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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Por F.F.A.

I

Soy consciente de que no es el tiempo más auspicioso para la publicación de un libro. A la flaqueza institucional de la literatura del país y la inopia de los medios, se añade la crisis financiera generalizada. Estas circunstancias hacen del libro un objeto superfluo para casi todo el mundo, salvo para algunos apasionados de la buena literatura y uno que otro lector silvestre que se aventure con un texto desconocido. Vislumbro además que mis críticas recientes a las prácticas literarias kitsch desalentarán la lectura de unos pocos. Es mejor así: La belleza bruta merece lectores sagaces e inquisitivos. La complacencia, los vanos elogios y la economía de la “solidaridad” consistente en el quiéreme tú para quererte yo, hacen un flaco favor a libros espinosos.

 

II

“Publicar un libro implica el mismo género de contrariedades que una boda o un entierro”, escribió Cioran en su último libro. Concedo con suspicacia que puede conllevar contratiempos similares a los de esos ritos, pero en mi experiencia, publicar un libro conserva un principio de indeterminación que rara vez experimentamos en una boda o en un entierro, mucho más previsibles por su parentesco con el teatro. La informalidad y la precariedad económica de la mayoría de las editoriales del país, junto con la dificultad de negociar condiciones razonables para las partes, convierten la publicación en un proceso mucho más dilatado y descorazonador. Que yo sepa, nadie se casa, nadie entierra a un ser querido, durante cuatro o cinco años. Habiendo sobrevivido a dos bodas y a los entierros de mis padres, la experiencia de publicar -intentar publicar- sigue siendo con creces más enervante. Ahora que La belleza bruta ha sido publicada en buena lid, recobro provisionalmente el equilibrio. 222: dos bodas, dos entierros y dos libros publicados.

Más interesante resulta el aforismo si leemos la boda y el entierro como dos destinos posibles de cualquier libro recién publicado. La boda sería la acogida feliz del libro, el comienzo de un devenir promisorio; el entierro, el paulatino o inmediato olvido de éste. No obstante, para salvaguardarnos de nuestra ceguera de futuro, conviene ser flexibles y admitir la probabilidad de un cruce de destinos: que tarde o temprano el bien acogido libro sea presa de la rutina de la lectura obligada y con ello sea enterrado institucionalmente; o que el olvido original de éste sea un estado de desaceleración temporal que por un accidente afortunado despierte una pasión dormida y arqueológica.

Si incierto es el resultado de intentar publicar un libro, mayor es la incertidumbre del destino de éste una vez publicado. Por estas razones, ante la publicación de mi nuevo libro, practico la imperturbabilidad: desaliento el optimismo por miope y el pesimismo por consolador.

 

III

A pesar de las diferencias irreconciliables que me separan del editor Elidio La Torre Lagares, le agradezco la sugerencia de cambiar el título original del manuscrito. Un título no determina el valor de un texto, pero en el caso de La belleza bruta el cambio no es cosmético. Quien lo lea lo sabrá.

De paso agradezco al equipo de Tal Cual por el celoso trabajo editorial y el esfuerzo en realzar mi proyecto. Espero que esta dimensión del libro no pase inadvertida.

 

IV

Por último, sepa que la portada del libro es así:

 

Ya está disponible en las principales librerías, excepto en Borders donde estará desde mañana. Aunque cada cual es libre de hacer con su dinero y su tiempo lo que más le plazca, exhortaría que lo comprara quien tenga la intención real de leerlo, y que lo haga con la misma severidad con la cual fue escrito. Si no, no vale la pena.

Luego, hablaremos.

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Por F.F.A.

 “La verdadera patria del escritor emigrado es la lengua en la que escribe.” –Joseph Roth, El bozal para escritores alemanes  (1938′)

1

El epígrafe despierta asociaciones inmediatas. Para un lector medianamente suspicaz la relación entre literatura y exilio en el 2008 es casi un lugar común. Casi, pues todavía, más allá de los ejemplos archiconocidos de escritores exiliados por razones políticas, el tema todavía admite reformulaciones conceptuales que detonan escrituras que retan la dictadura light de la industria editorial. Tres ejemplos bastan. En Diario de la galera, Imre Kertész sentencia que su “reino es el exilio” para reterritorializar su escritura desde el inxilio de la Hungría comunista. En Entre paréntesis, Roberto Bolaño señala que “(t)oda literatura lleva en sí el exilio” para desafiliar su escritura del solar nacionalista chileno y de la islita flotante de la literatura de la diáspora. Más recientemente, Eduardo Lalo en Los países invisibles desestabiliza la ficción de visibilidad del Occidente hegemónico que acordona el resto de los países en un invisibilizado exilio periférico. Los tres, desde estrategias discursivas diferentes, han convertido el exilio en una frontera desde la cual seguir pensando y escribiendo con densidad.

Ante estas actualizaciones recientes, el epígrafe de Roth parece simbólicamente más transparente. En efecto, Roth fue un escritor austriaco de entreguerras que sufrió el exilio doblemente: primero con la caída del Imperio Austro-húngaro en 1918 y después con su salida de la Alemania nazi en 1933. No obstante, la lectura de algunos de sus libros nos permite pensar su obra más allá de la condición trágica del exilio. La discusión de tres de sus libros nos permitirá ver tres facetas de su obra que apuntan, en última instancia, a la formulación de una escritura sobreviviente, es decir, una escritura que se piensa desde cierta inutilidad provechosa. 

2

Joseph Roth nació en 1894 en Brody, Galizia, dentro del Imperio Austro-húngaro, un territorio que hoy está dividido entre Polonia y Ucrania. Era de ascendencia judía, lo cual no impidió que fuera católico y luchara en el ejército austriaco en la Primera Guerra Mundial. Con la disolución del Imperio, Roth pierde su patria, se casa y se establece en Berlín. En esta ciudad trabaja continuamente como corresponsal de varios periódicos desde 1921, lo cual le permite viajar por toda Europa y afinar su ojo crítico. En Berlín permaneció hasta 1933, cuando el ascenso al poder de los nazis hizo que optara por el exilio.

En sus doce años en Berlín, Roth publicó más de la mitad de su obra literaria, compuesta fundamentalmente de novelas. Entre éstas publicó los que muchos consideran su obra cumbre La marcha de Radetzky en 1932 y la que ocupará brevemente nuestro comentario ahora: Fuga sin fin en 1927.

Fuga sin fin narra el desgarrado periplo del protagonista, Franz Tunda, desde sus tiempos como teniente del ejército austriaco en la Primera Guerra Mundial, pasando por un exilio de incógnito en Rusia hasta derivar en Berlín y, finalmente, en París. Por medio de este accidentado recorrido de años, el narrador, identificado como Joseph Roth, revisita los acontecimientos que más le interesan de la Europa del primer cuarto del siglo XX: la caída del Imperio Austro-húngaro, la revolución bolchevique, la decadencia de la aristocracia y la consolidación de los valores burgueses en países como Alemania y Francia. Al final de la novela el narrador dice de Tunda: “Nadie en el mundo era más superfluo que él.” El ex teniente, ex bolchevique, ex protegido de su hermano Georg deviene al final un apátrida sin profesión, sin amor y sin ambiciones en París. De esta forma, Fuga sin fin puede leerse como la historia de un hombre arrastrado por los accidentes históricos de la guerra y la posguerra, cuyo devenir queda suspendido en el estupor que le provoca una comunidad europea que entiende arruinada. Es significativo en este sentido el comentario de Tunda a tres franceses: “Ustedes quieren conservar… una comunidad europea, pero primero tienen que crearla” (136).

La novela, por lo demás, es de corte tradicional tanto en la linealidad de su discurso realista como en su estructura, construida en capítulos cortos. Su mayor interés radica en el brillo de un estilo rápido e incisivo que le imprime a la novela un ritmo sostenido sin tiempos muertos. Su capacidad de sintetizar descripciones vívidas de ciudades como Berlín y París justifica con creces su lectura. El ojo crítico del narrador, su gesto continuo de reflexionar sobre los espacios por los que discurre la acción novelesca, es otra marca de su escritura.  Estas cualidades, de hecho, acercan Fuga sin fin al oficio de subsistencia de Roth: la de cronista de periódico.

De su continuo trabajo como corresponsal en Berlín se han compilado treinta y cuatro crónicas bajo el título de Crónicas berlinesas. En éstas se hace notable el talento escritural de Roth. La agilidad de su palabra, su poder de síntesis y la solvencia crítica de su mirada nos da una radiografía exhaustiva del Berlín de entreguerras. Ningún aspecto de la vida de la ciudad parece poco interesante para el cronista. Lo mismo puede dedicar una crónica a la comunidad de inmigrantes judíos, a un refugio de indigentes, que a los baños turcos o la subasta de figuras de cera en el Lindenpassage. Además del amplio abanico de temas, las crónicas brillan por la impronta crítica del ojo de Roth y el desenfado de su pluma. Tómese como ejemplo su mirada acerba al gueto judío en Berlín, según se consigna en Contemplación del muro de las lamentaciones en 1929: “No constituyen ninguna nación; son una supranación, acaso la forma anticipada, futura, de toda nación. Hace ya tiempo que abandonaron las formas más burdas de ‘nacionalidad’: el Estado, las guerras, las conquistas, las derrotas.” (39) El texto concluye con un ataque al sionismo: “… en realidad, los siete sabios de Sión que dirigen el destino del pueblo judío no existen. Sí que existen, por el contrario, los idiotas de Sión, y son cientos de miles, todos ellos incapaces de comprender el destino de su pueblo”. (42) Que la historia probara lo contrario y que en 1947 se creara el estado de Israel, no hace mella a la voluntad crítica de Roth contra su propia ascendencia.

Muchos textos de Crónicas berlinesas constituyen piezas maestras de la crónica, ese espacio de condensación textual, ese punto de inflexión, según Susana Rotker, entre el periodismo y la literatura. Y, sin duda, todas responden a la pulida mirada metonímica que Roth explicita en Paseo: “En vista de los acontecimientos microscópicos todo pathos es en vano, se pierde sin sentido. Lo diminuto de la partes impresiona más que la monumentalidad del conjunto. Ya no necesito los gestos ampulosos, que intentan abarcarlo todo, del héroe del teatro universal. Yo soy un paseante”. (15) El volumen de crónicas cierra con El auto de fe del espíritu, texto que se compila también en La filial del infierno en la Tierra, el último libro que comentaremos.

La filial del infierno en la Tierra recoge treinta y cuatro artículos, publicados en su mayoría en periódicos en Praga, París y Viena, junto con cuatro cartas a su amigo, el escritor Stefan Zweig. Los textos están fechados  desde 1933 a 1939, año en que Roth muere, según sus biógrafos, empobrecido y alcoholizado en París. En éstos se asoma progresivamente la amargura existencial del escritor ante el embate que supuso este segundo exilio, en esta ocasión de su patria literaria. Exilio, de hecho, no es la palabra que define mejor su situación, pues, según Roth, fue desterrado espiritualmente por los nazis. Esto es, sus libros fueron quemados en la Brandnacht (noche de quema de libros) el 10 de mayo de 1933 y en lo sucesivo fue prohibida la entrada de éstos en suelo alemán. Con esta nueva situación, Roth perdió su principal espacio de interlocución literaria. De 40,000 ejemplares que constituían la media de una edición de un autor alemán (sin excluir, por supuesto, a los judíos alemanes) se redujo a una tirada de 3,000 a 4,000 ejemplares que se distribuían con muy poco éxito en Viena -antes de la ocupación nazi en 1934–, en Praga y, de forma casi heroica, en París. Pese a esta precariedad literaria, Roth jamás dejó de escribir novelas, entre las que se destacan Confesión de un asesino (1936), La cripta de los capuchinos (1938′) y La leyenda del santo bebedor, escrita en 1939 poco antes de morir.

Asimismo, sus artículos en la prensa, según deja constancia La filial del infierno en la Tierra, fueron prolíficos y contundentes en su temprana denuncia contra el Tercer Reich. Sin haber vivido el horror de la Segunda Guerra Mundial, los textos de Roth estremecen por la lucidez casi profética de sus análisis sobre las implicaciones del régimen nazi para Alemania y toda Europa. Más aún, su denuncia se extendió desde muy temprano contra el resto de los países europeos que, con mal disimulado antisemitismo, optaron por la neutralidad ante el montaje propagandístico del régimen. Así lo dice en Lo inexpresable (1938): “¿Quién quiere saber algo de esto? El mundo se ha vuelto apático y sordo, desconfiado frente a los que dicen la verdad y confiado frente a los que difunden la mentira. Sé que escribo en el desierto…” (143) Y remata poco después: “Y la más terrible de ‘las pretendidas atrocidades’ de la que aún hablarán nuestros bisnietos, es el embotamiento de un mundo que se ha convertido en un no-mundo”. (144)

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Ni la desesperanza de escribir “en el desierto”, ni el desarraigo que supuso su doble destierro le impidieron a Joseph Roth reconocer con valentía la condición fracasada de su escritura apátrida. Tan temprano como 1933 en El auto de fe del espíritu, el escritor consigna, a propósito de la quema de libros orquestada por Goebbels: “En estos días en que la humareda de nuestros libros quemados sube hacia el cielo, nosotros, los escritores alemanes de sangre judía, debemos… cumplir con el más noble deber de los guerreros vencidos con honor: reconocer nuestra derrota.” (26) Este reconocimiento, unido a la precariedad económica y la pérdida de interlocución literaria, tampoco impidió que siguiera escribiendo sin falsas ilusiones. Al contrario, tan tarde como en 1938, asumía la inutilidad de su quehacer: “Hay que escribir precisamente cuando uno ya no cree que se puede mejorar nada por medio de la palabra impresa”. (141)  No en balde, apátrida por partida doble, ese año formuló la cita del epígrafe, en la que reterritorializa la lengua alemana como su verdadera y única patria posible.

Escribir sin patria, en la pobreza y sin interlocución literaria; escribir con plena consciencia del fracaso, sin negar la impotencia y asumiendo la inutilidad de la escritura: son algunos de los rasgos que hacen de Joseph Roth un escritor sobreviviente. Que se recupere en la historia literaria como uno de los grandes escritores centroeuropeos del periodo de entreguerras o como uno de los mejores de la literatura alemana del exilio, es importante, pero no basta. La actualidad de su obra no se halla en el contexto de un tiempo histórico ni de un corpus literario particular. Roth nos interesa más por la impronta crítica de sus textos, la viveza de su estilo y por la lúcida estrategia de supervivencia ante el fracaso. Su cuerpo, lo sabemos, cedió a los embates del delírium trémens; su escritura, no. Por lo demás, las reediciones recientes de su obra nos lo prueba: a veces el fracaso no es más que un estadio transitorio, un periodo amargo de miopía cultural.

 

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