recuerda.

En un plano más personal, sólo desea arreglar y vender bien la casa de la calle Rocabado y comprar cinco o seis cuerdas de terreno entre Vega Alta y Toa Alta. Entonces sí, a sus noventa y ocho años, sin bastón, se retirará de vender lotería para dedicarse a su mayor pasión: criar gallos de pelea. Se trata de una vuelta a su juventud, a su origen: Utuado. Allí, en otro tiempo, dice haber criado mil gallos de pelea. La hipérbole no me preocupa tanto como la laguna que el detalle planta en su relato. En ningún momento, ni en esta conversación ni en la que sostuvimos antes en Pueblo, me había hablado de un regreso al centro de la isla. Este disloque del relato podría ser producto de un olvido o un principio de senilidad; en todo caso permite entrever un rasgo clave de don Gilberto: su inmadurez. Lo regresivo de su deseo de volver a criar gallos, a los noventa y ocho años, expresa un ansia de vivir, sin duda, pero también la negación de la muerte, de su muerte: tema del que no habla. Igual que cientos de consumidores que a diario no lo ven en Pueblo, el vendedor de lotería vive proyectándose hacia el futuro, en su caso un futuro rural, edénico. Un futuro que niega el sepulcro.

IV.

Apagué la grabación y eché a un lado mis apuntes. Opto por volver a mí sin los implementos que apoyan la torpeza periodística. La prolijidad de detalles que registran no me sirve. Tiene razón Gombrowicz cuando dice que la imperfección es superior a la perfección porque la primera es más constructiva. La imperfección constructiva: así quisiera pensar esta crónica. Pero es sólo una imagen feliz, otra ilusión de la escritura. Todavía no he contado los fiascos.

Se me hace tarde, le dije a don Gilberto, debo irme. Doña Lucy, por fin, se levantó del sofá para marcharse. Antes de que partiera, don Gilberto le pagó por haber ido a limpiar la casa, aunque la doña no había hecho otra cosa que escuchar y dormitar en un sofá. El viejo no se sentía timado. Haber contado con la presencia de doña Lucy por dos horas era digno de retribución y de agradecimiento. Conmigo bastó un apretón de manos.

Aproveché que doña Lucy caminaría hasta la calle De Diego para irme con ella. Movido por la falta de discreción, por la gula de cronista, se me ocurrió al instante que la larga caminata por la Ponce de León podría servirme para inquirir sobre la doña. Ésta contestó algunas de mis preguntas, pero siempre con parquedad y abierta desconfianza. Tal vez para callarme o porque era parte de su temperamento, tras caminar dos cuadras, afloró lo más canalla de su personalidad: la intolerancia religiosa. Dijo que las imágenes de vírgenes y santos que don Gilberto tenía en la casa eran pura idolatría, pero que él sabiéndolo había escogido perderse y no ser salvo… Enseguida la perdí. Entre mi intolerancia hacia la religiosidad de pandereta y la vehemencia de su inquisición, se zanjó un abismo insalvable. Ella seguiría descreyendo de mis intenciones y yo jamás sería capaz de trasponer la opacidad de su coraza pentecostal. Al llegar al cruce con la Parada 18, me despedí y viré hacia la izquierda. Mi desmesura había encontrado en doña Lucy un oportuno traspié.

Días más tarde, en medio de la reescritura de este texto, recordé un detalle que mi mirada no había querido ver: la mierda. Recordé que, finalizada la conversación, doña Lucy, don Gilberto y yo salimos de la casa, y justo al lado del balcón había una plasta fresca de la perra. Doña Lucy no la notó, don Gilberto menos. Allí, sobre el cemento, probablemente quedaría hasta que el Sol y la lluvia la removieran. Esa plasta que nadie limpiaría era el emblema de la decadencia y el abandono que impregnaba aquella estructura ruinosa. No era el hogar del nacionalista más longevo del país, como había creído al entrar y salir de la casa por primera vez. Ahora que el recuerdo me había permitido entrar y salir de nuevo, me consta que allí un viejo pobre subsiste vendiendo lotería. Su historia, de un heroísmo doméstico, se hunde en la obsolescencia. Como el barrio mismo de Alto al Cabro: una vieja excrecencia urbana que dos condominios en construcción comienzan a cercar.

Si la escritura es un registro de la memoria, también lo es del olvido. La crónica que me había dispuesto a escribir pretendía apalabrar lo que Kapuściński en Encuentro con el Otro llama la finalidad del diálogo: “la comprensión mutua, la cual, a su vez, lleva a un acercamiento mutuo, dos cosas que se consiguen a través del conocimiento”. Sin embargo, hace una semana o semana y media, fui al supermercado Pueblo y en la entrada, como de costumbre, sentado en su silla plegable, estaba el vendedor de lotería. Al salir del comercio fui a saludarlo. Lo llamé por su nombre, nos estrechamos las manos, pero su mirada estaba vacante. No me reconocía. Pensé entonces que nunca me había llamado Francisco y que en lo sucesivo tampoco lo haría. Era ése, justamente, el saldo del encuentro: mi recuerdo y su olvido.

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Por Pancho

“Not to find one’s way in a city may well be uninteresting and banal. It requires ignorance -nothing more. But to lose oneself in a city -as one loses oneself in a forest- that calls for quite a different schooling.” A Berlin Chronicle -Walter Benjamin

Tardé diez meses en caminar, pero treinta y siete años en aprender a hacerlo. Esto piensa el caminante mientras cruza a pie el Puente Guillermo Esteves. Pasa por el lado de una pareja de pescadores de línea que sostienen la mica en espera de un halón del fondo de la laguna. Luego se dice: Soy humano, soy bípedo, por ende camino. Ahora que llega al final del puente y vira hacia la izquierda, le parece entrever en el verbo camino los entresijos de una experiencia mayor cuyo alcance apenas comienza a vislumbrar. Sospecha que sólo en el camino, a pie, es posible cernir una visión personal de la ciudad, ajena a los carros que a su derecha, en el expreso Baldorioty, aceleran convencidos de que el futuro existe. La violencia de esta convicción hace que conductores y pasajeros, penosamente ciegos, confundan el parabrisas con una pantalla de cine y la ciudad, con la secuencia de una película. Sabe que la discontinuidad de la mirada persiste a pie, pero la desaceleración de caminar le permite el registro moroso del entorno. Por esto, a las cinco y siete minutos de la tarde, nada más pisar el parque lineal de la Laguna del Condado, sosiega su mente. Sabe que es tiempo de abandonarse a la ciudad. Ser y no ser con ella.

Alex, un calvo sexagenario, camina delante de él. Camina como arrastrando su fofa humanidad. Lleva en su frente una banda de tela elástica donde acumula las gotas de sudor que premian el esfuerzo del ejercicio, sin duda prescrito por su médico de cabecera. En breve ve a un caminante -treinta años más joven que él- que le pasa por el lado y lo deja atrás.

Unos metros más adelante, el treintañero se cruza con un joven apuesto, diez años menor. El joven, recién afeitado, no suda. Viste camisa blanca arremangada y mahones entallados. Sus zapatos, negros y con suela de madera, son nuevos. Parece recién salido de una oficina o de un salón de estilismo. Se llama Mauro. Por vanidad o timidez no mira a nadie.

A la izquierda se extienden, quietas y majestuosas, las aguas grisáceas de la laguna. Un poco más allá del muro que divide la calzada de la orilla, en un pequeño alud de grama, yace un vagabundo. No toma sol. No aprovecha una sombra. No extiende sus extremidades como una estrella de mar. Parece un cilindro de carne y trapos sucios. Se llama Ceferino y, sin mirar a nadie -ni a sí mismo-se abandona a los rigores de una borrachera vespertina.

Peterson, un vagabundo negro y alto, tampoco repara en el caminante. Está sentado en un banco al lado derecho de la calzada, junto a su carrito de compras lleno de cachivaches desordenados. Le da la espalda a los carros del expreso. Su cuerpo está allí pero su mente viaja entre las páginas del periódico que lee.

El caminante entonces se distrae mirando los almendros que bordean el paseo lineal. La laguna por momentos gana el matiz verdusco que imprime la pátina en los monumentos abandonados. Allá, cada vez más lejos, se oyen los zumbidos de los carros. Cuando comienza a figurarse como mero espectador del camino, otro caminante le devuelve a la realidad panóptica de la ciudad. La sorpresa de descubrirse objeto de la mirada de otro le impide nombrarlo. Ambos caminan con una mochila en la espalda, ambos sudan copiosamente. Uno es grueso, con el pelo largo y entrecano. El otro es flaco, con el pelo corto y con lentes de miope. La mayor diferencia entre los dos, sin embargo, es que uno camina por la calzada mientras el otro lo hace, como los gatos, por el muro que bordea el paseo lineal. Aún así no tienen empacho en reconocerse y al momento en que sus caminos se intersecan, justo antes de que ambos se den la espalda para siempre, se saludan con un breve movimiento de cabeza.

A medio camino del paseo lineal se discierne lo que a cierta distancia parece una pareja. Ambos, treintañeros, recostados en el rincón más aislado de la isleta de Baldorioty, miran hacia la laguna. La separación de ambos cuerpos es mínima. De pronto, como si se tratara de una travesura, uno le echa el brazo por la cintura al otro y le roba un beso. Enseguida se separan, pero ya no hay duda para el caminante de que están enamorados. Ángel y Derek: hermosa pareja.

Un poco más allá de la estatua de Baldorioty de Castro, se advierte la figura pétrea de un pensador. Es la gárgola de un vagabundo. Sentado en el muro, encorvado, sostiene su cara con ambas manos. El cabello grasiento y cenizo es un erizo disecado. Respira, pero aparte del diafragma, no mueve un músculo de su cuerpo. Simplemente está. Un ovillo desgraciado que el paseante, por respeto, prefiere no nombrar.

A unos doscientos metros del infortunado pensador, hay una pareja colorida. Monchi, gordito y bajito, anda con pantalón de correr amarillo exhibiendo sus piernas flacas. Más que ejercitarse caminando, parece el amo que espera a la vera del camino mientras su mascota, brevemente desencadenada, cumple con sus necesidades biológicas. Popo, su compañero -seis pulgadas más alto pero de piernas tan flacas como las suyas- se demora, como un niño, recogiendo almendras de la calzada. Monchi, ni modo, con ternura paternal, lo conoce demasiado bien como para seguir caminando. Se detiene un ratito para verlo batear las almendras con un palo de escoba. Popo, que debe pasar de los cincuenta, hace swing como si tuviera doce. Una tras otra las almendras caen en la laguna frunciendo brevemente la superficie. Al ver al caminante, Monchi se desentiende de su pelotero y sonríe con coquetería. Enseguida, con suspicacia, convence a Popo de que vuelva a su edad y ambos cruzan el expreso para internarse en un barrio santurcino.

Casi al final del paseo lineal hay otro carrito de compras estacionado. Contrario al de Peterson, los objetos de éste están dispuestos en un orden funcional y relativamente pulcro. A la izquierda, su dueño, un vagabundo con aire de sultán, se mece perezosamente en una hamaca que ha colgado a orillas de la laguna. Dueño del paisaje, fuma descamisado. Dirige una mirada ambigua al tonto caminante que no se detiene a disfrutar la brisa como él. Luego se roza el viejo corazón que hace décadas, en sus tiempos de marinero, se hizo tatuar en el pecho. Su apodo, por supuesto, no puede ser otro que Popeye: uno de los héroes de infancia del caminante.

Éste, dejando atrás el paseo lineal, rememora sin esfuerzo la caminata. Enseguida recuerda un poema de Parra:

Peatones
Héroes
anónimos
de
la
ecología

En Santiago de Chile, tal vez. Pero en San Juan, no. Aquí los peatones no son héroes. Si alguna distinción merecemos es que pisamos la ciudad, dotamos de humanidad sus calles. Lo demás, con el perdón de Parra, es mala poesía. Así pensó el caminante. Eran las cinco y diecisiete minutos de la tarde. Jueves.

 

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Por Pancho

Quien viaja en ella lo sabe. Tomar la Metrobus de Río Piedras a San Juan o viceversa, supone invadir la privacidad del otro. El otro son los demás y soy yo. Todos somos otros en la guagua. Casi nadie es consciente de este reacomodo, lo cual en parte explica que lo asumamos con la misma naturalidad con que nos calzamos un zapato. Este patrón, por cierto, no impide que de vez en cuando algún tarado presuma de poseer un celular y hable a voz en cuello en medio del pasillo de la guagua. Es un martirio que nos hace rehenes de un discurso minado de lugares comunes e intimidades que a nadie interesa y que, por consiguiente, provoca antipatía general. Un efecto similar suscitan los estudiantes de secundaria que, al tomar la guagua en grupos de tres o más, les da con decir payasadas para dar rienda suelta a su pavera. Pero aparte de estos exabruptos ocasionales, de estas efímeras distracciones del anonimato, los pasajeros de la guagua viajamos sometidos a un orden tácito que nos rebasa, un orden en que la tolerancia riñe con la incomodidad de sabernos en una doble posición excéntrica. Somos a un tiempo invasores de la privacidad del otro y víctimas de la invasión de los demás. De esta conflictiva cercanía surgieron viejos tópicos que todavía mascan algunos escritores, clisés sobre olores corporales, roces impúdicos, así como amañadas descripciones sobre doña Fulana con su nene llorón, y sobre don Vietnam y Papo el tecato, en fin, toda una literatura en conserva que habla de pereza creativa y anquilosamiento de la mirada.

No se trata, por cierto, de una experiencia silenciosa, pues, como se sabe, el ruido y el anonimato hacen buenas migas. En ocasiones sí impera el silencio en la Metrobus, pero sólo ocurre cuando trasporta un puñado de pasajeros, usualmente tarde en la noche. Por lo general, en especial durante las horas puntas, encontramos personas que solas o acompañadas se las arreglan para hablar de cualquier cosa. Cualquier cosa es el clima o la condición de la guagua que nos transporta, preguntas sobre otras rutas de guaguas, un comentario in extenso sobre la farándula artística o política, un inventario de penurias físicas y un largo etcétera archiconocido. Quienes se sustraen de estas charlas, se abandonan al estupor dormitando, escuchando música de un i-pod o mirando la madeja que se teje y desteje entre las filas paralelas de asientos. Impedido de entregarme a los vicios de la lectura por alguna cháchara vecina o por los inesperados bamboleos de la guagua, casi siempre me sumo a las filas de los mirones.

En plan de mirón me hallaba el viernes 9 de noviembre cuando advertí la presencia de Ángel. De primera instancia su cara no me daba un nombre, sólo el vago recuerdo de alguien que había visto antes pero no recordaba dónde. De entre todos los pasajeros que a esa hora vespertina atestaban la guagua, me llamó la atención porque era el único que leía. Leía con envidiable concentración el periódico Diálogo. Ocupaba uno de esos asientos zagueros que parecen montados en una plataforma y que miran hacia el fondo de la guagua. Yo me hallaba un poco más atrás, de pie, agarrado –como una res de matadero– de los rieles centrales que cruzan el pasillo. Desde allí el lector resaltaba como el más excéntrico de los pasajeros. El símil, en realidad, sobra. Ajeno a charlas adolescentes, más allá de las miradas vacantes o soñolientas del resto, el lector era el más excéntrico de la guagua.

No había leído aquel número de Diálogo (octubre-noviembre de 2007), pero sabía que en él se había publicado un cuento mío y una reseña sobre un encuentro de escritores en la Universidad del Turabo a principios de septiembre. Me interesaba particularmente leer la reseña, pues el día antes yo había publicado un artículo en reacción a otro firmado por Carmen Dolores Hernández en El Nuevo Día sobre la actividad del Turabo. Un par de paradas más tarde, se desocupó el asiento frente al lector y aproveché para acomodarme en él. Al rato, el susodicho cerró el periódico y se dispuso a guardarlo en su bolso. Se lo pedí y gentilmente me lo tendió.  Hojeé el suplemento cultural y tras leer la reseña se lo devolví. Éste entonces me comentó que el encuentro en el Turabo aparentemente había sido interesante. Le contesté que creía que no, que a juzgar por el artículo de Carmen Dolores y por la reseña, la actividad había sido llover sobre mojado. Si bien el primero había sido tontamente laudatorio y el segundo acusaba un acercamiento crítico, ambos confirmaban mi impresión de que no me había perdido de gran cosa. El lector entonces me expresó una crítica similar a un encuentro sobre arquitectura al que había asistido recientemente, en el cual, a parte de dos o tres comentarios marginales, había sido un ejercicio de aquiescencia del statu quo.

Según progresaba nuestra charla, me fui dando cuenta del silencio que nos rodeaba en la guagua. Los pasajeros en los asientos aledaños nos miraban con un dejo de extrañamiento, como si fuéramos extraterrestres, acaso con una pizca de antipatía. Era como si una conversación medianamente culta en un transporte público fuera un exhibicionismo de la inteligencia y, por ende, una actividad obscena. A decir verdad, no puedo decir cómo se habrá sentido Ángel ni lo que pensaría si leyera estas líneas. De mí diré que atesoro nuestro reencuentro en la guagua (nos habíamos conocido cuando yo trabajaba en la Biblioteca Lázaro a principios de los noventa) como una pequeña epifanía. Tal vez llamarlo obsceno sea excesivo. Baste decir con Cioran que la conversación fue un afrodisiaco de la inteligencia. Un breve exilio del estupor cotidiano.

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Por Pancho
Lunes 24 de diciembre. Bastión de las Palmas. Una y media de la tarde. Llega allí después de hacer una última compra navideña. Para fumar y leer un poco. Trae consigo, además, un café y una botella de agua comprados en la Plaza de Armas. Se sienta en el primer banco que encuentra libre. Al fondo, al extremo izquierdo del Bastión, sentado contra la muralla, con las piernas estiradas, hay un viejo. No hace nada o tal vez hace todo. Está allí, ocupando la esquina más húmeda, la más privada del lugar. Al lado suyo tiene un libro abierto, boca abajo. El viejo luce enmarañado. A saber cómo huele. Decir que se recupera de una borrachera o que es uno de los habitués del lugar sería pura especulación. Puede haber una tercera explicación. O tal vez no haya ninguna. Parece un ornamento móvil de la muralla. De cualquier forma es el punto focal de aquel recoveco al final de la calle San José. De todos los que están allí, es el único que le da la espalda a la bahía. Al mar, esa última frontera.
En un banco delante del hombre que bebe café y lee un libro voluminoso, otro hombre, cincuentón y gordo, habla por celular. Al rato cuelga y se queda mirando hacia la bahía. No hace nada o hace todo. Tal vez examina los detalles del paisaje marítimo, la cualidad azul grisácea del agua, un islote que se asoma como una velluda axila verde. Pero igual tal vez no vea nada y el paisaje sea sólo una imagen clara, el canvas de su errancia mental.Detrás del gordo, el hombre apura un último sorbo de café y sigue leyendo su libro. Ulises. Lee y fuma. Suspende el humo mientras lee media página. Luego levanta la vista y repasa su entorno.Dos bancos a su derecha un treintañero, con la cara sin afeitar hace dos días, duerme o trata de dormir tendido en un banco. Refunfuñando se levanta, calza sus zapatos, camina unos pasos hacia el extremo derecho del Bastión. Enseguida vuelve al mismo banco, se descalza y se acuesta. Repite la acción tres veces. A la tercera coloca los zapatos bajo la nuca. Es una solución satisfactoria. Ahora, más tranquilo, dormita, aunque de vez en cuando gruñe palabras ininteligibles.Poco después, llega una mujer joven, algo entrada en carnes, pero sin desbordarse todavía en la obesidad que probablemente le asegure una vejez achacosa. Viste bien, pantalón entallado y blusa de mangas largas. Ha llegado con paso firme, con una resolución sospechosa. Se sienta en uno de los bancos delanteros, al extremo derecho del Bastión. Examina una bolsa que ha traído consigo, tal vez su última compra navideña. Después habla brevemente por celular. Cuelga y espera.Llega la primera manada de turistas. Norteamericanos. Una familia de cinco. El padre, cabeza de la manada, dirige la coreografía previamente ensayada en otro puerto caribeño. Sus tres hijos se dispersan por el Bastión como si estuvieran en un parque. El padre, sin embargo, les ataja el entusiasmo en cuanto ve en la esquina izquierda, sentado contra la muralla, al viejo. Con voz autoritaria llama a los críos para que no rompan fila y sin darse cuenta se acerquen demasiado donde está ese señor. El padre entonces los sienta sucesivamente en un banco. Dicen cheese y click, tres veces. Luego se van. Enseguida llega una familia de seis turistas indios. El padre, cabeza del clan, repite el mismo gesto de control con sus críos ante la mancha vieja que arruina la tarjeta postal que han querido retratar en el Bastión. En ese momento un vistoso crucero divide en dos el agua de la bahía. Mamá y Papá dirigen los ojos de los pequeños hacia el deslumbramiento que les provoca la imagen casi especular del crucero en que han llegado a San Juan. Mamá, camcorder en mano, filma medio minuto. Complacidos, se marchan.

Acto seguido arriba un hombre bastante joven. Un mulato apuesto que camina hacia la mujer que espera. Sin sentarse ni dejar que ella se levante del banco, la besa efusivamente. Un beso largo, apasionado, bordeando la intimidad erótica. Tras el profuso intercambio de saliva, el hombre se sienta a conversar. Fuma un cigarrillo. Enseguida se van tomados de la mano.

El gordo, que hasta entonces había mantenido la vista perdida en dirección a la bahía, se levanta como si despertara de un sueño. Mira a su alrededor como si no reconociera el lugar. Se levanta para marcharse. Antes de hacerlo, mira con un dejo de reprobación al individuo que ahora bebe agua con el libro abierto de par en par. El cruce de miradas es breve, insignificante. El gordo se marcha y el individuo vuelve enseguida a sumirse en la lectura. Lee: “La historia –dijo Stephen—es una pesadilla de la que trato de despertar.” Se lo dijo al señor Deasy (aunque podría llamarse Dizzy o The Easy), un imbécil que contesta que “[t]oda la historia se mueve hacia una gran meta, la manifestación de Dios”. En el extremo izquierdo del Bastión, siempre sentado contra la muralla, el viejo enciende un cigarrillo. Fuma perezosamente, como si saboreara la inercia casi total del lugar. Como si siguiera el ritmo, ahora definitivamente acompasado, del treintañero que, con los zapatos de almohada, ya no refunfuña y duerme profundamente. El individuo vuelve a la página y prosigue la lectura:


Stephen sacudió el pulgar hacia la ventana diciendo:
–Eso es Dios.
¡Hurra! ¡Ay! ¡Jurrují! [gritos de niños jugando balompié en la calle]
–¿Qué? –preguntó el señor Deasy.
–Un grito en la calle –contestó Stephen encogiéndose de hombros.
Cierra el libro. El viejo, pensativo, sigue fumando. O fumando solamente. Su rostro no dice nada. O lo dice todo. A su lado, como una piedra, su libro yace boca abajo. El individuo se empina el último trago de agua. Es tiempo de marcharse.

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